Un discurso feminista para la ocasión

Por Mari Mari Narváez

Especial para En Rojo

No es la primera vez que me pasa. Otras veces he visto a niñas (digo niñas porque el otro día les estaba literalmente cambiando el pañal) de repente posando con muy poca ropa y aire de mujer fatal. Mi niña me mira desde allá en Instagram muy fijamente. Baja la barbilla y levanta la mirada, como todas las aspirantes a modelos del mundo. Se esfuerza algo por lucir relajada, como si realmente ignorara el peso del diminuto bikini que lleva sobre un cuerpo todavía en desarrollo, privilegiadamente libre de grasa. 

Antes, estas cosas me hacían hervir la cabeza, desempacar mis discursos feministas más rampantes. Y me hacían sentir fracasada también, como feminista, como tía, como hermana, como todo. Era terrible. 

Esta vez ha sido distinto. Hay algo en la estampa que me da ternura. La joven aspira; procesa ese extraño cautiverio adolescente tal y como el mundo va proponiendoselo. No es un signo de la rebeldía que una como aspirante a rebelde quisiera pero es un signo de vulnerabilidad. 

Sin embargo, hay más aquí, y es que no sé qué discurso feminista se supone que enarbolemos ante las adolescentes de nuestras vidas en un momento así. ¿No es su cuerpo su decisión? Si realmente creo en la autonomía del cuerpo de las mujeres, juzgarla y darle un sermoncito por unas fotos (públicas) en bikini se puede tornar contraproducente en un futuro cercano cuando nos sentemos a hablar sobre el aborto u otros temas. Sé que en la exposición de estas fotos hay un elemento importante en torno a la intimidad pero no puedo pedirle a una joven de 16 años que entienda mi concepto de intimidad. Yo crecí en los años 80 y 90, sin Internet ni esta obsesión por las fotos ni nada de eso. Lo más público que hacíamos era enviar mensajes de amor por el intercom de la escuela el día de los corazones. No niego que temo al ridículo de hablarle a una niña criada con redes sociales sobre aquella línea muy marcada que existía entre lo público y lo privado; de una intimidad cuyos contornos se han ido borrando en la contemporaneidad. Hoy día la intimidad parece existir, precisamente, en función de su exposición. Se le reconoce y se alimenta de toda una serie de rituales, poses y escenarios que ayudan a recrear una versión de ‘intimidad’ para estos tiempos de exposición rápida y masiva. Su ideario, por tanto, existe pero es casi siempre para exponerla, lo que por supuesto cancela la esencia de lo que nosotros conocemos por intimidad, ese lugar propio, hondo, que se guarda y se comparte muy selectiva y estratégicamente. 

Algunos de los temas más controvertidos dentro del feminismo siempre han sido el cuerpo y la sexualidad. Y mi contrariedad con revisar en esta ocasión la diversidad de discursos feministas tiene que ver con estos juicios históricos. 

Un día no hace demasiados años, en un curso graduado de Teoría feminista, tomé consciencia, casi por primera vez, de lo que implicaba la diversidad de feminismos existentes. Hablábamos de las feministas radicales y su propuesta compulsiva de que las mujeres viviéramos segregadas de los hombres. Recuerdo mi impresión extrema, filtrada por el silencio de fondo del Humanidades nocturno. En medio de mi estupor, vi que la Profesora se disponía a hacer una explicación que anticipé de moderación. “Pongamos esto en el contexto histórico de los años sesenta y setenta”, la imaginé decir, aderezado de un “siempre hacen falta posturas en extremo radicales para lograr cambios paulatinos”. 

