Un vampiro cuarentón: Relectura de una novela de Luis Zapata

 

Por Efrain Barradas/Especial para En Rojo

Hace cuarenta años apareció una novela en México que causó gran revuelo. Se trataba de El vampiro de la Colonia Roma: las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García de Luis Zapata (México, 1951), obra que obtuvo el Premio Juan Grijalbo de Novela del 1978, el año anterior a su publicación. La historia de su recepción inicial, historia que Michael K. Schuessler reconstruye en el prólogo a la edición conmemorativa de los cuarenta años de su publicación que acaba de aparecer (México, Debolsillo, 2019), fue controvertida. Hubo librerías que rehusaron venderla ya que decían que agredía la moral, pues la obra narra detalladamente la vida de un chichifo, un prostituto homosexual, y tiene escenas eróticas, aunque ninguna pornográficas. Entre las librerías que boicotearon la novela se destacaron las de los populares restaurante Sanborns. En la novela hay pasajes donde se describe la actividad de homosexuales en los baños de estos restaurantes. Quizás, a ello se debió ese boicot, aunque las librerías insistía que no vendían el libro por principios morales. Pero, a pesar de ese primer rechazo, la obra se convirtió en un éxito editorial y ya es parte del canon literario mexicano.

Conseguí años ha y en la lejana Boston una copia de El vampiro…. Era la segunda edición, que apareció el mismo año de la edición príncipe, y que anunciaba orgullosamente en la portada que ya se habían vendido diez mil ejemplares de esta. No sé cuántas ediciones ha tenido la novela – son múltiples, muchísimas –, pero ahora se celebran los cuarenta años de su aparición y en la portadilla de esta edición aparece orgullosamente las palabras “Best Seller”. Lo es; lo ha sido. Lo que, entre otras razones justifica esta edición conmemorativa que trae un prólogo de Schuessler y un epílogo de Julián Herbert, ambos textos de gran mérito y que sirven para entender cómo, a pesar de la primera reacción pacata o de falso moralismo o de pura hipocresía, la novela es ya parte del canon de las letras mexicanas; es ahora un clásico que hay que colocar también en el amplio contexto de las letras latinoamericanas. Como muy acertadamente apunta Herbert, esta obra de Zapata hay que leerla en el contexto del “pop neobarroco latinoamericano producido por autores como Guillermo Cabrera Infante, Manuel Puig, Néstor Perlongher, Luis Rafael Sánchez, Andrés Caicedo y Severo Sarduy…” (188). La obra que parecía en 1979 disonante y provocadora es hoy, cuarenta años más tarde, una pieza canónica, un clásico y, sobre todo, una novela todavía relevante e importante, por su estructura innovadora y por su contenido. Por ello mismo es que la releí en esta nueva edición conmemorativa, tras haberla leído casi en el momento mismo de aparición. Hay que hacerlo para entender por qué ese vampiro, hoy ya cuarentón, todavía está vivo, lleno de vitalidad y aún ofrece lecciones de importancia.

Víctor Federico Torres, estudioso boricua de la narrativa gay mexicana, llama la novela un “relato autobiográfico, seudotestimonial” (“Del escarnio a la celebración: Prosa mexicana del siglo XX”. En: Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán (comps.), México se escribe con J, México, Editorial Planta, 2010, 92). Así es porque la obra, según confirma Schuessler en el prólogo a la nueva edición, se basa en largas entrevistas que Zapata le hizo a Osiris Pérez Castañeda, un prostituto homosexual, un chichifo notorio en la capital mexicana durante las décadas de 1960 y 1970.

Apunto dos fechas anteriores a la aparición de esta obra de Zapata para postular el impacto de la novela testimonio en El vampiro…: en 1966 apareció Autobiografía de un cimarrón de Miguel Barnet y en 1969, Hasta no verte, Jesús mío de Elena Poniatowska. Estas dos obras marcaron y popularizaron el género de la novela testimonio. Zapata escribió su obra unos pocos años después impactado por el éxito de ese género; la estructura misma de su obra, estructura que intenta reproducir una entrevista, así lo confirma. Pero no podemos definir El vampiro… como novela testimonio ya que, aunque tiene rasgos que la emparenta a ese género – hasta los capítulos se llaman cinta y se refieren, al así hacerlo, a la grabación de las entrevistas a Osiris Pérez – la obra es, en verdad, una novela neopicaresca. Por ello, Víctor Torres tiene razón al llamarla “seudotestimonial”. Por ello también Osiris Pérez se transforma en la obra en Adonis García y no podemos decir que todo lo narrado en esta haya sido efectivamente vivencias del chichifo entrevistado. Pero no por ello el impacto de la novela testimonio es descartable; este nos ayuda a entender mejor el texto.

