Será otra cosa: ¿Qué es un héroe?

Por Mari Mari Narváez/Especial para En Rojo

Con qué me quedo de una visita a Alcatraz y a los archivos de EEUU

Hoy día, el viaje a Alcatraz es un paseo. Los boletos se agotan con mucha anticipación y la gente se pone sus sombreros, llevan su agua y bloqueador solar. Fuimos hace unos años, un día soleado de octubre. Tengo una aversión saludable a la estridencia turística, y esta visita la promueven con demasiado morbo. En cualquier otro escenario, desde el estilo gráfico hasta el lenguaje que utilizan para convencerte de visitar esta antigua cárcel de máxima seguridad (exceso de rojos, letras en ‘bold’ y abuso del descriptivo “worst criminals”) me hubiesen desanimado de entrada. Pero yo había escuchado a Rafaelito Cancel Miranda hablar de su tiempo en Alcatraz varias veces, así que, cuando supe que estaríamos en esa ciudad, me aseguré de conseguir las entradas, independientemente del circo cultural que puede suponer llegar allí. 

Te llevan en un barquito por el paisaje monumental de la bahía de San Francisco y te bajas en el islote de piedra donde yace la antigua Alcatraz, conocida como una de las cárceles más crueles que ha habido en Estados Unidos de América. Te pones unos audífonos y te van contando la historia de ese lugar. Pero ya yo sabía la historia que me había llevado allí. Fui con Arturo Andrés, mi compañero, a ilustrar el relato de Rafaelito, y a hacer un ejercicio de acompañamiento tardío, muy tardío. Yo era una bebé cuando a Rafaelito lo excarcelaron en 1979. Rafael Cancel Miranda fue un hermano para mi padre desde pequeños, así que crecí con sus visitas cotidianas a casa. No sé cómo surgió este ritual pero, desde muy pequeña, antes de que se fuera, siempre le pedía que corriéramos una carrera. Y la hacíamos. Y él no me dejaba ganar, así que yo admiraba que me tomara en serio. Y sin embargo, ahora que lo pienso, cuando fui a Alcatraz, fui más por mí que por él. Porque, ante todo, creo que fui a acompañarme en mi despertar, en mi experiencia política propia, la mía, ya de adulta -que si bien tiene un cimento evidente en mi madre, mi padre, mi abuela de crianza, Carmín Pérez, y sus amistades como Rafaelito, como el propio Filiberto Ojeda Ríos, quien me honró personalmente con su amistad pero cuyo asesinato además inspiró mi mayor rabia y dolor político- fenómenos que siento muy míos, muy recientes, fruto de una experiencia propia como mujer, como feminista, como víctima de diversas opresiones, como sobreviviente incluso del asesinato político de mi hermano. Mi formación política todavía está explotándome en la cara a diario como si fuera una estudiante que recién comienza a comprender las desigualdades de este mundo.  

No sé si fue el espíritu de nuestra visita pero el paseo por Alcatraz parecía calmoso y hasta ceremonioso, a juzgar por el silencio general de los visitantes. Nada me resultó estridente como aquella tipografía roja.  

Los primeros seis años de prisión después del ataque al Congreso el 1 de marzo de 1954, Rafaelito los pasó allí. Cuando llegó a “The Rock”, a más de 5,761 kilómetros de su Mayagüez querido, supo que querían romperlo por completo y que tenía que hacer algo para resistirlo. Tan pronto llegó allí, empezó a pedir todo tipo de libro sobre psicología para prepararse para aquel encierro. Se los leyó todos. Eso y su convicción política de piedra, saber que su estadía allí tenía un propósito supremo, lo salvaron. 

Uno de los elementos más crueles e impresionantes de ese lugar es su aislamiento. Dicen que es un lugar muy frío y que nadie puede sobrevivir las bajas temperaturas de sus aguas, por lo que es casi imposible pensar siquiera en escaparse de allí (aunque varios lo intentaron a lo largo de los 29 años que sirvió como prisión). 

Visitar una cárcel no es una buena experiencia. Las celdas son tan pequeñas que una siente que se moriría de claustrofobia, y te imaginas esa distancia desgarradora de tu gente, y piensas que no sobrevivirías. Los calabozos son aún más pequeños y sin siquiera una ventana, nada que no sea un hoyito por donde les daban la comida, su único contacto con algún ser humano cuando estaban ahí dentro. Alcatraz tenía instalada una tubería por donde lanzaban gases lacrimógenos a la menor provocación. Las cosas en las cárceles no han cambiado mucho.  

