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Especial para CLARIDAD

Fratelli tutti, hermanos todos, nos dice el Papa. Aquí repite la exhortación de Francisco de Asís, aquel monje al que le gustaba la música y bendecía los animales, y a quien le atribuyen haber compuesto la primera escena de la natividad. Francisco renunció a su patrimonio; se hizo penitente mendicante, y se dedicó a cuidar leprosos. En las leyendas llama hermanas a las aves, y detiene a los aldeanos que se disponían a matar a un lobo, y los convence de que, en vez de eso, le den alimento. Sus seguidores iniciaron la costumbre de llevar a la iglesia el cuatro de octubre a sus animales: perros, gatos, aves y ganado, a recibir la bendición del Santo.

Francisco (el medieval, no el Papa Pancho de hoy, como le llaman afectuosamente sus compatriotas argentinos) vivió en un periodo muy semejante al nuestro por lo convulso; el último siglo de la alta edad media, cuando el orden del mundo se deshacía, agotada la sociedad por guerras y trastornos.  En su momento de iluminación, dicen que oyó que Dios le pedía “Francisco, vete y repara mi iglesia, que se está cayendo en ruinas”.  ElFrancisco de hoysiente que la casa de hoy también se está cayendo.  No hay que ser católico para estar de acuerdo con que éste es un momento muy peligroso, y muy extraño. En su encíclica, el Papa apunta a los ataques que tratan de sembrar la desesperanza y la desconfianza constante; a la falta de un proyecto común; al que se trate a parte de la humanidad como sacrificables, en beneficio de otros que esperan que no se les ponga límites. Echa su mirada lúcida y fatigada sobre la disparidad, la indiferencia, el narcisismo, el conflicto, la colonización cultural, y el vacío de una sociedad de consumo desenfrenado en que la persona no va definida más que por su utilidad para el sistema económico. Y nos dice que hay que rehacer la realidad común.

En mi familia hay una larga tradición de jugar al subibaja con la religión.  Mi abuela se enfadó con un cura trujillista que le habló mal de su hijo, y canceló la costumbre de dos misas diarias, (que llevaba sin falta desde que se mudó a Puerto Plata desde su campo de las Lagunas), y no volvió a entrar en una iglesia hasta el día del funeral de mi abuelo. El abuelo, por lo contrario, había sido ateo y positivista desde joven. En algún momento en sus últimos años sintió que se le acercaba la muerte, y horrorizó a los hijos (todos también ateos) al suscribirse a La Atalaya, y  Despertad!, las revistas de los testigos de Jehová.

Por el lado materno, Mamá asistió de niña como interna a un colegio de monjas, experiencia que disfrutó mucho porque en el colegio había música y era muy ordenado, pero en el que sintió unas primeras intuiciones de que la religión tal vez no era para ella. Hoy afirma con tranquilidad que no cree ni en dioses ni en espíritus, aunque conversa regularmente con el abuelo, que falleció hace cincuenta años.  Papá y mamá nunca mencionaron nada de su ateísmo en casa. Nos mandaron a todos a colegios religiosos, escogidos por su excelencia académica, porque una cosa es no creer ni en el gobierno, ni en la religión, ni en la moda, y otra es no creer en la educación. Los cuatro muchachos hicimos primera comunión, y nos llevaron a misa cuando quisimos ir, aunque en casa nunca se rezó a la hora de comer: el diálogo se iba directo a la discusión de los últimos muertos aparecidos en el gobierno de Balaguer.  Uno por uno todos dejamos de ir a misa, excepto mi hermana mayor, que hasta hoy sigue confiando en un ser bondadoso que nos ayuda con las penas de la vida.

La primera duda me llegó como una aparición durante mi primera comunión, cuando me fijé en las caras ensimismadas de los otros niños y me sentí diferente. Mi des-conversión completa ocurrió en octavo grado, durante la clase de catecismo. Un día las tías habían mencionado cuchicheando el libro del Kama Sutra, y me puse a buscarlo donde Papá ponía los libros que no quería compartir con nosotros. Lo encontré  al lado de un libro flaco de carátula verde, Porque no soy cristiano, de Bertrand Russell. De ese volumen extraje preguntas que luego llevé a la clase de religión, y que hicieron palidecer al pobre profesor, poniendo a prueba su fe y su paciencia.  Siempre me he preguntado qué me habría sucedido si en vez de engancharme con Russell, me hubiera leído el Kama Sutra.  Lo que decía el británico se me parecía a todo lo que yo ya había pensado sin tener lenguaje para nombrarlo. Cuando me identifiqué como atea, descubrí atónita que los papás tampoco creían en Dios. “¿Y por qué no nos dijeron nada?” “No queríamos influenciarlos. Mejor que ustedes hicieran su propia decisión.” Les dije que a mis hijos yo no los mandaría a la escuela católica, y desde entonces me declaré atea, materialista y anti-educación religiosa.

