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Será Otra Cosa: Naomi y el Abierto de Francia

Especial para En Rojo

Recientemente supimos que la joven tenista Naomi Osaka se quitó del French Open. Primero faltó a una conferencia de prensa, y fue multada por ello. Aceptó la multa con elegancia y pidió que el dinero fuese donado a alguna organización dedicada a la salud mental, porque de salud mental se trataba, justamente, su decisión de saltarse las conferencias de prensa.  Pero resulta que además de la multa, fue amenazada con ser descalificada no solo del French Open sino de los cuatro torneos principales en el mundo del tenis.  Amenazada con el tronche de su carrera, en fin. Ello a pesar de explicar que padece de depresión y que el asedio de la prensa empeora sus síntomas. Finalmente se retiró del torneo. No está claro cuándo regresará. Si regresa.

Sus explicaciones sobre salud mental vienen al caso y son bienvenidas: después de todo, contribuyen a la validación del dolor de tanta gente, a que la depresión sea vista como un problema real y no como una changuería. Pero por otra parte, no puedo sacudirme la impresión de que se siente obligada a hablar de salud mental para justificar dejar de contestar preguntas que tienen poco que ver con el deporte y mucho que ver con las obsesiones de una audiencia que consume video y audio pero también los cuerpos y almas de los que nos entretienen:una suerte de gladiadores modernos.

Sí, gladiadores. Es hipérbole, claro, en el sentido de que no se desangran literalmente frente a nosotros. Pero hay algo de desangramiento en eso que a veces llaman “el precio de la fama”. De la fama de vitrina, quiero decir, porque hay otras famas que permiten cierto anonimato: hay escritores famosos, por ejemplo, que pueden pasearse por ahí sin ser reconocidos.  La fama de vitrina es la que persigue a los famosos que son observados y reconocidos en su día a día, y  es más costosa para las mujeres que para los hombres.  Osaka es mujer, así que esta exigencia de que hable con la prensa puede verse como el equivalente corporativo del “nena, dame una sonrisa”, de la expectativa de simpatía femenina frente a un embate  que se viste de halagador pero que es en realidad profundamente agresivo. Y Osaka no es solamente mujer: es una mujer de ascendencia japonesa y haitiana. Se convierte así en el blanco de dos tipos de expectativa: la de que la mujer le sonría y complazca a su agresor y la de que el no-blanco entretenga al blanco. Esa segunda me resulta más presente cuando pienso que aunque muchos atletas no son blancos, la mayor parte de los comentaristas de deporte, periodistas, dueños de franquicia o equipo, y otras personas que viven del deporte sin practicarlo profesionalmente, sí lo son.

No es la primera vez que Osaka interpela no solo a la prensa sino a todos los mirones, y los cocorocos de los cuatro torneos tenían que haber estado ya sobre aviso. En el 2020, por ejemplo, fue objeto de críticas por subir fotos en bikini a su cuenta de Instagram. Mantén tu imagen inocente, le dijeron algunos. Estás “chunky”, le dijeron otros. Concéntrate en jugar tenis, le advirtieron otros más. En respuesta, Osaka dijo algo como lo siguiente:  “Quiero decir que me asusta (“it’s creeping me out”) cuánta gente ha comentado para pedirme que mantenga mi imagen inocente y que no intente ser alguien que no soy. Ustedes no me conocen. ¿Por qué piensan que tienen derecho a comentar qué ropa debo usar?”

Esto entonces no se trata solamente de salud mental. El caso y su desenlace (aún por verse)  tienen que ver con salud mental, claro, y con el derecho al autocuido, pero también tiene algo que ver con la cultura del entretenimiento  y las expectativas que ella genera. Algunas estrellas parecen disfrutar esa fama de vitrina (aunque una nunca sabe) pero otras han sufrido lo suyo. No es siempre fácil sentir simpatía por los costos que las estrellas de géneros como reality show experimentan como resultado de su exposición constante: después de todo, se trata con frecuencia de gente que busca la fama, que claramente la desea. Esta ambivalencia se extiende a los atletas, o al menos a los atletas cuya fama es suficientemente grande como para traer contratos lucrativos con marcas famosas como Nike o Adidas. Ese es el caso de Osaka, por ejemplo, y en las redes sociales abundan las personas que la acusan de aceptar el dinero que la atención le gana pero no querer hacer “su parte”, es decir, cumplir los términos de su contrato y sentarse a hablar regularmente con la prensa durante los torneos.

Se trata también, al final del día, de la relación entre capital y talento, y de la amenaza que decisiones como la de Naomi Osaka presentan para la maquinaria tradicional de sacarle todo el lucro posible a eventos como el Open.  Los ejecutivos de la federación de tenis han dejado clara su postura: En una de esas conferencias de prensa en las que Osaka tenía, según ellos, que haber participado, le desearon formalmente una “pronta recuperación”. Y luego, irónicamente y sin explicación, se retiraron sin contestar las preguntas de los periodistas.

 

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