¿Una tercera mujer en la vida del Dr. Betances?

 

Por Paul Estrade / Especial para En Rojo

Hace unos años, Claridad, como siempre dispuesto a propulsar la figura y el ideario de Ramón Emeterio Betances, abrió sus columnas al incansable historiador Félix Ojeda Reyes para que éste informara y reflexionara sobre un tema algo marginal en la investigación betanciana. Félix examinó de manera sensible y novísima la personalidad controvertida y el papel real de “la otra mujer en la vida del Dr. Betances”.1

Sinteticemos con sus propias palabras su pensamiento al respecto: “La mujer que acapara la vida sentimental de Ramón Emeterio Betances siempre fue María del Carmen Henry.2 […] Pero hubo otra mujer, la que fue su esposa y estuvo casada con él durante 35 años. Una mujer que le siguió al exilio, víctima de la represión del coloniaje, toleró largas ausencias y fue lo suficiente valerosa para convertirse en auxiliar de sus proyectos sediciosos”. Simplicia Jiménez Carlo fue esa mujer patriótica rehabilitada por Félix.3

Ahora, al recordar que el matrimonio Betances / Jiménez no tuvo hijos, el escrupuloso amigo escribe: “Sabemos, sin embargo, de una hija adoptiva llamada Magdalena Caraguel. Lamentablemente, es muy poca la información acumulada a tales efectos”. 

Nos proponemos aclarar hoy en lo que podamos este enigmático punto biográfico.

El nombre de la señorita Madeleine Caraguel no asoma en los escritos de Betances sino en el último de cuantos se conservan de él. Aparece –por sorpresa, hay que confesarlo– en los incisos 1°, 3° y 13° de su testamento redactado en Neuilly el 8 de agosto de 1898, un mes antes de su defunción. Sorpresivamente, porque nunca, ni Betances ni nadie había mencionado la existencia de dicha persona entre sus deudos ni siquiera entre sus conocidos. Además, el primer testamento del doctor, hecho en París el 16 de noviembre de 1895, hacía caso omiso de la misma.4 Madeleine irrumpe pues en el documento del 8 de agosto de 1898, tildada por el firmante de “hija adoptiva”, como queda señalado por Félix Ojeda Reyes.

El donante no es nada parco con ella. Por el inciso 1° dispone que “se reintegre a la señorita Magdalena Caraguel los diez mil francos que ella pagó” por una póliza de seguros. Por el inciso 3° le lega “las obras de Voltaire y de J. J. Rousseau que están en mi escritorio”. El inciso 13 especifica que “todos los objetos de terracota que están en mi escritorio deben ser entregados a la señorita Caraguel”. 

¿Quién será esa Madeleine Caraguel para beneficiarse de repente del agradecimiento especial del “anciano maravilloso”, próximo a desaparecer? ¿Qué se sabe hoy de su vida y de sus relaciones con Betances, lo que ayer se ignoraba?5

En fecha y circunstancias del todo opacas, pero en París probablemente, se conocieron el doctor en medicina Ramón Emeterio Betances y el periodista y literato Clément Caraguel. Éste le llevaba más de diez años a aquél. Jean François Clément – llamado Clément – había nacido en el suroeste de Francia en 1816.6 Se había trasladado a París, donde en 1848 empezó una brillante carrera en el satírico Charivari en el que escribía a diario con ligereza y gracia. A partir de 1865 y hasta su muerte,7 pasó a ser un redactor apreciado del Journal des Débats. Son dos periódicos que cuentan en la historia de la prensa. Los artículos de Caraguel revelan sutileza y elegancia formal, liberalismo y firmeza republicana. El taller del famoso Nadar dejó una fotografía de él.

Clément Caraguel casó el 5 de noviembre de 1857 en Mazamet con una sobrina que llevaba el mismo apellido, Rosalie Héloïse Léontine Caraguel, llamada Léontine.8 La pareja se asentó en las afueras inmediatas de París, en Levallois, una ciudad colindante con la de Neuilly.9 Allí nacieron sus dos hijas, Madeleine, el 27 de noviembre de 1858,10 y Lucile, el 9 de enero de 1860. A los cinco días de dar a luz, Léontine moría de parto. Al parecer Clément no volvió a casarse, criando solo a las niñas.

