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Será Otra Cosa: Ni una tacita de café

 

 

Especial para en Rojo

Las batallas las ganan o las pierden los soldados. Pero para contarlas, nos hacen falta D’Artagnan  y los  tres mosqueteros.

Un día en marzo pasado, mi ex me llamó. Me sorprendió ver su nombre en el celular. Aunque fuimos un caso raro de divorcio cooperativo y respetuoso, con el muchacho ya hombre, nuestro contacto es más bien esporádico. Declaró sin anunciar el tema: “Tu papá hubiera tenido a todo el país con la prueba del COVID en un fin de semana”.  Recordaba así la extraordinaria hazaña de vacunar  la población infantil entera en la República Dominicana en 1983. En un solo fin de semana, treinta y cuatro mil voluntarios peinaron el país, andando de casa en casa, dándole la vacuna oral del polio a todos los niños menores de cinco años.

Este proyecto fabuloso fue concebido y ejecutado por tres hombres que supieron trabajar juntos: uno era mi padre, Amiro Pérez Mera, epidemiólogo especialista en enfermedades tropicales y Secretario de Salud en ese año. El otro era su viejo amigo, Don Méjico Ángeles, profesor de bioestadística y antiguo director del censo nacional. El tercero era un ecuatoriano experto en educación masiva, el Doctor Ernesto Ruiz, cuyas proezas en implementar entrenamientos a miles de personas, en los años antes del internet, le habían ganado fama en el continente. Para lograr que se quedara Ruiz en el país, Amiro se peleó con los de la OPS cuando quisieron asignarle un experto diferente.  Estos tres y un pequeño equipo técnico pusieron en marcha las acciones que llevarían a un ejército de treinta  y cuatro mil voluntarios a dar  tumbos por barrios y campos, llevando las vacunas en termos llenos de hielo seco.

A estos tres mosqueteros se les sumó un D’Artagnan inesperado: Albert Sabin, inventor de la vacuna de poliovirus vivo, jugó un papel especial en las vacunaciones. Además del apoyo técnico prestado, su participación había sido esencial para mover a la opinión pública, y convencer a los pediatras de que hablaran bien de las vacunas.

Antes de venir a Santo Domingo, Sabin había colaborado con el gobierno de Brasil, en la ejecución de unas campañas de vacunación masiva. Por décadas, los brasileños habían intentado hacer vacunaciones a gran escala, en momentos de crisis, y a través de visitas rutinaria a clínicas en otros tiempos. Estos métodos no lograron controlar la polio. Cuando explotó una terrible epidemia en 1979, el gobierno de Figueredo, enfrentándose a una creciente impopularidad, le pidió ayuda técnica a Sabin. La solución que este propuso fue celebrar dos días de vacunaciones masivas. Sabin sospechaba que la prevalencia de la enfermedad era mayor que en las cifras oficiales, y exigió que se efectuara una rigurosa y ambiciosa evaluación de prevalencia. Esto requería que se hiciera un censo de lisiados en todo Brasil, cosa que resultó extraordinariamente difícil poner en marcha. Poco tardó el ilustre virólogo en  darse unos estupendos encontronazos con los oficiales de salud del gobierno. Sabin era inflexible en sus ideas y poco diplomático y escribió una carta airada a Figueredo, y otra a los periódicos en la que denunciaba la incompetencia del ministerio de Salud. En respuesta, el gobierno le comunicó que sus servicios ya no eran necesarios.  A pesar de este conflicto, las vacunaciones masivas se llevaron a cabo y tuvieron éxito: se vacunó el 90% de la población de todo el país, y el total de casos anuales se redujo en un 95%. Tales resultados hicieron mucho ruido en los foros de salud internacionales.  Cuando le llegó la invitación a colaborar con las vacunaciones de la República Dominicana, Sabin se acercó al proyecto con expectativas mucho mas moderadas que las que llevó a Brasil. Su otro acierto fue venir a supervisar las campañas acompañado  de su mejor refuerzo diplomático: la encantadora Heloisa Dunshee de Abranches Sabin, su segunda esposa. Si los latinoamericanos tuviéramos realeza, Doña Heloisa hubiera sido una Duquesa, hermosa con su pelo plateado, y querida como la princesa Diana. Mientras Sabin asechaba las vacunaciones como un gavilán malhumorado, Doña Heloisa lo apaciguaba y les mantenía el estatus de visitantes de honor con sus anfitriones oficiales.

