Textos de Carlos Alberty Fragoso

Vaso roto

Un señor fregaba cuando, sin saber cómo, un vaso como un pez o una barra de jabón saltó de sus manos, fue a dar contra el fregadero y se rompió. Otro señor hubiera pensado que había sido un accidente, o no hubiera pensado nada y ya. Este señor supo, no sin ironía, que el significado del acontecimiento era transparente: marcaba con claridad el inicio de una cadena de futuros pseudoaccidentes cuyo extremo todavía sin ocurrir, aunque sin duda ya ordenado, sería la imagen de un señor (él mismo, otro) tumbado en una cama sin poder moverse, con su conciencia de individuo cada vez más entumecida. El señor supo, ahora ocurría la confirmación, que los varios pseudoinsignificantes pseudoaccidentes que antes había sufrido anunciaban y preparaban silenciosamente esto del vaso que a su vez prefiguraba el resto. Entonces el señor recogió cuidadosamente los pedazos de vidrio, terminó de fregar, secó, guardó los platos y fue al cuarto. Se acostó en la cama y soñó que se vestía con una camisa blanca y un pantalón oscuro, que se cubría la cabeza con una escafandra de buzo; luego iba al balcón y saltaba al vacío desde lo alto del edificio. Al despertarse, el señor se incorporó y sentado en la cama se abismó pensando de qué manera el sueño formaba parte de la cadena del vaso. Y se quedó allí meditando y mirando sus pies desnudos.

 

Odisea

Un hombre fregaba los platos de la cena. Vio que le esperaba una serpiente de vasos de cristal. Se desesperó al pensar cuánto le faltaba. Su pensamiento se extravió. Cada vaso le parecía un período de tiempo de su vida. Tal vez un año. Su pensamiento siguió extraviado. Ahora, sin querer, se demoraba en la limpieza. Pasaba una y otra vez sus manos sobre el vaso bajo el chorro de agua asegurándose constantemente de quitarles hasta el último residuo de jabón. (Detestaba, al beber, encontrar sabores extraños.) Lentamente los vasos y los platos pasaron de un lado a otro del fregadero: el escurridor era otro mundo (sin jabón…). Lo asaltó la ansiedad. Pensó que al terminar caería muerto, que un pequeño descuido podría echar al suelo la obra de limpieza. De momento, el viento sopló agitando las páginas de un libro. Una copa se le rompió entre las manos. Aliviado, aunque sangrando, el hombre pensó que, por lo menos, no había ocurrido la tragedia. Después, en la cama, le contó del extravío a su esposa. Ella le preguntó por el libro:

—La Odisea.

—Qué lindo, Ulises —le dijo. Y se durmieron.

 

Jardín

Un señor limpiaba con un pequeño rastrillo la arenilla de la gata cuando descubrió que un terrón de orina había adoptado con absurda precisión la forma de Australia. Siguió arando, cerniendo y limpiando, y descubrió África, Japón, Italia… Trazaba surcos en los mares, en las grandes llanuras y desiertos recogiendo terrones de orinas y de cacas envueltas como larvas. Se sentía como un gran jardinero preparando el mundo. Descubrió países nuevos, otra Grecia más grande, un Vietnam más ancho. Armó y desarmó el mapa, añadió países, juntó otros, tiró puentes entre islas y eliminó fronteras. Al final, con algo de melancolía, fue a botar todo el mapa. Pero caminando hacia los zafacones, con la bolsita llena de los excrementos y orines de la gata y del mundo, pensó en los nuevos planetas que descubriría en la próxima limpieza de su pequeño jardín, y sonrió.

 

Frente al mar

Un señor frente al mar pensaba en su significado. Acaso imagen del destino, voluntad oscura y majestuosa que guardara una misión para los hombres que sólo podrían vivirla como acertijo o aventura; acaso inmensa presencia sin conciencia y, nada más, pero por eso, capaz de afectar profundamente a los mortales y dejarles alelados un buen rato. De repente una gran ola lo tumbó dándole varias vueltas sobre la arena que le entró por la boca, los oídos y le invadió el pelo. Tirado en la orilla, luchaba contra aquel mar cuando sintió a su esposa voltearse en la cama llevándose, envuelta en ella, la sábana, dejándolo solo en la arena frente a la embestida de otra ola que lo empujó, lo hizo caer y encajarse en la frisa, curva como hamaca, que cedió hasta dar en el suelo. Ahora veía los sorprendidos ojos de su esposa que le decía algo del hospital. Y ya leía en la entrada la placa de bronce con palabras en forma de olas, veía las blancas y azules paredes de los pasillos, y sentía el olor a salitre. Pero, qué extraño, no sentía la arena en los oídos ni en la boca, sólo un sueño cada vez más hondo y flotante que se apoderaba de él. Después no supo qué pasó. Y nadie supo nada de él. Ahora su esposa está en la orilla mirando cómo el mar lame y arrastra sus huellas, y piensa que parece un gran amante avergonzado o un aventurero oportunista.

 

Ángel o demonio

Piensa que si fuera ángel o demonio podría oír lo que otros piensan o ver una mujer cuando se baña y piensa, sin querer, bajo la ducha, en ese hombre que ha visto en el autobús o al cruzar la calle, y que acaso la ha mirado breve y lentamente, pero tal vez no, mientras se va cubriendo con la espuma del jabón pasando la mano cuando ya no queda nada que limpiar, cuando la piel es un puente por donde van los sueños; si fuera ángel o demonio, piensa, podría susurrarle algún consuelo que, sin ella oírlo, lo entendiera de algún modo, creyendo que el agua le habla cuando recorre su cuerpo desnudo o que la toalla le ha murmurado al acariciarla suavemente; piensa así en el autobús, el señor que lee y levanta la vista y espía a la mujer que, otras veces, ha visto al cruzar la calle, y que a él le ha parecido (pero es sólo secreta conjetura) que lo ha mirado con dulce interés. Entonces piensa ángel o demonio, si lo fuera.