Un pañuelito bordado de blanco

Juan Forn*

Maiacovski salía una noche de El Refugio de los Comediantes, del brazo de la hermosa Lili Brik, cuando volvió a su mesa a recoger la carterita que ella había olvidado. Larisa Reisner, que estaba en la mesa de al lado, le dijo: “Te pasarás la vida volviendo a buscar esa carterita”. Maiacovskile contestó: “Puedo llevar esta carterita hasta con los dientes, Larisa Mijailovna. En el amor no hay ofensas”.

Maiacovski apareció en escena en la poesía rusa como un rompehielos partiendo témpanos (la imagen es del gran Viktor Shklovski). Decía cosas salvajes, antipoéticas, pero con un sentido del ritmo tan asombroso que sus versos quedaban grabados en la memoria aunque uno no se lo propusiera. El vozarrón con que recitaba esos poemas era doblemente estremecedor porque salía de una boca negra como una caverna: Maiacovski tenía los dientes podridos. Lili Brik lo llevó al dentista, así como le sacó la túnica amarilla y la melena de futurista, le afeitó la cabeza, lo vistió de traje y botines y se lo llevó a vivir con ella y su marido, Osip Brik. Los poemas de Maiacovski pagaban las cuentas, Lili dormía con su tormentoso amante y Osip se convirtió en el confidente y mejor divulgador de la obra del poeta, porque Osip Brik era uno de los cerebros de lo que hoy se conoce en la academia como Formalismo Ruso.

Entonces el Soviet Supremo mandó a Maiacovski de embajador por el mundo y el poeta dejó embarazada a una joven en América, que lo siguió a París. Para evitar que el asunto pasara a mayores, Lili Brik le pidió a su hermana Elsa Triolet (que vivía con el poeta Aragon en París) que le presentara urgente una muchacha a Maiacovski, “para distraerlo”. Así conoció el poeta a Tatiana Yakovleva, que había sido criada para casarse con príncipes, en la Rusia prerrevolucionaria y tenía dos dotes descollantes además de su porte: una memoria asombrosa para la poesía rusa y una habilidad endiablada con los dedos de sus pies.

Cuando vino la Revolución, la quinceañera Tatiana recitaba poemas en las esquinas para los soldados rojos, a cambio de pan para su madre y su hermana. Así sobrevivieron la hambruna hasta que Tatiana fue enviada a París con su abuela, a curarse la tuberculosis. Dos años después brillaba en los salones parisinos desanudando la corbata y desprendiendo los botones de la camisa de un caballero con sus piecitos desnudos mientras le recitaba poemas de Pushkin, Tiuschev, Biely, Ajmátova y Mandelstam.

Maiacovski quedó fulminado cuando la conoció. La visitó todos los días de su estadía, le propuso matrimonio, le prometió que volvería para llevársela con él a Moscú, pero ella no le creyó hasta que él le escribió dos poemas que publicó en cuanto volvió a la URSS: uno se llamaba “Carta al camarada Kostrov sobre la esencia del amor” y el otro “Carta a Tatiana Yakovleva”. Eran los dos mejores poemas de amor que había escrito en su vida. Todo Moscú se preguntaba quién era esa Yakovleva, Lili Brik estaba intratable, pero pasaban cosas peores en Moscú, y Maiacovski aprovechó esa última oportunidad que le quedaba de ir a París como poeta itinerante.

Pasó todas las horas que pudo con Tatiana y dejó todos los honorarios de sus recitales en una florería con el encargo de enviarle una rosa por día. En el año siguiente, la correspondencia entre los dos fue volcánica. Y entonces, para estupor general, Tatiana se casó con un vizconde francés. A los dos meses quedó embarazada y dos meses más tarde se enteró por los diarios que Maiacovski se había suicidado de un tiro en Moscú, defenestrado por sus pares. “Las rosas siguen llegando a casa, una por día. Estoy destrozada, pero no creo que haya sido yo el motivo”, le escribe Tatiana a su madre, que sigue viviendo en la URSS, en la última carta que logra hacerle llegar, en 1938, junto con unas fotos de ella y la bebé. La abuela nunca conocerá a su nieta ni sabrá nada más de su hija.

Tatiana huyó de París cuando llegaron los nazis. El marido vizconde murió en un combate aéreo; ella logró llegar a Nueva York con su hija y su nueva pareja, Alexander Lieberman. Él consiguió trabajo en Vogue, ella en Saks diseñando sombreros. Un año después ella era la reina de los sombreros de Nueva York y él dirigía la revista como si fuera un feudo que ponía a los pies de ella. Durante treinta años desfilaron por sus famosos salones Marlene Dietrich, Salvador Dalí, Leonard Bernstein, Susan Sontag y por supuesto cuanto ruso ilustre viviera o pasara por Nueva York, de Barishnikov y Brodsky a Plisestkaya y Evtuchenko. Tatiana escuchaba confidencias y daba consejos, en francés o en ruso. Nunca quiso hablar de Maiacovski con ninguno de sus íntimos; sólo muy de tanto en tanto aceptaba contar algo mínimo a alguno de los maiacovskianos soviéticos que lograban llamarla por teléfono desde Moscú, porque Tatiana no escribía cartas, ni contestaba ninguna.

En cambio, una carta de extraordinario coraje y elocuencia que le escribió Lili Brik al propio Stalin logró que en 1935 se rehabilitara a Maiacovski y se lo volviera a leer en la URSS. El salón de los Brik nunca volvió a ser lo que era, pero siguió funcionando hasta la muerte de Osip, en 1945. Lili se volvió a casar con un jerarca de la Cheka que cayó en las últimas purgas de 1952. Cuando le preguntaron a Stalin qué hacer con ella, él contestó: “Déjenla tranquila, es la viuda de Maiacovski”. Vivió hasta los 86 años. Christian Dior e Ives Saint-Laurent iban a visitarla, cuando estaban en Moscú. Era un ícono viviente: la musa viuda del poeta de la revolución. Reinaba en solitario hasta que, en 1963, el Museo Maiacovski recibió en donación un paquete de cartas y fotos de Tatiana que su mamá legó al morir, sin saber que su hija seguía viva en Nueva York. Todas las cartas hablaban de Maiacovski: al fin se sabía quién era la Tatiana Yakovleva del poema, hasta fotos había.

 Desde entonces, hasta que murieron más de veinte años después, una en Moscú y la otra en Nueva York, Lili Brik y Tatiana Yakovleva vivieron pendientes pero ajenas la una de la otra, soportando con altanería preguntas impertinentes de amigos y extraños (“¿A quién quiso más?”, “¿Era bueno en la cama?”). Cada vez que algún maiacovskiano obsequioso le preguntaba a una si quería mandarle algo a la otra, decían que sí y se mandaban un pañuelito bordado blanco. Nunca se vieron las caras, ni se escribieron unas líneas, ni hablaron por teléfono siquiera. Pero las dos tuvieron hasta el último día una foto de Maiacovski en su mesa de luz, y el pañuelito bordado blanco.

Tomado de Pagina 12: www.pagina12.com.ar

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