Silvia

Especial para En Rojo

 La primera vecina que conocí durante mis visitas al apartamento se llama Olga. Tiene ochenta y seis años, es jamona y, según me repitió varias veces, no es gay. Su parecido físico con la mamá de mi hermano es uncanny. Ambas fuman mucho y hablan con el mismo tipo de énfasis al final de las oraciones, poniéndole una fuerza a la conclusión de la idea como para que a nadie le quede duda de que creen lo que dicen, con un tono que sólo puedo describir como de malcriá. Pero Olga está ciega. Se sienta en el balcón de su apartamento en el primer piso y desde allí se entera de todo. Se viste con una bata casera de esas como de Capri, con estampado de flores, botones al frente y convenientes bolsillos para las llaves o cualquier chuchería que una carga dentro de la casa. Para estar en el balcón se pone unas gafas verdes de plástico que parecen de niño. Debe ser porque su cara se ha vuelto muy finita, enjuta por los años, y ahora son las gafas de niño las que le quedan bien. Me gusta el look de Olga y si no hubiera COVID me sentaría todas las tardes a fumar un cigarrillo con ella en su balcón. Pero evito fumar. Contrario a lo que hace cada otra persona con quien me encuentro estos días, Olga no me ha dicho lo que tengo que hacer. En cambio, me ha dado mucha información útil sobre mi nuevo edificio: que puedo programar mi teléfono para abrir el portón a través de llamadas desde donde quiera que esté, que el superintendente se llama Rubén y que es muy buen muchacho, que él recoge la basura si la dejo al lado de mi puerta entre 6 y 10 A.M., pero si se me hace más tarde tengo que bajarla yo misma a los basureros, que la administradora se llama Maritere y que también es muy buena gente, que la señora que vivía en el apartamento arriba del mío se murió hace ya un tiempo y está vacío, pero no sabe si se vende, que los viejitos que viven abajo son muy amables y no molestan, pero eso sí, tampoco comparten con nadie. Me pidió como favor que, cuando vaya al buzón, de una vez le traiga también su correspondencia porque además de ser ciega tiene las rodillas malas y no puede caminar fuera de su casa. Le dije que lo haría con gusto. Pero sospecho que terminaré evitando a Olga, que ha sido verdaderamente muy amable. Hasta me ofreció intercambiar números de teléfono por si cualquier cosa. Le dije que después.

 Quizás es porque sé que se va a morir pronto.

 Nunca he visto una película que capte la torpeza de las despedidas, lo silencioso que es decirle adiós a alguien que está muriendo, lo poco elocuente y afectivo que una puede volverse en el momento, porque la persona moribunda lo último que quiere es que se lo recuerden con exabruptos de afecto que una no tendría en otras circunstancias, mucho menos con palabras grandilocuentes y finales. Todas tratamos de imponerle una cierta normalidad al momento, aunque es imposible. De alguna manera, la persona que está muriendo ya está muerta. Es como si la imposibilidad de futuro cancelara de una vez el presente mismo. No hablamos ni compartimos de la misma manera que si creyéramos que mañana y pasado y después seguiremos juntas. Sin mañana no hay nada, la tristeza de saber lo que no habrá más. Los días finales con Silvia estuvieron llenos de intercambios torpes, de hablar sobre lo difícil e incómodo que era comer por el tubo conectado a su estómago, de seguir sus instrucciones sobre cómo poner la comida en el aparatito, en subir y bajar las escaleras de su casa llevando y trayendo alguna cosa que necesitara, en mirarle los ojos tristes y ansiosos, en no poder decirle nada al respecto, sólo responder a lo más inmediato. Esos últimos momentos estaban llenos precisamente de eso, de la inmediatez banal, torpe y triste de la muerte.

