Un acercamiento al minimalismo antipoético en la poesía puertorriqueña

 

Por Ana Nadal Quirós/Especial para En Rojo

La escritura del gremlin de Federico Irizarry Natal (Isla Negra,2020)

La figura del gremlin, símbolo de maldad, de travesura -de fealdad, por qué no- y, sobre todo, de transformación, que llama la atención nada más leer el título, ya le advierte al lector los posibles derroteros del estudio que el autor ha llevado a cabo y que comprendemos en toda su dimensión cuando constatamos a lo largo de su análisis que ese carácter cambiante, malévolo y desestabilizador propios de esta criatura, encuentra eco inevitable en el conjunto de una parte del quehacer literario puertorriqueño, y que Federico Irizarry Natal, muy oportunamente, ha creído pertinente ubicar en el contexto de una estrategia literaria particular: el minimalismo antipoético, característico, según afirma, de una parte de la poesía puertorriqueña a partir de los años 70, poco atendida por la crítica o denostada en otros casos.

Es bajo esta sombrilla conceptual, heredera, como bien se establece en los primeros dos capítulos, de la antipoesía -para algunos, expresión ulterior de las vanguardias encabezada por Nicanor Parra, que encuentra en la ironía, el cinismo y en el uso de elementos propios de la prosa, recursos para crear una poesía desestabilizadora-; y del minimalismo (discurso caracterizado por su fragmentación, brevedad y lucidez), que el autor examina parte de la obra de tres poetas puertorriqueños: Poema en alta tensión, de Salvador Villanueva; Con las peores intenciones La esperanza es verde como el mugir de las vacas, de Edgardo Nieves Mieles; y Casquillos, de José David Capiello-Ortiz. Estos cuatro poemarios responden, según Irizarry Natal, a los criterios delineados a propósito de la síntesis de estos dos conceptos, que se corresponde, a su vez, a lo que el autor -basándose en la nomenclatura de Sandino Núñez- identifica como la escritura del gremlin, definida como un “incómodo quehacer estético de carácter contratextual, transgresor y lúcido que está constituido en el estricto marco de la brevedad, a la manera de una práctica de alteridad discursiva organizada en torno de un ágil ingenio perturbador que se caracteriza por un espíritu revisionista y transformativo.”

Atendiendo ese espíritu revisionista y transformativo, Irizarry Natal propone el minimalismo antipoético de estos tres poetas como una “rebelión frente a una tradición oficializada del canon literario puertorriqueño.” El proceso creativo de todos ellos, más allá de las particularidades que los diferencian, así como el de otros poetas -anteriores y contemporáneos a ellos, y cuya pertinencia y relevancia el autor destaca-, tiene lugar desde la marginalidad; acuciada, por un lado, por ese “afán totalizador de las letras puertorriqueñas y cuyas motivaciones obran a partir de un nacionalismo cultural de índole paternalista, elitista y reformista, bajo exigencias de coherencia, orden y racionalidad” y que, por lo mismo, no da cabida a este tipo de literatura; y por el otro, por el interés de los propios poetas de crear, transformar y sacudir el establishment desde un espacio otro, descentralizado, que le permita, por lo mismo, configurar un arte poética radical a partir de la cual arremeter “contra las convenciones oficiales o prestigiadas de nuestra literatura”, y crear, desde la fragmentación, desde la deconstrucción de una realidad que apunta hacia la futilidad de la existencia, al desencanto vital causado por el fracaso de los grandes y pequeños ideales -aunque sin perder la esperanza- otra realidad, acaso más auténtica, que comulgue con los valores propios de la posmodernidad, carente de certezas, de grandes proyectos unitarios a los que adherirse.

En los primeros dos capítulos, el autor enlaza con coherencia, claridad y erudición las manifestaciones estéticas rupturistas latinoamericanas -particularmente la antipoesía y el minimalismo- con los discursos rupturistas puertorriqueños previo y a partir de los setentas. Esto permite no solo poner en un contexto universal, si se quiere, nuestra producción literaria, además de conocer los antecedentes autóctonos del minimalismo antipoético, sino percibir la profunda grieta que divide la actividad literaria puertorriqueña en una que apela a la búsqueda sempiterna de la identidad nacional; y en otra que pretende subvertir el discurso canónico que ha prevalecido en nuestras letras.

A partir de aquí, en los últimos tres capítulos, Irizarry Natal traza las coordenadas que le permiten explorar, desentrañar, hermanar y diferenciar, a la luz del aparato teórico anclado en el concepto binario de minimalismo antipoético, el proyecto creativo de los autores y los poemarios escogidos que, a pesar de ser de diferentes épocas, “repercuten en una práctica contratextual de índole transgresora que conforman, a manera de un diálogo conflictivo, una reescritura crítica y desenfadada sobre la tradición, la escritura misma y el oficio de escribir.”

En el caso de Salvador Villanueva son, señala Irizarry Natal, las estéticas institucionalizadas “los objetos de sabotajes antipoéticos y contratextuales”. Poema en alta tensión está apuntalado sobre la experiencia -existencial y escritural- del límite. La escritura se convierte en ese límite en cuya contradicción (de repliegue -hacia una mismidad anclada a la institucionalización de distintas construcciones socioculturales, políticas y existenciales- y apertura -hacia una “exterioridad de la diferencia”) el sujeto poético encuentra la posibilidad de ser y estar en el mundo de la manera más honesta posible, aceptando la existencia en su carácter insustancial y vacío.

Por otro lado, en los poemarios Con las peores intenciones La esperanza es verde como el mugir de las vacas de Edgardo Nieves Mieles el minimalismo antipoético apunta hacia una reescritura y rehabilitación de la tradición. En ambas propuestas impera el elemento de la intertextualidad -y autotextualidad- “en que las influencias más que lastres padecidos como obstáculos o taras, son instancias capaces de canalizar de forma positiva el ejercicio creativo de la escritura literaria.” No obstante, estamos ante una antipoesía que, si bien acepta la influencia, no se muestra complaciente. Por el contrario, es desde la tradición que el poeta encontrará energía productiva y renovadora que le permitirá -como un ramalazo de semen en la mejilla ortodoxa- hacerse un espacio original.

Finalmente, Casquillos de Jorge Capiello es, para el crítico y poeta, el poemario que evidencia con mayor contundencia lo que él ha llamado la escritura del gremlin. Haciéndose de la ironía, la sátira y la parodia, cuestiona la funcionalidad -que es también fracaso- de la tradición -del canon en todas sus dimensiones-. Su discurso poético pareciera estar en fuga constantemente, fuera “del ojo vigilante” del orden establecido, y cuya meta -identifica Irizarry Natal- es “poner en crisis”.

Como escribiera Lourdes Torres Rivera, La escritura del gremlin “asume una reflexión relevante sobre el panorama poético de la Isla a partir de una disensión: la de la impertinencia contratextual y deconstructiva del minimalismo antipoético frente al empeño totalizador que ha singularizado a una gran parte de la tradición literaria de Puerto Rico.” Es un ensayo necesario porque es el primero que aborda este aspecto de nuestra literatura de forma sistemática; y muy pertinente en la medida de que ya es tiempo de que la cara b de la producción literaria puertorriqueña sea reconocida, con trabajos como este -riguroso y honesto-, como parte integral de nuestro corpus literario.

 

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