Vagones

Por Rima Brusi/Especial para En Rojo

 

A veces, en momentos de oscuridad, me pongo a pensar en los vagones. 

No soy la única. Creo que la primera vez que nuestra oscuridad colectiva –ese conjunto de entendidos culturales, algunos más rígidos, otros en progreso, que se nos aloja bajo las costillas cuando sentimos el fondo– se fijó en los vagones no solo como evento, sino como símbolo, fue durante la crisis de espacio que se dio en muchas escuelas en el 2018. La secretaria de educación, en una decisión controversial y muy criticada, había cerrado un buen número de escuelas públicas y enviado a los estudiantes desplazados a otras escuelas cercanas. Algunas de esas escuelas “receptoras” eran lo suficientemente grandes para acomodar a los recién llegados, pero muchas no lo eran. De modo que en estas últimas comenzaron a aparecer los “salones-vagón”. 

El insulto simbólico se sumó así a la muy material afrenta. Nos cierran las escuelas, so pretexto de que no hay suficientes estudiantes, y luego resulta que sí hay y que no caben, y que hay que meterlos en vagones. El salón-vagón, (in)digno representante del engaño que es la”reforma educativa”, salón tan temporero y tan inadecuado como cualquiera de las “reformas” que han definido nuestra vida como pueblo, incluyendo la “reforma de salud” que aún nos persigue.

Los vagones en cuestión, a veces llamados vagones-módulo por la entonces secretaria Keleher y por representantes del gobierno, tal vez no hubieran resultado tan visibles, o llamado tanto la atención, si hubieran sido los únicos en la serie (los podríamos llamar vago-bofetón, vago-coloniaje, o incluso necro-vagón) que nos espetaron después del huracán. Los vagones como leif motif de la afrenta y el desengaño. Pero antes de los “vagones-escuela”, tuvimos que chuparnos los vagones repletos de provisiones no utilizadas, algunas podridas; los vagones “perdidos” por los centros de acopio de las agencias gubernamentales de y organizaciones de ese (¡tan opaco!) “tercer sector” a cargo de la recuperación post-huracán; los vagones que se convirtieron en clínicas improvisadas e insuficientes; los vagones llenos de muertos que aparecieron frente al desfalcado edificio de ciencias forenses. 

Quizás hasta comenzamos a conectarlos, simbólicamente, con los vagones que ya formaban parte de nuestro paisaje. Los vagones, por ejemplo, que le sirven de vivienda a algunas familias puertorriqueñas que viven en una pobreza inaceptable. Los vagones que los contratistas montan para venderle casas a los ciudadanos en urbanizaciones nuevas y sospechosas, vagones que prontamente desaparecen, junto con sus dueños y empleados, al terminar las ventas y comenzar las quejas y los vicios de construcción. Los vagones norteamericanos que nos traen la comida y los productos importados (es decir, casi toda nuestra comida y nuestros productos) a precios mucho más altos que los que pagan las islas vecinas y que nos obligan, por ley, a costear. 

En fin, que parecería que la historia moderna de nuestra isla se puede contar así, vagón por vagón, que los vagones son el tropo que mejor representa algunas de las facetas más trágicas, más descarnadas, de nuestra condición: la isla colonia, la isla crónicamente olvidada, la isla pobre, la isla del desastre, la isla donde los niños no cuentan y los muertos tampoco. 

Parecería además que la palabra “vagón” como metáfora, como melodía recurrente en nuestra canción triste, encierra una paradoja acertada. Parece tener al menos dos raíces: Una es el latín vacuus, que implica vacío y hueco y es parte de sustantivos como vagancia, vacación y vanidad (qué cosas, el presidente naranja, que de etimología no sabe nada pero de insultos sí, nos ha llamado “vagos” y “parejeros”). La otra es el verbo vagari, que es la semilla de palabras como vagar, divagar y vagabundo.1 

Me consuela pensar en otros vagones más luminosos, vagones que evocan nociones como “creación” y “supervivencia.” Me consuela el aroma que desprenden los vagones-cafetín, por ejemplo, o la belleza que nos regalan los vagones-mural. 

Pero en mis momentos de oscuridad, pienso que para esos seres sombríos que deciden nuestros destinos, somos una isla-vagón, vacía de poder o propósito pero llena de comida podrida, de muertos y niños desatendidos, de nómadas que no se mueven de sitio, de seres errantes y a la vez encerrados. 

1Frances Negrón-Muntaner usa una tercera, vacuum domicilium, que alude a una isla colonizable en tanto descrita y percibida como “vacante”.