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Por Rima Brusi/ Especial para En Rojo

¿“Serán malos o serán brutos”? ¿“Será bruto o se hace”?

Llevo décadas, de hecho creo que casi todas mis décadas, escuchando alguna versión de esa pregunta, por lo general emitida con una combinación de perplejidad y exasperación frente a acciones dañinas pero sin aparente sentido de parte de gente con mucho o algún poder. Pareceríamos creer en la separación de esas dos características, querer pensar que el que perpetra el acto–con frecuencia más bien actos, así en serie, en un larguísimo plural que define sus vidas, esas vidas que de alguna manera se las arreglan para pasar en o cerca del poder– no puede ser villano e idiota al mismo tiempo.  Que los villanos son inteligentes, incluso geniales, o al menos taimados, “listos”, ágiles.

Los vemos desplegar una incapacidad absurda para responder a las implicaciones más obvias de sismos, huracanes y epidemias, por ejemplo, midiendo lo que no es, protegiendo lo que no va, comprando lo que no sirve, pagando lo que no deben, vociferando sobre otro tema, y haciendo caso omiso  de las recomendaciones (vocales y bien pensadas) de los que verdaderamente saben algo de geología, ingeniería, epidemiología,  sociología, medicina o matemáticas.

Y entonces nos preguntamos ¿perversos o brutos?, en el fondo a sabiendas de que no son ni lo uno ni lo otro, al menos no precisamente, al menos no en el sentido en que solemos utilizar los adjetivos en cuestión. Redescubrimos, cada vez, la “banalidad del mal” que tan bien explicó, hace tiempo, Hannah Arendt. Claro que Arendt describió el asunto en el contexto de una atrocidad a otro nivel, un conjunto de acciones horrendas que desembocó en el asesinato directo de millones de personas explícitamente definidas como subhumanas, pero los contornos del fenémeno, y su fórmula básica, definen la maldad del estado en cualquier contexto donde ésta exista.

Esa fórmula incluye la vigilancia orientada al castigo, la obtención de datos sobre cualquier persona que huela a resistencia o se vea como amenaza a su poder.  Los rumores y las películas de Hollywood nos mienten, con esa insistencia en presentar a los villanos como, digamos, geniales espías, asesinos talentosos, políticos sagaces, todos ellos perfeccionistas, orientados al detalle, y con mucha frecuencia hasta guapos o, al menos, elegantes. El fantasma de Arendt sería muy crítico de la capacidad de esos libretos y personajes para formar nuestra visión del mundo y de la maldad que lo habita.

Los villanos de nuestro gobierno, los del imperio que nos rige, probablemente los de todas partes en donde el estado está o estuvo empeñado en vigilar y castigar–y en vigilar justamente paracastigar– con frecuencia son espectacularmente torpes.

Y esa coexistencia de maldad y falta de ingenio, esa capacidad para ser tan corrientes al tiempo que son excepcionalmente dañinos,  no es una paradoja, ni siquiera una suma: es una entidad discreta, una cualidad que hace de su maldad particularmente efectiva, justamente porque casi no requiere planificación. Porque no necesitan inventar o pensar mucho. Porque no depende de la destreza de un bisturí sino, simplemente, de la posesión de un gran martillo.

En fin, son seres banales de comportamiento y motivaciones vulgares, corrientes.

Los motiva la mezquindad, por ejemplo. Vean si no la rencorosa insistencia de la ex-presidenta interina de la UPR en exigir el castigo más severo posible para lxs estudiantes que hace tres años la hicieron quedar mal frente a las cámaras como parte de una denuncia amplia y temprana de la deuda odiosa, la imposición de una junta dictatorial, y la destrucción de una institución centenaria crucial para el bienestar del país.  Mantiene la presión sobre el sistema judicial, se sienta en corte, en primera fila, a disfrutar, del tormento de estudiantes como Verónica Figueroa Huertas, Gabriel Díaz Rivera, Francisco Santiago Cintrón, Thalianelly Torres González y Randiel Negrón Torres. La misma gente y el mismo estado que ignoran la corrupción e impunidad de los de arriba, se obsesionan con la resistencia y el castigo de los de abajo.  #JusticiaDobleVara