El 22 de noviembre de 1882 fallecía a su vez Clément Caraguel, quien residía entonces en París a unas cuadras de la casa del doctor Betances, en el n°30 de la calle La Bruyère. Su muerte dejó desamparadas a Madeleine y Lucile, huérfanas de madre desde la niñez y ahora de padre. Por suerte la mayor tenía ya 24 años y su hermana menor, casi 23. Es posible pero no cierto que conviviesen entonces con su padre. Con esa duda empiezan las conjeturas, a la par que la vida de ambas empieza a relacionarse con la de Betances de forma documentada.

Una fuente privada, entre las que se ensañaron en el comportamiento de Simplicia Jiménez, la esposa de Betances, e insistieron en los celos, echó de paso una luz sobre “los amores platónicos de Betances y Magdalena, una muchacha parisién”.11 Según esa fuente, al desaparecer un amigo (no nombrado) de Betances, éste se encargó de la educación de la hija mayor del difunto. La confió primero a un colegio de señoritas y la recogió luego en su propia casa de la calle de Châteaudun, hospedando también a la otra hija. Magdalena pasó a trabajar allí de secretaria particular del doctor. No precisa la informante si fue para auxiliarle en el consultorio o en la correspondencia. Un día, según ese mismo testimonio, estando enfermo y guardando cama el doctor, y cuidándole Magdalena, Simplicia entró bruscamente en el cuarto, y a gritos y puñetazos expulsó acto seguido a la joven, acusándola de besar al doctor. Como consecuencia del incidente, para calmar el furor de Simplicia, Betances tuvo que despedir a las dos muchachas. Según concluye el relato, nunca Madeleine quiso casarse, teniendo al hombre que quería por “un imposible”. 

De no ser un invento novelesco, esa escena debió ocurrir allá por 1883-84. Ignoramos lo que fue entonces de Magdalena, hasta que su nombre figurase en el último testamento del doctor (8 de agosto de 1898) y hasta que, en persona, ella se presenta el 15 de marzo de 1899 a cobrar la suma heredada.12 Declara ser soltera, no desempeñar oficio y vivir en Levallois-Perret, en el n°13 bis de la calle Chevalier.

Pero si de ella nada se sabe hasta las fechas apuntadas, el examen de los registros del estado civil de París revela que su hermana Lucile vive primero en el distrito 9 (el mismo que Betances), donde se casa el 6 de enero de 1885 con Adolphe Nestler; y después en el distrito 8 donde da a luz a un hijo nacido el 28 de septiembre de 1886. Al pie de ambas piezas viene la firma de Betances, como testigo, prueba suficiente de la cercanía entre la familia Caraguel y el doctor, y por lo menos entre éste y Lucile. A Lucile se le puede seguir más o menos la trayectoria, mientras quedan borradas las huellas de quién nos interesa en particular, Madeleine, esa supuesta tercera mujer en la vida del doctor Betances. No sabemos cómo vivió y no tenemos fotografía de ella. Hace falta regresar al testamento de marras para tratar de asir algo concreto que sugiera alguna pista.

En el testamento de 1895 Betances dejaba todas o casi todas sus pertenencias a su mujer Simplicia. En el testamento de 1898 no hay cambio esencial, ya que a Simplicia debe ser entregado, cuando él muera –se sabe condenado a breve plazo–, cuanto posee. Pero el testador introduce unas ligeras modificaciones y añadiduras, que se explicarán tanto por la oportunidad de subsanar algún que otro olvido como por la voluntad de agradecer a determinadas personas que le han atendido y mostrado afecto en los últimos tiempos dificilísimos de su existencia. Suponemos que la confianza depositada en José T. Silva, hecho su albacea, y los objetos obsequiados a los doctores Lévy y Talamon, y a los amigos Ventura y Millet traducen una vivísima reacción de gratitud de su parte para con ellos. Pero ¿en qué circunstancias y con qué título Madeleine Caraguel toma asiento en el segundo y definitivo documento notarial, cuando Lucile que doce años atrás le era muy próxima está ausente del mismo? 