 Silvia, que fue para mí una casa, murió de la manera más desarticulada y cruel. Sufrió una enfermedad degenerativa que le atacó primero la garganta, por lo que no podía masticar ni hablar. Nos escribía notitas que sustituían muy pobremente la conversación. Intentamos seguir con la vida de todos modos, yo en Nueva York, ella y su familia en México. Pero fue tan rápido. En el momento en el que me enteré de la enfermedad, no podía detener mi vida para pasar unos meses en México, como hubiese querido. Fui unos días para verla tan pronto me enteré. Y a los pocos meses volví, de nuevo sólo por unos días. Se murió en el verano, sin que pudiera hacer planes para volver a verla. La última vez que la visité en la Ciudad de México la llevé a ver Whiplashal cine en un centro comercial, creo que en Huipulco. Incluso en esas circunstancias insistió en que fuéramos al cine. Se quedó dormida durante buena parte de la película, como siempre hacía incluso antes de la enfermedad. Pero al salir del cine entre gestos y sonidos pudimos hablar de cuánto nos había gustado. Para mí es imposible saber si me gustó en realidad la película. Silvia dijo que le gustó mucho. Yo todo el tiempo estuve pensando en que sería la última película que vería con ella y que al regresarme a Nueva York al día siguiente no la volvería a ver. Así que la película estuvo todo el tiempo filtrada por ese sentimiento de urgencia y de final. Estoy segura de que ella habría estado pensando lo mismo. Murió unos dos o tres meses más tarde.

 La enfermedad le anuló el habla y el gusto, las dos cosas que más disfrutaba y que una más disfrutaba de estar con ella. Era una persona alegre, con una voz de niña perpetua que no se condecía con su figura gorda y envejecida. Siempre tenía ánimo de hacer cosas, ir al cine, a un restaurante, a una pastelería rica, a Coyoacán, siempre tenía ganas de disfrutar la ciudad sin importar el tráfico ni el cansancio de jornadas largas de trabajo. Cuando viví en su casa durante seis meses, había llegado a México sin ningún  plan, con dieciocho años recién cumplidos y con ganas de conocerlo todo. Y ella me acogió tan naturalmente, como si hubiera entendido lo que ni yo misma podía entender en mi curiosidad y mi deseo.

 Íbamos al mercado sobre ruedas de Tlalpan los domingos en la mañana y luego nos pasábamos horas cocinando para su familia, para la que las puertas de su casa estaban abiertas siempre, pero especialmente los domingos, cuando se daba por sentado que se presentarían a comer y a pasar la tarde hablando, jugando Backgammon o al poker. A mí esa parte con la familia no me gustaba, me sentía fuera de lugar, y las hermanas de Silvia no eran simpáticas conmigo. Pero me encantaba ir al mercado en la mañana con ella, escoger la verdura y la fruta, siempre jitomates, calabacitas, cebolla, hongos, chiles, nopalitos, papas, cilantro y lo que se viera especialmente rico ese día, hacer la fila para las tortillas, probar el guacamole con chicharrón de cerdo, comprar queso oaxaca y panela, del que también siempre te daban a probar. De todo te daban a probar. En los puestos de fruta ponían unas bandejas con alguna fruta picada—piña, sandía, mango, jícama—sazonada con chile, limón, y sal. De vuelta a casa, preparábamos comidas elaboradísimas. Se nos iban las horas mientras Silvia me explicaba con paciencia cómo se debía cortar la cebolla, cómo el ajo, cómo se ponen a secar las yerbas de olor para que no se echen a perder, en qué orden se van agregando los ingredientes a la sartén, qué poner en la licuadora para hacer la salsa de chile, qué especias agregar a qué guiso, cómo se sazona la ensalada. No recuerdo casi nada de las instrucciones específicas ni de las recetas, sólo que en esos meses en esa cocina aprendí a cocinar. Recuerdo bien las tablitas para picar de madera ya muy muy gastadas, incluso se había formado una depresión en el centro, y que el cuchillo preferido tenía el mango de madera también muy gastada y la forma de la navaja se había redondeado formando un rectángulo sin esquinas, pero el filo era siempre el mejor. No había instrumentos nuevos, a decir verdad. No porque Silvia no tuviera el dinero para comprar cosas nuevas, sino porque creo que su comida tenía todo que ver con el tiempo. Era como si los platos se hubiesen empezado a preparar no en el momento en el que nos poníamos a cortar la cebolla y el ajo o colocábamos la olla con agua en la estufa, sino mucho antes, desde que esos utensilios empezaron a usarse en esa casa para adquirir sus formas ajadas y a impregnarse de los sabores que inevitablemente dejan el uso y el jabón de fregar.

 

 

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