Luego de tres años les declararon No causa. Foto: Víctor Birriel

Los motiva la repetición de los clichés más burdos y anticuados. Vean, si no, la intención pública declarada por nada menos que el apparátchik que estaba a cargo de  toda la información, del manejo completo de los datos más privados y necesarios de la Uuniversidad, mientras acusaba a media humanidad de “comunistas” y les aseguraba la persecución implacable. #Carpeteo2020

Los motiva el deseo de proyectar liderato, tal vez acompañado de algún trato faustiano para engrasar la ruta. Vean, si no, la decisión, en apariencia absurda, de cambiar de manera innecesaria, súbita, chapucera e irreversible el sistema de manejo de datos y correos de la universidad entera. Empezando el semestre. Ignorando las protestas y disponibilidad de expertos en tecnología y en sistemas de información. Poniendo al frente de tamaña tarea nada menos que al flamante e incompetente personaje que describí en el párrafo anterior. #DesastreMicrosoft

Y esos tres ejemplos se limitan a la UPR. ¡Pero son tantos, tantos, esos seres carentes de talento, inventiva, pragmatismo o compasión, que mandan, rigen y deciden, en tantas esferas! La ubicuidad de sus caravanas y pasquines, y a veces hasta la tradición cultural encarnada en sus nombres mismos, nos obligan a una familiaridad obscena, una cierta cercanía conceptual que querríamos reservarnos para seres verdaderamente cercanos: Tata, Tito, Tuto, Tatito. Johnny, Tommy, Eddie, Ricky, Junior. Yunito con ye, Junito con jota, Yuyiyo con dos yes. Chucho, Cheli, Chemo. Podría seguir.

El carpeteo mismo que tanto les gusta y ha gustado a través de nuestra historia es un despliegue monumental de chapucería dañina, de daño chapucero. Las carpetas que hace décadas persiguieron y hasta arruinaron las vidas de tanta gente tildada de “peligrosa y “subversiva” estaban llenas de nombres errados, fotos desubicadas e interpretaciones disparatadas y repletas de cansados clichés. Estudiantes de ingeniería mecánica, por ejemplo, desesperadamente repasando la noche antes de un examen de Cálculo 2, descritos, con lenguaje cómicamente siniestro, como “en su mayoría con barba poblada”, “de pelo largo”, “con probable conocimiento en el manejo de explosivos”, descripción acompañada del muy serio testimonio del dueño de un colmado cercano, que declaró que los barbudos solían comprar café en grandes cantidades. ¡A juyir! ¡Estudiantes comprando “café”! Gente pintando murales, gente apoyando a Vieques, gente reunida legítima y legalmente, gente leyendo libros, y hasta gente comprando el periodico, este periódico que usted está leyendo ahora.

Y llevaban a cabo esta tarea sin ironía: estos agentes pertenecían a una división que se llamaba “de inteligencia”.

Hablando de ironías: la Secretaria de Justicia que presidió, con frecuentes despliegues de lo que probablemente imaginaba como justa y cristiana ira, sobre el carpeteo y persecución de los estudiantes, de los arrestados del primero de mayo del 2017, de los nombres y grupos en la lista flash que produjo el Banco Popular tan pronto vimos caer el primer vidrio ese mismo día, y el montón de gente, incluyendo periodistas, que osaron conversar sobre asuntos de política en Facebook, esa secretaria es ahora la gobernadora del país.

Las denuncias (las iniciales, las repetidas por acusadxs y aliadxs a lo largo del proceso judicial, las del año pasado, https://claridadpuertorico.com/18034-2/ las circuladas (con fotos) en los medios sociales mientras escribo esto) del carpeteo cibernético de estudiantes y otros en Facebook nos confirman, otra vez, que no hay que decidir si son “malos” o “brutos”, que los seres que nos vigilan son malvados y a la vez banales, y que es su misma resistencia a la profundidad, al pensamiento, a las oraciones completas y a la realidad misma, la que les permite hacer daño a gran escala, perseguir a nuestros estudiantes y todo aquel que sí piense. Llamarnos, a la menor provocación, anarquistas comunistas elitistas socialistas, financiados por un ya difunto Chávez y un muy ocupado Maduro.

Todo ello mientras se revelan, sin tapujos, como incapaces de perseguir un vagón perdido, un político corrupto o un virus mortal y contagioso.

 

 

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