La sala permanente de visitas en la prisión era con un cristal de por medio y hablándose por un teléfono. En este tipo de cárcel, muchos presos piden que no se les visite, con tal de no tener que pasar por el dolor de ver a su familia en esas condiciones, aparte de los registros indignos a los que los someten. 

Haber salido de Alcatraz en 1960 no mejoró nada para nuestro héroe nacional. Las otras cárceles donde pasó el resto de los 25 años que estuvo preso no fueron mejores. Rafaelito estuvo en las peores cárceles de Estados Unidos (Marion, Leavenworth), prisiones donde todavía hoy ocurren algunas de las mayores violaciones de derechos humanos en todo ese país. EEUU es uno de los países líderes a nivel mundial con las cárceles más tortuosas y escondidas. Es casi imposible para investigadores de derechos humanos o para periodistas lograr acceso a las galeras de una cárcel de máxima seguridad en Estados Unidos. También es uno de los países donde más se abusa del confinamiento en solitaria. Según Amnistía Internacional, “Estados Unidos se ha convertido en un líder mundial en la práctica, manteniendo a personas en condiciones inhumanas de aislamiento desde Arizona hasta Illinois, desde Louisiana hasta Guantánamo. Este país tiene al menos 25,000 reclusos en aislamiento en las prisiones de supermax”. 

El uso de aislamiento prolongado e indefinido es una violación de la prohibición contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes según el derecho internacional. Todos nuestros presos pasaron por el confinamiento solitario. Hay personas que han estado más de 20 años en él. La mayoría de las víctimas del confinamiento solitario extendido comienzan a experimentar trastornos emocionales muy severos que los llevan a auto-mutilarse e incluso suicidarse cuando es posible. 

Hace unos doce años, fui a los Archivos Nacionales en Wáshington, DC y Maryland, a hacer investigación sobre Lolita Lebrón. En Maryland encontré los expedientes del Buró Federal de Prisiones de varios nacionalistas (entre ellos Julio Pinto Gandía) que también fueron encarcelados luego del ataque al Congreso el 1 de marzo de 1954 a pesar de que no formaron parte del grupo de los cuatro. Los expedientes de Lolita y Rafaelito no estaban allí porque todavía estaban vivos, así que no eran públicos. Algunos de esos nacionalistas estuvieron alrededor de cinco años presos, solo por ser nacionalistas. Fue en esos expedientes de la cárcel de estos luchadores casi anónimos, gente cuyos nombres e historias hoy desconocemos, que comprendí el alcance de la enorme soledad en que vivieron Rafaelito y sus compañeros y compañeras nacionalistas todos esos años. Ir al Congreso y hacer una demostración armada es ya de por sí un acto suficientemente heroico. Pero ese acto requiere de una personalidad revolucionaria pública, asumir una posición política y dejársela saber al mundo. Otra cosa muy distinta es mantener las convicciones y el sentido revolucionario en la soledad más aplastante. Cada uno de estos presos y presas nacionalistas en EEUU estaba generalmente en una cárcel distinta y en estados muy lejanos. Y sin embargo, aún estando completamente solos en una institución de cientos o miles de personas que desconocían por completo la situación de Puerto Rico, ellos seguían siendo revolucionarios y seguían actuando según sus códigos de dignidad y patriotismo. Se desprende de las notas de los encargados de las cárceles que, al no comprender las posiciones constantemente políticas, discordantes y éticas de estos reclusos, simplemente los daban por locos.  

Cuando tuve en mis manos esas notas donde los propios carceleros contaban las posturas solitarias, casi épicas, de estas personas desde los asuntos más cotidianos de la vida en la cárcel hasta aquellos acerca de sus ideas y de cómo no estaban dispuestos a cumplir con ciertas condiciones indignas para ser liberados. Cuando vi con mis propios ojos las listas que escribían los presos con los nombres de sus seres amados para que pudieran visitarlos y luego vi también las notas que evidenciaban que a muchos de ellos nadie nunca los visitó (Julio Pinto Gandía solo puso en su lista a una exesposa que nunca lo visitó; a Irvin Flores, nadie lo visitó en 14 años); ahí fue que comprendí realmente que un héroe no es solo el que comete actos públicos de heroísmo. Un héroe es el que, aún cuando ninguno de sus compañeros lo está viendo, cuando ha sido enterrado vivo en el olvido por su peor opresor, no abandona sus ideas ni sus valores. Y no tengo duda: los de Rafael Cancel Miranda fueron siempre la dignidad, el amor y la libertad. Con eso me quedo.