El vampiro…, eso sí, cabe perfectamente bien en el género de la picaresca, aunque introduce en el mismo un nuevo elemento: la cultura gay, específicamente la mexicana, que en ese momento comenzaba a manifestarse con fuerzas dadas las nuevas circunstancias históricas, mexicanas y globales, que favorecían el destape y la manifestación pública de esa sexualidad que hasta entonces casi ni se atrevía a pronunciar su nombre. De la misma forma que Reyes Coll Tellechea ha estudiado los cambios que afectaron al género picaresco en España la introducción de mujeres como personajes principales – véase su excelente libro Contra las normas: las pícaras españolas (1605-1632) (Madrid, Ediciones del Orto, 20105) – habrá que investigar lo qué pasó con este género cuando un homosexual es el pícaro, el protagonista. ¿Se crea así una picaresca gay? Cabe, obvia y necesariamente, hacerse esta pregunta. Pero la respuesta amerita un estudio detallado. Por el momento sólo podemos apuntar que la trama de El vampiro…, en términos generales, sigue perfectamente bien los parámetros del género picaresco clásico o tradicional: se narra la vida, llena de aventuras, muchas veces jocosas, de un joven homosexual mexicano que rompe con las normas sociales establecidas y aceptadas.

Cada capítulo abre con una cita de un texto que afirma y confirma la relación de la novela de Zapata con la picaresca clásica. Por ello, hay epígrafes de El Lazarillo de Tormes, de La pícara Justina, del Buscón y del Guzmán de Alfarache, clásicos españoles del género. Esas referencias al canon peninsular se combina con otras de clásicos mexicanos también impactados por la picaresca; aparecen así citas a Fernández de Lizardi, a Federico Gamboa, a José Rubén Romero. Esa mezcla de piezas canónicas españolas y mexicanas sirve para entender los objetivos de Zapata: acriollar la herencia picaresca y también presentarla desde una perspectiva gay.

Esto a la vez queda confirmado con un dato de la trama: el padre del protagonista es un refugiado de la Guerra Civil Española. Aunque los estudiosos de El vampiro…apuntan que Osiris Pérez efectivamente fue hijo de refugiados españoles, en término de la narración, el dato es poco relevante o tiene poca o mínima repercusión en la estructura y la trama de la novela. Por ello veo mejor y más acertadamente ese dato como otro que apunta a que Zapata reconoce la paternidad española del género narrativo que emplea; más que los orígenes étnicos del protagonista, el dato hace referencia a los orígenes genéricos del texto. La biografía del modelo o inspiración de la novela no elimina la posibilidad de esta otra interpretación del hecho. Pero, sea como sea, no cabe duda de que Zapata encuadra plenamente su obra en el contexto de la picaresca, aunque introduce cambios e innovaciones en el mismo. Por ello en su epílogo Herbert habla de “la hibridación y actualización de géneros literarios tradicionales” (188) en la novela. Por ello la considero una obra neopicaresca impactada por la novela testimonio.

Esas son algunas de las contribuciones formales de El vampiro…. Pero sus méritos van mucho más allá de estas, las que de por sí hacen del texto uno de valor e importancia. Para mí la gran contribución de la obra fue traer a la discusión pública en México una visión de la homosexualidad que rompe con la imagen negativa que esa sociedad y hasta los mismos homosexuales mexicanos aceptaban. Esa visión es básicamente dicotómica y enfrenta al homosexual con el heterosexual, para degradarlo, pues uno se ve como la única norma aceptable y el otro como la degeneración. Zapata, a través de su personaje, rompe con esa visión ya que Adonis tiene plena conciencia del problema de aceptar esa peligrosa visión. Cuando este rememora a otro homosexual que se enamoró de él hace clara esa división entre una loca tradicional y un homosexual que se acepta a sí mismo como tal; Adonis es un hombre gay que tiene conciencia de serlo y se ve en términos positivos:

ya ves la mentalidad de las locas bueno de algunas locas o sea piensan que pueden encontrar un tipo que no gustándole los hombres se acuesten con ellos ¿ves? Por eso te digo que algunas locas están de atar (60)

Adonis tiene muy clara su imagen de la loca (un homosexual que acepta la dicotomía homosexual/heterosexual) y la de un hombre gay (un homosexual que se acepta a sí mismo como homosexual y que rechaza esa dicotomía). Adonis, como si hubiera leído el famoso informe del Dr. Kinsey de 1948, postula una fluidez en la sexualidad del mexicano: “¿quién es totalmente buga? Nadie ¿verdad?” (49) (Ojo: un “buga” en el lenguaje popular mexicano es un heterosexual.)

