Un plátano, un arroyo y una sombra

 

¿El socialismo del futuro ya no será igual?

Por Rafael Acevedo/En Rojo

 

  1. Leo un libro en el balcón, tratando de respirar un aire que deseo sea puro, libre de virus. ”El objetivo es que cada hombre , como en otro tiempo, pueda tomar un plátano de cualquier árbol, pescar en todo arroyo, descansar a la sombra de cualquier matorral” Souphanouvong, Laos, 1968.Está subrayado. Es un libro (1) que leí hace una década y al que vuelvo ahora en el encierro al que nos obliga la pandemia o el autoritarismo del estado. Son la misma cosa en este momento.

Subrayé ese pasaje hace diez años porque me parecía muy importante que una revolución triunfante -sé que es muy llana esta afirmación-  usara como parte de su narrativa sobre el futuro una visión contraria a las profecías del desarrollo. Muchos se reían en esta parte del mundo, ante el primitivismode este dirigente comunistaparadójicamenteeducado en Francia.

Hoy parecería que este príncipe que luego de conocer los delirios del desarrollismo en Europa decantó por un guineo, un arroyo y una sombra, tenía más razón que los economistas de Chicago, los quinquenales soviéticos o los premios Nobel.

No es poca cosa el asunto. Para mí, esa imagen bucólica, ¿ecológica?, supone una alternativa que propone que la producción no tiene/debe seguir la lógica del beneficio y la orientación del mercado. Hay una defensa de principios humanos no de intereses corporativos. Los guineos (o los plátanos) que uno puede arrancar del racimo mientras se dirige a pescar en el río para luego descansar a la sombra de un guayabo no parecen estar de acuerdo con una teoría marxista del desarrollo de las fuerzas productivas. Tampoco de una teoría o práctica capitalista pero eso ni me interesa para mi reflexión. Traduciría la imagen de esta forma: es necesario crear nuevas formas de relación productiva que permita el equilibrio entre la especie humana y la naturaleza. Hace medio siglo eso estaba planteado. No hay ahí un deseo de regresar al pasado.

 

  1. Por alguna razón la frase de Souphanouvong me recuerda a José Carlos Mariátegui. Recuerdo en mis clases cuando discutíamos los ensayos del peruano y los compañeros europeos se mostraban sorprendidos ante el indigenismomelancólico de Mariátegui. Era difícil -para un pensador obtuso que se pretende superior a partir de su lugar de origen- plantear que se trataba de un pensador para quien la nación, la peruanidad, era un concepto por crear y lo que estaba frente a sus ojos no era el futuro, sino el pasado. El imperio inca es una referencia que se tiene ante sí, el futuro no está visible, está detrás. Sin embargo, algunos amigos pensaban que Mariátegui abogaba por una vuelta al imperio Inca. Eso sería un modo de caricaturizar el trabajo del peruano. Hay más una propuesta metodológica que un plan de retorno melancólico al pasado:

 

El comunismo moderno es una cosa distinta del comunismo incaico. Esto es lo primero que necesita aprender y entender el hombre de estudio que explora el Tawantinsuyo. Uno y otro comunismo son producto de diferentes experiencias humanas. Pertenecen a distintas épocas históricas. Constituyen la elaboración de disímiles civilizaciones. La de los Incas fue una civilización agraria. La de Marx y Sorel es una civilización industrial. En aquélla, el hombre se sometía a la naturaleza. En ésta, la naturaleza se somete a veces al hombre. Es absurdo, por ende, confrontar las formas y las instituciones de uno y otro comunismo. Lo único que puede confrontarse es su incorpórea semejanza esencial y material de tiempo y espacio. Y para esta confrontación hace falta un poco de relativismo histórico .

 

Por otro lado, para alguien que en los años ’80 caminaba en Nueva York después de viajar de Madrid, o de Amsterdan, hablar del “problema indígena”tendría que ser algo “nostálgico” porque no se tenía clara la noción de que la población indígena en Perú (en el 1927, en 1988 y en el 2020) son una inmensa población mayoritaria que todavía no tiene acceso a la propiedad de los modos de producción ni a la participación en las instituciones administrativas del estado burgués. Ese tema Mariátegui lo tenía bastante claro, era un asunto que se resolvería en el futuro, era un problema económico social y serían los indios mismos los gestores de su solución.

