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Verde es la luz

Por Ana Teresa Toro

Salgo a la noche,

temo al abismo,

pero la Noche

está azucarada de luces.

Del poemario Luz sobre Luz

de Luce López Baralt

 A la poesía hay que invocarla siempre, sobre todo cuando uno ha venido a hablar de amor. No pido perdón por ningún cliché que pueda asociarse a esta idea. El amor no precisa de explicaciones ni de disculpas, tampoco de permisos para manifestarse.

En su poemario Luz sobre Luz, la maestra de maestras Luce López Baralt, da cuenta de una experiencia mística. Se aventura al fracaso más hermoso de todos, el  intento de explicar lo inexplicable. Ella habla de la luz de la divinidad, pero incluso esa luz no sería posible de imaginar, no estaría completa, expuesta en su inmensidad, sin las concretas luces que nos rodean. No se puede olvidar jamás —aunque tantos insistan en que lo olvidemos— que hablar de luz es también —o debo decir, sobre todo— hablar de Ciencia. A su vez, pensar en la poeta nos obliga a reconocer que la verdadera Ciencia se crece y se deleita ante el misterio que es la poesía misma.

Recuerdo algunos meses después del paso del huracán María, mi esposo y yo estábamos recién casados y una de las tantas noches de calor y humedad, de mosquitos y sudores en Río Grande, Modesto me invitó románticamente a prender una vela y a ver las estrellas. Yo estaba harta y le dije que no. Que quería ver las constelaciones con la aplicación de mi celular y que después de esto no quería saber de velas, ni fogatas, ni de campamentos. Quería comida caliente y bombillas encendidas. Quería la forma de la luz que es hija del conocimiento.

De eso ha pasado ya algún tiempo y en la casa se han vuelto a encender velas, pero la reciente lectura del libro Ciencia para la insurgencia del Dr. Arturo A. Massol Deyá me permitió revisitar aquella incomodidad de la que tanto aprendimos en la calle, y tan poco aprendieron quienes nos gobiernan.

Esta obra es un libro tan histórico como urgente, un récord monumental para nuestra historia y a su vez, un testimonio escrito al ras del suelo, o mejor dicho, de todos los suelos posibles acerca de las principales luchas ambientales de estos tiempos. Si la metáfora universal nos dice que quienes claman a viva voz las verdades que nos negamos a escuchar, son una voz en el desierto, Arturo Massol Deyá es una voz en el bosque y con este libro, que es una afirmación más de su constante, sonante —y jamás disonante— compromiso con la defensa de nuestra tierra, se fortalece aún más esa voz de rama y raíz, y se convierten en objeto —en una cosa— algunos de sus más urgentes gritos. No serán efímeros jamás.

El título, Ciencia para la insurgencia, promete una reflexión que el libro cumple y excede a cabalidad a través de las 78 columnas y escritos, organizados de manera temática— que completan el libro al que se le suma además un prólogo de la escritora Vanessa Vilches Norat, quien se asegura de recordarnos que, como el libro demuestra, siempre será posible pensar la ciencia desde una mirada que la divorcie de los discursos de explotación económica y humana, a los que el capitalismo salvaje y la sucesión de gobiernos coloniales insisten en aliarla. También, nos dice Vilches Norat, que el “apostar por un Puerto Rico diseñado desde la justicia social y ambiental es la verdadera insurgencia de este volumen”. Yo estoy de acuerdo, porque es imposible leer este libro y no estarlo. Pues una realidad muy dolorosa e incómoda queda clara al leerlo, y no es que se trate de un gran descubrimiento. Es una de esas cosas que ya sabemos, que siempre hemos sabido pero que hay que repetir con la misma indignación de la primera vez: si no estamos en el lugar donde deberíamos en términos energéticos y de salud ambiental, poco o nada tiene que ver con la falta de información, sino con la decidida agenda de ignorarla.