Nadie entre quienes estuvieron asiduos al lado de Betances en julio-agosto de 1898 ha evocado la presencia de Madeleine en torno al patriarca exhausto. Lo que tampoco prueba que ella no le haya visitado. El problema es que el doctor llama a Magdalena “mi hija adoptiva”, y sin usar las comillas. Si ella era su hija adoptiva en 1898 es de presumir que ya lo era en 1895. Pero en 1895 él no se acordó de ella, ni siquiera en el párrafo donde declaraba poseer un seguro de vida de 50 000 francos que debían ser entregados a su esposa. Observemos también que Betances dijo “mi hija adoptiva” y no “nuestra hija adoptiva”, y que Simplicia nunca mencionó a esa adopción en las cartas y declaraciones que hizo después de 1898. 

A la hora de interpretar esa serie de misterios tardíos, surgen dos posibilidades. 

O bien Ramón Emeterio había sido escogido como padrino de Madeleine a finales de 1858 o principios de 1859; una posibilidad compatible con su conocida tolerancia religiosa13 y compatible con su presencia en París. Entonces es cuando llegaba su novia Carmelita Henry a reunirse con él. Pero ignoramos si entonces eran íntimos Betances y Caraguel. De ser así la historia, con la muerte de la madre de Madeleine y luego con la de su padre, la “ahijada” de Betances se habría convertido de hecho en su “hija adoptiva” en 1882. Y muy lógicamente, teniéndola por tal, Betances la habría cobijado en su casa y favorecido en su testamento. Pero no continuemos porque no fue así la historia. El acta de bautismo de Madeleine evidencia que el padrino fue su abuelo paterno Jean-Pierre Caraguel y la madrina, Victorine Caraguel, su abuela materna.14 Además cuando Madeleine viene a recoger lo estipulado en el testamento, la administración la considera sin parentesco alguno con el testador.15 Queda confirmado que, según la ley, Magdalena no era oficialmente hija adoptiva del doctor Betances.

O bien la vida de Ramón Emeterio encubre un secreto femenino. Detrás de la llamada hija adoptiva, ¿no habrá acaso una amiguita? Regresemos a esa gruesa suma de 50 000 francos que el doctor tenía depositada en la compañía de seguros “Les Assurances Générales” de la vecina calle de Richelieu. ¿Cuál es el origen y cuáles son los beneficiarios de esa póliza de seguro de vida? Hay tres versiones contradictorias al respecto.

El 16 de noviembre de 1895, Betances asegura que él mismo ha depositado los 50 000 francos “que le pertenecen” a su señora. El 8 de agosto de 1898, pide que después de cobrada dicha suma, “se reintegre a la señorita Magdalena Caraguel los diez mil francos que ella pagó por la póliza, según consta en la liquidación. El resto, 40 000 francos, serán entregados a mi esposa”. El 15 de marzo de 1899, Madeleine certifica que “ella es beneficiaria de una suma de diez mil francos, monto del seguro de vida contratado en su favor por el difunto ante la Compañía de las ‘Assurances Générales’, según póliza del 9 de junio de 1881, n° 122 950”.16 ¿Dónde estribará la verdad? ¿No quiso Betances esconder algo? 

Puesto que no coinciden, resultan sospechosas las afirmaciones traídas arriba. ¿Cómo será posible que Madeleine haya podido adelantar 10 000 francos al doctor –¿en qué contexto y con qué propósito?– cuando ella era jovencita, sin formación ni dinero, y cuando él disfrutaba en París de años prósperos en su oficio de médico? Pero, admitamos que ocurriera al revés, que por una razón equis Betances tuviera que fingir que recibía dinero prestado de su hija adoptiva cuando en realidad él se lo regalaba discretamente a ella, ¿cómo será posible que ese arreglo se firmara el 9 de junio de 1881, año y medio antes de la muerte de Clément Caraguel quien cubría entonces las necesidades de sus hijas? ¿Medida premonitoria? ¿Gesto de compasión por la mayor, y únicamente por ella? ¿Prenda de afecto y cariño especial por la misma? No nos atreveremos a zanjar.

A partir de aquí, que el soñador suelte la rienda de su imaginación si se le antoja, pero ante todo que investigue más el historiador. Faltan aún demasiados elementos biográficos para que uno pueda adentrarse y aventurarse más por la senda de aquella posible tercera mujer en la vida sentimental del doctor Betances.