 

  1. Juan Antonio Corretjer, publica Yerba brujaen 1957. Su primer libro, un cuarto de siglo antes, Agüeibana. El poeta cialeño transita del nacionalismo radical al socialismo. Entonces, ¿es Yerba brujaun poemario nostálgico de un escritor que mira el pasado en busca de tiempos mejores? Por supuesto que no. Lo mejor es que el lector eche mano del libro y lo disfrute. Desde el prólogo Corretjer nos explica el propósito de esta evocación: “ ¿A que, entonces, nuestra constante evocación literaria del indio y de lo indígena? ¿Resonancia a secas del romanticismo? No. Es que secretamente nos conmueve el sacrificio de los que fueron nuestros últimos paisanos realmente libres. Nuestra añoranza indiana es nostalgia de la libertad”.
    Discurso en Jayuya 30 de octubre del 1977

Tendría uno que ser malintencionado, por no escribir otra cosa más certera, si afirmara que hay en ese libro una propuesta de volver a caminar en taparrabos. Nada más lejos de la verdad. Hay en ese libro una manera hermosa de volver al asunto del respeto a la naturaleza y al balance entre la especie humana y su entorno. Y es la evocación del guerrero y la resistencia al invasor lo que prima. Pero no son estas notas crítica literaria.

 

  1. Para la misma fecha en la que leí el libro del que entresaco la cita inicial de este escrito leí Melancolía de izquierda: después de las utopías de Enzo Traverso (Galaxia Gutemberg. 2001). Traverso es un formidable historiador y ensayista. En este libro, cuya lectura disfruté muchísimo. Eso a pesar de que me parece insistir en una suerte de adhesión al fracaso de la teoría y práctica de las izquierdas. Parecería que estamos enamorados de la derrota. Esa no es la propuesta de Traverso. Su libro no es eso. Me refiero a un efecto de lectura en mí. Las referencias en el libro del italiano son muchas, Marx, Benjamin, Trotski Eisenstein, Ken Loach. Europeos, pensaba mientras leía. Eso aunque el libro está dedicado a un sociólogo brasileño. Nacionalizado francés. Pero no era cierto, también hay un agudo análisis de Cyril James. Mi memoria, sin embargo, lo piensa europeizante. ¿Mala mía?

A fin de cuentas Traverso concluía:La melancolía de izquierda no significa una nostalgia por el socialismo real y otras formas arrasadas de stalinismo () Significa memoria y conciencia de las potencialidades del pasado: una fidelidad a las promesas emancipatorias de la revolución (…) Militancia, claro está, pero también duelo: duelo y militancia. Que así sea”. Bien, hay unas promesas emancipatorias de la revolución que debemos recuperar de la memoria. Y ahora que estamos en un absurdo arresto domiciliario colectivo en el que esperamos con devoción esa caja de productos agrícolas que nos llevan a casa sin pasar por el supermercado no puedo dejar de pensar en otra escala: ¿Y si “elobjetivo fueraque cada hombrey mujer, como en otro tiempoo en el tiempo futuro, pudieratomar un plátano de cualquier árbol, pescar en todo arroyo, descansar a la sombra de cualquier matorral” como dijoSouphanouvong, allá en Laos,  en el lejano 1968?

 

  1. Solo quería hacer constar en estas líneas que garabateo, que mientras trato de buscar un espacio en el que sea posible pensar con sosiego, encuentro textos que me llevan a concluir en que nos han acusado de nostálgicos o de primitivos cuando en realidad, hemos buscado el modo en el que nuestras realidades concretas y nuestras historias nos permitan acceder al futuro. Pero no se mira al pasado, allá atrás. El pasado está frente a nuestros ojos, aquí al frente, al alcance de las manos -y los ojos- presentando sus lecciones a partir de prácticas. Lo que está detrás es el futuro, eso que queremos e imaginamos que esperamos se convierta en ejercicio del presente para cambiar el mundo.

1.La destrucción de una esperanza. Manuel Sacristán y la Primavera de Praga: lecciones de una derrota. Salvador López Arnal. Akal. 2010.

Guanín

Porque me pusiste al pecho

este guanín relumbrante,

he de andar, el hacha en mano,

y la muerte por delante.

Mano que unciste a mi cuello

el guanín del batallar:

con mi cemí, con mi flecha,

¡conmigo te enterrarán!

 

Pictografía

Caía un sol todo Borinquen sobre

mi frente descubierta.

Yo me acerqué en silencio, conmovido,

hasta esa hipnosis que grabó una estrella,

no sé en que ardiente areyto de presagio,

para que esta mañana se leyera.

-Recoge tu destino, borincano,

en esta luz que se ha tornado pétrea.

Ni sol, ni lluvia; ni traición, ni nada,