“Un beso no es un kiss”

Por Emilio Baéz Rivera/Especial para en Rojo

 

A Yvonne Sanavitis y a Concha Hernández,  por su entusiasta recepción. A mis colegas del sistema de educación pública, con quienes gozo compartir la vocación. A mis colegas lingüistas —solo a esas/os— que aún lloran la partida de María Vaquero.  

 

Publicado en Language Duel. Duelo del lenguaje (Vintage Books, 2002), el poema ejemplifica con creces la tensión de rivalidad entre los dos sistemas de comunicación, propuesta en el título bilingüe del libro, a la vez que no disimula el guiño anticipatorio del triunfo del español sobre el inglés en la sintaxis premeditada del título del poema. No es lo mismo «Un beso no es un kiss» que «Un kiss no es un beso». Explico. La ubicación del grupo nominal «un beso» en el inicio del enunciado titular le confiere, de entrada, la cinta de primer lugar al término del español sobre el del inglés; además, la voz lírica honra este orden en la definición que expone de ambas voces, dedicándole menos versos a «beso» que a «kiss» por aquello de que lo bueno, si breve, dos veces bueno. En suma: la palabra «beso», por colocación y por extensión metalingüística, va doblemente favorecida sobre «kiss». Es lo obvio, pero aún hay mucho más.  

La voz lírica aprovecha hábilmente el recurso creativo de la aliteración para establecer la ventaja articulatoria de «beso» sobre «kiss». En efecto, los cuatro grafemas de «beso» hacen completa justicia al acto mismo en un perfecto compás de dos tiempos posibilitado por las dos sílabas: empezando por la b (oclusiva-bilabial-sonora) que moviliza los labios al contacto mutuo; continúa la e, segunda vocal más abierta y propiciatoria de la intervención de los otros miembros orales; de ahí que la s (fricativa-alveolar-sorda) active el músculo con la posición del ápice apenas rozando el alveolo del paladar, permisivo a un tiempo de una fuga suave de aliento, y concluya con la o, vocal media pero redondeada, que abocina los labios disponiéndolos a la posición idónea del fin del ejercicio muscular que, lejos de concluir el acto, invita a la repetición espontánea de rigor. Al hilo de este análisis, la feliz traducción al castellano del primer verso del Cantar de los Cantares, realizada por fray Luis de León, homenajea, de nuevo, la palabra «beso», cuya reiteración connota la prolongación del acto mismo en la abundancia de las bes, a las cuales se suma una traviesa eme (nasal-bilabial-sonora) que deja escapar un chispeante gemido de placer, así como de eses y des (oclusiva-dental-sonora) que activan hasta los dientes: «Béseme de besos de su boca».   

«Kiss», en cambio, se antoja desafortunada y desabrida a la voz lírica: muy otra cosa y a años luz de la cosa en sí. Primero: su triste monosílabo la condena a una brevedad incómoda por traicionera del compás binario que regula la unidad rítmica del hecho mismo. Segundo: aplicándole el criterio articulatorio, la voz anglosajona prescinde, absurdamente, de lo básico del beso: los labios. Tercero: la k (oclusiva-velar-sorda) regula un primer movimiento posdorsal de la lengua en la antesala gutural, uniéndose al velo del paladar en franca rendición. Cuarto: la sordera de la consonante inicial se supera con la sonoridad de la oscura vocal i, cuya estridencia más espanta que seduce. Quinto: el monosílabo naufraga en la columna de aire filtrada por la ese geminada que lo desinfla en breve expulsión fricativa a semejanza de un escupitajo.  

Hasta aquí ha competido el estudio lírico-lingüístico de ambos términos que se balancean en las puntas opuestas del título. Ahora merece atender el canto de la voz lírica a la luz de lo expuesto.  

La ontología del «beso» es solo comparable con la feminidad redimida de la condena teológica del judeocristianismo y celebrativa, en justa sintonía con la protagonista del Cantar bíblico, de la voluptuosa juventud. A la imagen de la muchacha joven y —presumiblemente— hermosa, se añade el acto oral de ingestión de una pomarrosa, fruta jugosa que estimula, a su vez, las glándulas salivares y hacen de la boca una charca sinestésica de gusto, tacto y olfato, porque —bien expresó el narrador de El Señor Presidente respecto a Camila Canales cuando el primo la asaltó con un beso en la playa— sin oler lo que se besa, el beso no sabe a nada. Todo esto se cumple en una cima, donde ella descuella como deidad olímpica que lo domina todo con cuerpo crisoelefantino y visión panóptica.  

«Kiss», en cambio, «trae consigo/ el silbido del áspid» por su sibilante geminada y por arrancar su articulación posdorsal en el velo del paladar con cierta abertura de la boca, en completo desempleo de los labios. Allende la igualación al impulso defensivo del reptil justo cuando abre la mandíbula para arrojar el veneno, la voz lírica lo asocia con Cleopatra, otra virago libérrima de la Antigüedad, «cuando rehusó entrar a Roma/ encadenada». Va sugerida, en fin, la incendiaria noción feminista del pensamiento lírico aun sin excusar la ineptitud de la palabra inglesa.   

El poema culmina con dos versos a modo de cierre de un silogismo: sendas premisas al beso y al kiss; por último, la conclusión: «La lengua admite misterios/ inexplicables». Detenerme en la deuda de esta protagonista lírica con la voz filosófico-metalingüística de la Décima Musa rebasa la intención de este texto y desafiaría, innecesariamente, la paciencia de mi lector/a. El epíteto «inexplicables» ataja cualquier iniciativa para dar con una justificación razonable de la naturaleza misma del lenguaje, vivo reflejo de las culturas y de sus hablantes. En este caso, un sencillo vocablo le resultó tan certero y convincente como para contrastar la superioridad emotivo-vital de los pueblos neolatinos contra la impasibilidad gélido-letal de los anglosajones.

 

Un beso no 

es un Kiss

Rosario Ferré

La palabra beso es como una joven

comiéndose una pomarrosa

en la cima de una montaña.

Kiss trae consigo,

el silbido del áspid

que Cleopatra acercó a su pecho

cuando rehusó entrar a Roma

encadenada.

La lengua admite misterios

 

A Beso 

Is Not a Kiss 

A beso is like

eating leeches on a mountain top.

In a kiss Cleopatra

draws the asp to her breast

so as not to enter Rome

in chains.

There are mysteries of the tongue

that cannot be explained.