Cuando llegué a Pennsylvania con mi hijo de cinco años, era la única persona en mi barrio que era madre soltera, y no tenía iglesia. Me pasé el año de su primer grado peleando con la escuela pública, pero en el pueblo donde vivíamos sólo habían dos opciones, o escuela pública, o escuela privada religiosa.  La última disputa que colmó el vaso fue cuando la maestra de primero se quejó de que Miche no recitaba el pledge of allegiance. “¿Pero interrumpe él cuando lo recitan otros?” le pregunté a la maestra. “No, pero tampoco se une, que es lo que se espera de ellos”, me contestó. En ese instante decidí que algo mejor aprendería el niño en una escuela donde le enseñaran a rezar a Papa Dios, que en una donde lo forzaran a rezarle a la bandera americana. Lo hice bautizar, y lo apunté en una escuela primaria llamada “Nuestra Señora de la Victoria”. La escuelita resultó bien llevada, tranquila y de personal amable y dedicado. Las maestras educaban a los muchachos con alegría y fervor. Al chico, por su parte, le encantó verse sumergido en la religión, como si la hubiera estado esperando toda su vida. Aparentemente, los hijos de ateos muestran con frecuencia señales de pensamiento religioso, me dijo Deborah Kemelen, una investigadora de la sicología del desarrollo.

En tercer grado, los prepararon para la comunión. El día de la primera comunión, me encontré en misa, algo que no había hecho en muchos años. En el catolicismo aguado y oficial de Santo Domingo, religioso o no, uno va a misa a cada rato, aunque no sea más que para bodas, bautizos y funerales, que siempre hay muchos.  Sin saber por qué, en la misa, me emocioné y se me subieron las lágrimas a los ojos.  “¿Me estaré volviendo religiosa?”, me pregunté a mí misma, un poco sobresaltada. Pero al meditar, vi que mis sentimientos y sensaciones hacia el universo no habían cambiado:  el mundo material es amplio, amplísimo, infinito, y somos una parte minúscula de él, sensación que siempre me ha parecido reconfortante. Pero no hay un más nada, ni un más allá, sólo esto.  Lo que sentí en la iglesia era una emoción más terrestre, la de ver familias, bebés llorando, gente mayor caminado con bastón, gente joven, gente de diferentes colores de piel.  En un pueblo universitario americano, se practica rigurosamente la segregación por edad. Los de edad universitaria dominan la comunidad, y  sólo se juntan con otros iguales; el profesorado, de mediana edad, por igual. Al gimnasio sólo asisten adultos entre treinta y cincuenta, y en los parques sólo se ven madres con niños pequeños.  Sentada en el banco de una iglesia construida como una nave de barco, recordé que hacía años que no veía todas las generaciones juntas, compartiendo.

Al llegar a casa, hicimos un almuerzo de celebración. El papá de Miche vino desde Massachusetts a la ocasión, y también convidamos al Padre Joe Lubeck, el sacerdote joven y buena gente que les había enseñado el catecismo.  En algún momento el padre Lubeck le preguntó a Miche qué quería ser cuando fuera grande. Miche, todavía emocionado con el ritual del día, dijo que cuando fuera grande quería ser obispo.  Yo abrí los ojos grandes, pero no dije nada. Mi ex exclamó, “¡Qué bien! tu abuelita, que era muy católica, se hubiera puesto muy contenta.” Miche se me quedó  mirando. Apegado a mí, y orgulloso de que yo fuera maestra, quiso asegurarme de que seguiría mis pasos.  “Y después de que sea obispo, mami, voy a ser ministro de educación”.

Fratelli Tutti.  Sigo atea, pero el chico me enseñó que no hay categorías.  Cuando un colega se puso un día a atacar las religiones en general y la católica, en particular, me sorprendí a mi misma saltando a la defensa. Le dije que, creencias aparte, las iglesias son núcleos de comunidad en sociedades que han perdido la costumbre del espacio común, y que eso vale. Vale mucho. Cuando decidí un día que quería comenzar a hacer algo, a hacer algo, digo, no hablar sobre algo, ni enojarme sobre algo, ni donar fondos para algo,  tuve que apuntarme en el grupo de la parroquia de Santa Inés, porque no encontraba ningún comité de profesores universitarios preparándole desayuno a homelesslos martes por la mañana.  Sigo atea, pero tras meses de sombra y pandemia, de mezquindades a todo volumen y de democracias manoseadas y pisoteadas (Is it November yet?), la historia de un francisco explicada por el otro, se siente como aire fresco, verdor, coro de pájaros.

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