En la novela el ser homosexual no está definido por lo que tradicionalmente se llama ser activo o pasivo. Adonis es esencialmente activo, pero está plenamente consciente de que le gustan los hombres: “tú puedes ser homosexual porque te gustan los chavos no porque quieras ser mujer” (174). Hay que recordar que en el contexto mexicano del 1979 estas afirmaciones, que hoy pueden parecer triviales, hasta baladíes, eran reveladoras y muy relevantes. Quizás hoy parezcan demasiado obvias, aunque no creo que lo sean del todo. Es que El vampiro… tiene aún mucho que ofrecer, mucho que enseñarnos. Pero, al así hacerlo, la novela no adopta una posición de rigidez didáctica. Su enseñanza muchas veces se ofrece de manera cómica, como lo hace la picaresca tradicional. Por ejemplo el pasaje donde se narra como Adonis intenta ser pasivo está escrito de manera jocosa y, por ello mismo, es más efectivo que si adoptara una intención tradicional y rígidamente didáctica. Es que, como la novela prueba, el humor también puede ser una excelente herramienta pedagógica.

Para mí otra de las grandes contribuciones de El vampiro… es el excelente y amplio mapa que va construyendo de la Ciudad de México. Adonis se desplaza por la metrópoli y va creando, al así hacerlo, un cuadro muy preciso de esta: el monumento del Ángel, la Zona Rosa, la esquina de Niza y Reforma, la colonia Roma donde vive por algún tiempo, el Centro Histórico, el Parque Hundido, los múltiples restaurantes Sanborns, los diversos cines donde va a ligar y otras partes de la ciudad aparecen en la novela, con tanta frecuencia que esta se puede ver como uno de sus personajes principales.

Pero la obra también tiene ciertos problemas formales. Por ejemplo, hay inconsistencias en la presentación de la oralidad de Adonis y hay pasajes de cierta inverosimilitud ya que podemos ver la intervención del autor implícito en el discurso de la voz narrativa. (¿Es verosímil que un chichifo con poca educación formal hable de “cenicienta tercermundista” o de “fiestas babilónicas”?) En algunas de sus obras, particularmente en La guaracha del Macho Camacho, Luis Rafael Sánchez establece un discurso híbrido entre la voz culta de autor implícito y la de la voz narrativa del personaje popular. Pero lo logra porque claramente rompe con el sentido de verosimilitud realista, lo que Zapata no hace y, por ello, unos pocos pasajes de su novela resultan poco verosímiles.

Además, El vampiro… no se soluciona la discontinuidad narrativa que hay al final de la novela ya que el penúltimo capítulo nos presenta a Adonis enfermo, casi al borde de la muerte, y en el capítulo final el personaje, sin explicación alguna que justifique el cambio, se olvida de esa situación y presenta su filosofía de vida sin aclarar la trama que conduce a ese desenlace. A pesar de ello y a pesar de la ausencia de puntuación, de letras mayúsculas, y la presencia de espacios en el texto que marcan pausas orales, el flujo narrativo es impecable y desde las primeras páginas los lectores quedamos atrapados por la voz narrativa de Adonis que, como pícaro ejemplar, va presentando de forma amena su vida.

Pero quizás la lección principal que Adonis García nos ofrece no sea aclarar y confirmar su autoimagen como hombre gay y, al hacerlo, iluminar todo un campo de nuestra sexualidad, sino ofrecer una visión optimista y hasta hedonista de la vida:

Me di cuenta o a lo mejor eso fue después de que la vida vale únicamente por los placeres que te puede dar que todo lo demás son pendejadas y que si uno no es feliz es por pendejo (53)

A los cuarenta años de su aparición El vampiro…, ahora que es una obra establecida, canónica, clásica y, quizás por ello mismo, sea un texto aún relevante, tiene mucho que decirnos y enseñarnos. Este vampiro cuarentón todavía está lleno de humor, vitalidad y sabiduría. Vale la pena releer esta novela o leerla por vez primera si aún no se ha leído.               

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