Será Otra Cosa: Terra Incógnita

Por Rima  Brusi/ Especial para En Rojo

Nunca llegué a escribir sobre el terraplanista. De hecho hasta se me había medio olvidado, así como se nos olvidan a veces los defectos propios o los muertos ajenos. Pero–seguramente por los temblores– me descubrí pensando sobre él en estos días.

Yo había subido al avión primero y, contra mi costumbre, había cerrado la ventanilla. Eran las tres y pico de un día soleado de noviembre en Nueva York, y la luz me hacía difícil ver la pantalla del kindle. El terraplanista fue de los últimos en subir: ya yo estaba, mentalmente, reclamando la mitad del espacio del asiento del medio y celebrando la inesperada comodidad, cuando escuché un “con permiso” y lo vi llegar, con su gorra roja de pelotero, su barba corta y sus espejuelos. Se sentó a mi lado, se puso los audífonos. Espatarrándose y alzando la voz, se enfrascó inmediatamente en una conversación telefónica. Ocupaba bastante espacio y hacía bastante ruido, así que me resigné a un viaje incómodo y regresé a mi lectura.

Su conversación se mezcló con otras y con carraspeos, toses y llantos de bebé hasta convertirse en parte del sonido de fondo. Pero en algún momento escuché algo como “no aceptan que la tierra es plana”. No le hubiera dado mayor importancia, excepto que me pareció ver, con el rabillo del ojo, que me había mirado, con cierta alarma, al decir “plana”.

Poco después escuché algo sobre una “curvatura” seguido por una queja que también vino acompañada de una mirada nerviosa y rápida en mi dirección: “Es que la de al lado tiene la ventana cerrada”. Sin despegar los ojos de mi libro, abrí a medias la ventanilla. Pareció sobresaltarse un poco, ocupar de pronto menos espacio. Musitó un “thank you”. Le dije “de nada”. Sonreímos ambos, de manera breve y cortés.

Atardecía. Mirando el paisaje de un sol anaranjado sobre una llanura de nubes blancas, agradecí haber complacido a mi inquieto compañero de viaje. Estaba calladito, ahora que no podía hablar por teléfono, acomodándose y reacomodándose en su asiento,  mirándome de reojo cada dos minutos. Intuí que estaba aburrido y tenía ganas de hablar. Estoy acostumbrada. Tengo una de esas caras, supongo, o de esas intersecciones de identidades (mujer, puertorriqueña, antropóloga). También soy de las personas que suele sonreír, sin proponérselo,  a los desconocidos, sobre todo si están en aprietos. Es un reflejo que me ha metido en aprietos a mí más de una vez, pero que también me ha permitido escuchar muchas historias.

“Tú me oíste, cuando dije que la tierra es plana”. Sonaba más a desafío que a pregunta. “Sí”, contesté. Hubo una pausa.

“Es que yo soy terraplanista.”

Otra pausa. “Okay. ¿Y qué quiere decir terraplanista, exactamente?” La pregunta le gustó, incluso pareció calmarlo un poco. Me explicó que él era una de las personas que piensan que la tierra es plana, no esférica.

Evité decirle que me parecía absurdo. He vivido lo suficiente como para saber que los debates de ese tipo (con rojos, azules, evangélicos, etcétera) resultan estériles. Nadie convence a nadie y todo el mundo termina molesto y exhausto.

 

Pero igual me explicó. Los terraplanistas como mi compañero de viaje (y muchos otros, incluyendo, me dijo, a la Vampy de Lajas) alegan que la tierra es plana y tiene forma de disco. ¿La ciencia? La “evidencia científica”, dicen, es falsa o, como mínimo, defectuosa e insuficiente. La gente debe confiar en lo que le dicen sus sentidos (en eso se parecen a Francis Bacon, supongo), y cada persona puede llevar a cabo sus propios experimentos, con un mínimo de equipo. Los experimentos están diseñados, según él, para demostrar que no hay tal cosa como una “curvatura de la tierra”, que, de ser la tierra, en efecto, esférica, alguien tendría que poder verla, con una cámara o telescopio suficientemente poderoso. Por cierto, añadió, les ha preguntado a varios pilotos de avión si han visto esa curvatura, y ninguno le ha podido decir que sí.

Me pareció, cuando terminó de explicarme y yo dejé de hacer preguntas sobre la lógica del terraplanismo, que estaba satisfecho consigo mismo y sus explicaciones, pero también algo aprensivo. “¿No me crees, verdad?”, dijo, después de una pausa. De nuevo, la pregunta era más bien afirmación y desafío. “Pues no creo en el terraplanismo”, admití, “pero me parece que te entendí bastante bien”.

Me había cuidado de no contradecir ni cuestionar sus planteamientos. Él, por su parte, estaba evidentemente ansioso por explicarme y dispuesto a escalar la cosa de ser necesario, pero no me estaba presionando. Entre nosotros se había instalado un pacto tácito: Su meta era contar, no convertir, y la mía era conocer, no “sacarlo de su error”.

Mi curiosidad, en cualquier caso, era menos sobre el terraplanismo y más sobre cómo vive y se siente un terraplanista. Por ahí iban mis preguntas de seguimiento, que fueron guiando una conversación que él pareció disfrutar (era un tipo extrovertido) y que me reveló cosas más interesantes e importantes que su ideología: Está desempleado y dedica sus días al arte de hacer videos (y arte sí era, me mostró varios ejemplos) en Times Square, con su teléfono. Había estado en “rehab” recientemente. Su novia lo había traicionado y andaba con el corazón roto. Regresaba a Puerto Rico huyendo del frío y la desazón, con los bolsillos vacíos (literalmente, los viró al revés frente a mí), la ilusión de un empleo y la determinación de lograr dos metas: acercarse a su hija adulta, emocional y geográficamente distante, y restablecer los derechos sobre su casa; un medio hermano, hijo de otro padre, aprovechando su ausencia, se había apoderado de ella usando la técnica (tan boricua, tan antigua) de construir y habitar un segundo piso.

“Esa casa la hizo mi papá, que en paz descanse, así que es mía. Me voy a quedar en el piso de abajo con mami, pero quiero estar ahí para que quede claro que la casa es mía”.

Escribo sobre su casa ahora, y me pregunto si estará en pie, a pesar de los temblores. Creo que sí, porque está en el noroeste, no demasiado cerca del epicentro. Me pregunto también cómo explicarán los terremotos los terraplanistas. La internet dice que algunos aceptan la idea de placas tectónicas y las ubican como parte del disco terráqueo, al que le adjudican una forma gruesa, tipo panqueque. Me pregunto si se habrá reconciliado con la hija, si habrá encontrado empleo, si tendrá algún dinero en el bolsillo.

Como las entrañas de este planeta que él imagina disco y yo esfera, mi amigo el terraplanista es un misterio de capas y placas, de profundidades que conocemos solo indirectamente, un misterio como yo, como cualquiera.

Pasamos un rato en cómodo silencio, admirando el atardecer que por alguna razón (tal vez atada a la dirección del vuelo y la redondez de la tierra) fue el más largo, y de los más bellos, que he visto en mi vida. Al comenzar el descenso, me volteé. Qué atardecer más hermoso, le dije. Asintió y me preguntó, retóricamente, con una sonrisita triunfante y traviesa:

“Pero…¿a que no viste la curvatura de la tierra?”