En tiempos en los que no hay gobierno, partido, candidatura política o incluso intereses en el sector privado que no bauticen acomodaticiamente como “verde” alguna iniciativa, Massol Deyá nos invita, nos arenga incluso, a reclamar, a reapropiarnos de ese discurso pero liberado de cinismos y desde la que se ha convertido en su única vía práctica y ejecutable: la insurgencia energética. Y esa insurgencia trasciende lo discursivo, es una cuestión clara y concreta: la vemos ahí, en el callado y poderoso gesto de reclamar el sol como propio porque lo es, la vemos aquí en esta comunidad, la vemos en la historia misma de Casa Pueblo llena de ejemplos de resistencia digna e inagotable, a la hora de negarse a entregar nuestro patrimonio natural, y también, por qué no, la vemos en la poética de la escritura de Massol Deyá, un autor que siempre ha sabido que hace mucho tiempo fue también un poeta el que reclamó como nuestra la verde luz de nuestros montes y mares, y ese derecho innato a la luz, es una verdad histórica, musical y literaria, que siempre alimenta las ganas de luchar.

En el primer capítulo titulado Bosques, Agua y Gente, el autor nos lleva a su punto de partida, el bosque y nos explica con una claridad perturbadora la riqueza de nuestros recursos, su constante amenaza y su pobre protección. Al autor no le ocurre lo que le sucede a tantos líderes, que hablan de Puerto Rico desde la precariedad e indefensión. En su voz, nuestra isla es inmensamente rica, y solo desde esa férrea adjudicación de valor, es posible elaborar toda defensa.

Celebra también, la negación a proyectos ambientales insostenibles que comunidades de la Coordillera llevaron a cabo, como lo que eran en realidad, una defensa afirmativa. Porque un no al absurdo, es un sí al futuro. El tema del agua, las sequías no por falta de lluvia, sino por una planificación ineficiente y la discusión de ideas que disfrazan de poético lo que en el fondo es desvergüenza como aquella famosa siembra de nubes, nutren sus argumentos. Pero quizás, el más contundente de todos es ese en el que Massol Deyá nos advierte que “Si no armonizamos nuestra existencia con fuertes medidas de conservación y luchamos para cambiar el modelo actual de explotación ambiental; si no construimos un futuro sustentable atendiendo la pobreza y las desigualdades, la colonia, la estadidad o la independencia serán destinos sin sentido”. Que esas palabras resuenen en todo el país, todos los días.

El segundo capítulo, Isla Nena en lontananza, como canta su himno, se detiene en el crimen histórico del abandono a Vieques y en el tercero Insurrección energética revivimos columna a columna la batalla contra el gasoducto, contra las cenizas, vivimos las frustraciones que rodearon una idea extraordinaria y eficiente —el posterriqueño— y celebramos la marcha al sol, la que se hace aquí, la simbólica, pero también la de todos los días, la de las personas que poco a poco han logrado desprenderse de la red, independizarse, vivir una pequeña revolución cada vez que encienden una luz o beben un poco de agua fría. Ya advertía García Márquez que en el Caribe el hielo es la gran cosa, y a juzgar por esta experiencia comunitaria de insurgencia energética, la nevera merecería unas cuantas líneas en la literatura. Nadie se preocupe, de eso ya se ha ocupado este libro, como se ha ocupado también de mostrar el camino y la ruta para que entendamos por fin que —como dice el autor— “quien genera energía se puede autogobernar”.

En esa misma línea, mención aparte merece el texto Insurrección energética: energía propia para un país propio, una ponencia que el autor presentó en Barranquitas invitado por la Fundación Luis Muñoz Marín el 14 de junio de 2019. Recuerdo haber estado allí, y recuerdo la valentía de argumentar ante esta institución —que en justicia habría que decir ha querido abrirse a otras visiones de país— que poco podremos hacer, si la desposesión es la política pública que ha imperado por tanto tiempo.