Sabin no creía que se podía hacer la vacunación en todas partes a la misma vez, que era muy difícil, así que insistió supervisar el proceso personalmente.  Amiro llamó a las fuerzas armadas para que le proporcionaran a Sabin un helicóptero, y pudiera ir a donde se estaba vacunando. A mi cuñado, Alfonso Casasnovas, le habían dado la tarea de edecán y traductor.  Acababa de llegar de hacer una maestría de ingeniería en MIT, lo seleccionaron porque en el viaje anterior, Sabin se había impacientado con el traductor que le habían asignado. Entonces, aquel día, a Alfonso le tocó ir con Sabin en helicóptero. Sabin creía que lo iban a llevar a un sitio donde lo estuvieran esperando con las cosas listas para que lucieran bien y se negaba a decidir qué comunidad visitarían hasta que estuvieran en el aire.  Estuvieron discutiendo un rato; los del aeropuerto, tratando explicarle que los helicópteros, al igual que los aviones, estaban obligados a entregar un plan de vuelo.  Antes de abordar, le pusieron un mapa enfrente y él puso el dedo al azar. El nombre en el mapa era Uviña.  “¿Uviña?” dijo el piloto, “¿Y dónde queda eso?”.  Alfonso cuenta que tampoco él sabía que existía una comunidad con ese nombre. Se trataba de un pueblito en un paraje en las cercanías Vicente Noble, localidad adyacente a la cordillera central, que el piloto sí reconoció.  En Uviña bajaron, y de una vez acudió mucha gente.  Sabin vio que se estaba vacunando, saludó a los voluntarios y siguieron a Vicente Noble, donde también se estaba vacunando.

Acabada la supervisión, se llevaron a Sabin en el helicóptero, de paseo a Barahona.  Allí tomaron almuerzo en un restaurante donde ofrecían buenas batidas. Sabin dijo que no conocía lo que eran batidas y procedió a pedir tres para probar distintas: consumió por turno una de zapote con leche, otra de lechoza con leche y terminó con una de granadillo.  En el vuelo de regreso a la capital, Sabin iba mucho más contento. Su siguiente reunión sería con el presidente, y estaba alegre de que podría reportar que el proceso de vacunación estaba funcionando de modo satisfactorio.

Alfonso cuenta que a mitad del vuelo, se encendió una bombilla amarilla en el tablero del helicóptero. Por medio del intercom, le preguntó al piloto que qué pasaba. “Hay una turbina caliente,” contestó el piloto. “Y Ud. que va a hacer?”, replicó mi cuñado. “No se preocupe, estos helicópteros Hewey son de cuando la guerra y todavía no se ha caído ninguno.”  El piloto se sacó el kepi, y lo colgó del tablero para que tapara la bombilla.  Alfonso miró a Sabin que, como la conversación era en español, no había seguido lo que sucedía. Se encogió de hombros y le respondió al piloto. “Bueh. Ustedes son los que saben lo que es.”

La campaña concluyó con éxito, y se realizó una segunda para refuerzo. En los años anteriores, 1981 y 1982, se habían reportado unos setenta casos por año.  El año de las vacunaciones, hubo siete. En 1984, cero.  En la prensa y el gobierno, los dominicanos se felicitaban y celebraban el triunfo.  El jefe de la oposición en la cámara de diputados propuso una moción de apoyo a las vacunaciones para que se supiera que las vacunaciones no eran solo del gobierno, sino de todos. Entre otros galardones, Amiro recibió la orden del caballero de Colón. Esto no lo entusiasmó mucho, porque dicen que la medalla de Colón tiene fama de traer fucú.

“Los verdaderos héroes de tal hazaña”, solía decir, “no fuimos nosotros. Fueron los voluntarios.  A esa gente no se le estaba pagando. Hicieron las vacunaciones porque querían solucionar los problemas de sus propias comunidades”.  Cuando le sugirieron una celebración presidencial, él propuso que se invitara al Palacio Presidencial a los treinta y cuatro mil voluntarios y se les diera a cada uno un pergamino de agradecimiento.

Tres décadas más tarde mi hermana estaba haciendo una transacción de negocios.  El hombre con que estaba tratando le preguntó: “¿Pérez?  ¿Hija del doctor Amiro Pérez?  ¿El de las vacunaciones? Yo había oído que él vivía por aquí. Quiero que sepa que yo fui de los voluntarios.  En aquel entonces yo vivía por Villa Mella. Cuando el presidente invitó a los voluntarios a Palacio, que nos iban a hacer un reconocimiento, yo anduve los veinte y pico de kilómetros a pie, porque no tenía para el transporte.   Y ahí estábamos, en Palacio, nosotros, los voluntarios.  ¿Y usté sabe?  Ni una tacita de café nos brindaron.”

 

 

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