Pero no. En la vida real, mi Profesora –a quien yo idolatraba y sigo idolatrando– no solo explicó lo que promovían (o más bien exigían) las feministas radicales sino que añadió creer que tenían razón, que las mujeres debíamos, en efecto, vivir entre nosotras, que las revoluciones femeninas serían prácticamente imposibles viviendo junto a los hombres. Por poco me desmayo. No sé si era mi ingenuidad o mi ignorancia pero no podía ni creer que alguien planteara algo así, y con aquella seriedad. ¿Cómo que con los hombres no se podría? ¿No era el feminismo, precisamente, una reivindicación de justicia para que el amor fuera posible? ¿Cómo que no viviéramos con los hombres? ¡Yo sí quería vivir con ellos! ¿No era para eso, entre otros asuntos, que éramos feministas? ¿Para poder ser felices viviendo con los hombres (o con quien usted quiera pero, en mi caso, es con un hombre) solo que, entonces, en equidad? Bueno, por suerte aquella filosofía ya no estaba muy en boga que digamos, así que no debía sulfurarme. Pero de todos modos me estaba raro que la Profesora hubiese dicho aquello. Yo no la conocía tanto como llegué a hacerlo más adelante pero ya sabía que estaba felizmente casada desde hacía décadas. ¡Con un hombre! 

Claro, había ingenuidad de mi parte pues una, que es escritora, tiene que saber que la mayoría de las veces no hablamos desde el Yo. Aún si parece que sí. De hecho, yo escribo esto partiendo de una supuesta experiencia reciente con mi niña pero lo escribo porque esas niñas están en todas partes y la conversación sobre qué discurso feminista asumimos en nuestras situaciones de vida, es una conversación política universal. 

No puedo decir mucho perennemente en contra de feministas radicales como Catharine MacKinnon, Andrea Dworkin, Susan Brownmiller, entre otras porque todas, en su momento, sentaron las bases para que hoy día nosotras podamos denunciar el hostigamiento sexual, las agresiones sexuales como asuntos de género, de poder y desigualdad. Esto aunque luego se convirtieran en policías morales y algunas terminaran aliadas en ciertas causas con el fundamentalismo religioso. Así que, por más absurdas que me parezcan muchas de las posturas de este feminismo pro-censura, anti-pornografía (que incluye el arte nudista), anti-sexo y anti-hombres de las feministas más extremas de la segunda ola, y aunque rompa radicalmente con su moralismo, reconozco sus aportaciones al movimiento. Hay que estudiar más a las feministas también radicales que pusieron el deseo y el placer al centro de la conversación feminista. Por eso, en estos días, me estoy proponiendo leer a Ellen Willis, a Alix Kates Shulman y otras feministas, también consideradas radicales, que sin embargo abordaron el sexo desde la alegría, el placer y la posibilidad de equidad (acepto sugerencias de lectura). 

No puedo decirle a mi niña que se tape el cuerpo, ni que el sexo nos distrae de la Revolución, que es un argumento que se está utilizando hoy nuevamente en círculos feministas. Esos discursos no reconocen el deseo como el elemento central de nuestras vidas que es, así esté pasado por el filtro último de la cultura. Que lo está. La vida entera está pasada por el filtro de la cultura y hay que aprender a diferenciar entre lo “natural” o “instintivo” y lo “cultural”. Pero eso no la hace menos vida para nosotras. Y en esa vida –buena, mala, regular, venida a menos o a más– el deseo y la ilusión de vivir en equidad junto a los hombres (con la relación que sea de por medio) es un fundamento.

Y esto –creo– es el meollo de mi preocupación. Que todas estas jóvenes adolescentes que veo llenando sus redes sociales con poses en poca ropa y gestos de femme fatales (sin ganarse un chavo como modelos), expresan un deseo de querer ser deseadas. Como muchas de nosotras y como muchos hombres. Y eso también me enternece. Pero demasiadas veces tengo también la sensación de que ellas no parecen desear a nadie. Tal vez pienso que la energía dedicada a encontrar la pose perfecta (las madres me cuentan que pasan horas en eso) es un síntoma de la falta de deseo. Y eso me rompe el corazón. Tal vez me equivoco. 

El buen sexo es una de las mejores cosas (si no lo mejor) que tiene esta vida tan compleja e injusta. Y para llegar al buen sexo, hay que pasar por una sexualidad poderosa, saludable, creciente. Mi hermana me pide intervención. Balbuceo unas ideas sobre la intimidad y la personalidad pública que me vienen a la mente de primera instancia. Ella a su vez las repite por allá como mejor entiende. Prometo volver más tarde con mejores argumentos. Lo pienso, lo discuto en mi círculo con alguna gente, lo pienso un poco más. Y no encuentro un discursito para la ocasión.