El libro continúa con los capítulos Vida pos huracán María y Siempre te quieres ir, en los que el núcleo familiar y amoroso del autor entra y sale en viñetas, dándole un carácter íntimo a esta voz tan colectiva. Massol Deyá habla de los problemas de todos y todas, pero es un hombre el que habla, un hombre que ama a una María un poco menos huracanada que la que nos rompió, que añora a una hija y ama profundamente a sus padres, a sus hijas, a su familia toda, a la tierra, y al nosotros que invocamos cuando decimos Puerto Rico.

El autor además mira fuera del país, viaja y compara experiencias en Bolivia, Brasil, Cuba, Guatemala, Venezuela y Panamá, entre otros destinos. Nos muestra el modo en que esto que vivimos de manera tan personal, es también un asunto global. Y lo hace sin permitirnos olvidar que el sesgo colonial, particulariza nuestra experiencia y no hay generalizaciones que nos hagan justicia en este y tantos otros temas.

Culmina el libro con dos capítulos titulados Más ciencias y Otras Con-Ciencias en los que el autor trae esta historia de lucha al contexto de la presidencia de Trump y del trumpismo mismo, como la manifestación más predecible de la era del capitalismo salvaje. Entonces, nos advierte acerca de los peligros de ignorar la ciencia, sin saber que apenas unos días más tarde, unos meses, unos instantes, cada una de sus advertencias se confirmarían en la forma de desastres naturales, políticos y ahora de una pandemia. Leyendo esto me preguntaba si a veces Arturo no se sentirá como aquel hombre del grabado de Goya, rodeado de los monstruos que produce el sueño de la razón. Ojalá que no. Pues para él la razón no duerme, pero parece que en el gobierno regalan somníferos cada cuatro años.

A su vez, en estos textos finales, hay instantes de belleza y gozo, porque si algo deja claro este libro es precisamente eso, la certeza de que en medio de tanto golpe, amenaza, persecución, desdén, inequidad, violencias, agendas malsanas y sí, de maldad también, es posible habitar un estado de plenitud y felicidad. Es posible conocer el amor y emocionarse, como si fuera la primera vez que se aprende, al describir el resplandor de una crisálida. Es posible llorar a nuestros muertos en dolor, pero también en serenidad y paz, y es posible finalizar este libro en un estado de absoluta esperanza porque hay Ciencia y hay suficiente amor para practicarla y para defenderla de las fuerzas que, en su nombre, le apuestan a cualquier cosa menos a la luz.

Como Arturo yo soy animal del monte, soy aiboniteña y no necesito de los cinismos del estado para hacer poesía con las nubes. Desde pequeña camino entre ellas al atravesar la ruta panorámica a las seis de la mañana. Y como Arturo me he juntado con un animal de costa, un playero irredento, un hombre que como Mari le dice a él, me insiste a mí: vayamos más a la playa.

Y yo solo quiero perseguir pollos, recoger huevos, echarle agua a la albahaca, podar la rosa, trepar monte y montar a caballo y él solo quiere que no me dé tanta insolación, ni me espante cuando el nene se revuelca en la arena tan felizmente. En ese balance habitamos, en ese balance hemos construido un hogar. Y no encuentro mejor manera de acabar este texto, este homenaje de palabras a las palabras que este libro contiene, que apostándole a esos balances, a la pequeña república que es cada hogar cuando el amor se abandera.

Pienso en esto y otra vez estoy hablando de la luz. Lo pienso y recuerdo a los cucubanos de mi niñez, o la primera vez que me di un chapuzón nocturno en la bahía bioluminiscente y mis brazos brillaron como si yo estuviese también echa de luz. Aquí le llaman cucubanos a las casas que ya han comenzado esa necesaria transición a la independencia energética. Entonces, el final de este texto es el principio que he estado buscando, es la memoria, es recordar que la luz del cucubano es verde porque verde siempre ha sido y será nuestra luz.

Presentación del libro Ciencia para la insurgencia, en Casa Pueblo, Adjuntas de Arturo Massol Deyá, ediciones Callejón. De venta en la CLARITIENDA.

 

 

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