Vigencia,presencia y voluntad de Abelardo Díaz Alfaro

 

Por Marcelino J. Canino Salgado

A principios de la década de los’ 40 Luis Muñoz Marín decidió apartarse de la prédica independentista, señalando, entre otras razones, que el campesinado puertorriqueño la rechazaba, fundamentalmente porque le temía . 

Unos años antes, en 1936, las hostilidades entre el General Blanton Winship y el Partido Nacionalista condujo a sangrientos y deplorables sucesos. El 23 de febrero de ese año el Coronel E. Francis Riggs fue ultimado por dos jóvenes nacionalistas: Hiram Rosado y Elías Beauchamp.

La policía tomó la justicia en sus manos y asesinó a los referidos jóvenes. Estos hechos, así como los reclamos de justicia y objetividad por parte de Muñoz le fueron cerrando las puertas en Washington. Los conflictos seudodiplomáticos y políticos alcanzaron su punto más álgido cuando el Senador demócrata por Maryland, Millard S. Tydings, e1 23 de abril de 1936, en represalia por el asesinato de su amigo y protegido: el Coronel Riggs, presentó un proyecto legislativo donde se proponía un plebiscito para conceder la independencia a Puerto Rico .

Se imaginarán ustedes la reacción desesperada de los “pitiyanquis e incondicionales” de los norteamericanos en Puerto Rico. Cundió el pánico. El historiador Carlos R. Zapata Oliveras (Nuevos caminos hacia viejos objetivos: Estados Unidos y el establecimiento del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, 1945-1953, Río Piedras, Edil, 1981) afirma que en realidad el Departamento del Interior de E.U. no deseaba “otorgarle la independencia a los puertorriqueños, sino propinarles un gran susto, mostrándole las nefastas consecuencias que caerían sobre ellos con el establecimiento de dicho status político. Si querían sobrevivir económicamente, no tendrían otra opción que optar por lo que existía” .

Lo cierto es que e1 proyecto Tydings se convirtió en el “cuco” de los incondicionales y los hacendados absentistas quienes, se lucraban ampliamente del “status quo”, estos, además, se encargaban de asustar e intimidar más aún a los endebles y explotados campesinos de los campos de Puerto Rico. Se aduce que el proyecto Tydings convulsionó al país y que, por otro lado, provocó la expulsión de Muñoz del Partido Liberal-que no lo era tanto-.

Al reflexionar sobre la situación económica y el destino político de Puerto Rico, Muñoz decidió fundar el Partido Popular Democrático bajo la consigna de “Pan, Tierra y Libertad”. El poeta-político se encontraba ante la gran encrucijada de decidir entre la independencia política favorecida por los líderes de base del partido, pero despreciada por el campesinado; o, encaminarse a conseguir reformas y programas de justicia social para beneficio de las c1ases marginadas.

Muchos de los intelectuales que militaban desde su fundación en el nuevo Partido Popular, y que veían en el Vate la figura del libertador de la Patria, se sintieron defraudados; aunque por otro lado veían con buenos ojos la necesidad urgente de la depauperización de los campesinos -casi todos trabajadores agrícolas, víctimas de la explotación y el absentismo económico de los magnates extranjeros y sus a1cahuetes, acólitos y lacayos del solar.

La decisión de Muñoz no creó grandes disensiones en el P.P.D., y muchos de los líderes de base, como sus más allegados, callaron, “pero sin otorgar en sus consciencias”, pues tenían la esperanza de que “en el momento menos pensado Muñoz volveria a sus motivaciones ideológicas originarias y conseguiría la independencia para Puerto Rico” . Entrada la década de los’ 50 y después de la revuelta de los nacionalistas, aquellas esperanzas comenzaron a desvanecerse y, muchos de los intelectuales de entonces -por 1o menos los afiliados al P.P.D.- se refugiaron en la creación literaria que evocaba los ánimos telúricos y patrióticos de la llamada Generación del Treinta. Estos nuevos escritores resultaban más iconoclastas y menos hispanófilos, no empece a la acendrada defensa que todos hacían del vernáculo.

Abelardo Díaz Alfaro, fue uno de tantos intelectuales puertorriqueños que, bajo la egida de la Emisora del gobierno WIPR y su Escuela del aire, así como de la División de educación a la comunidad, se dedicó a mantener viva la llama del amor al terruño borinqueño, a sus hombres y mujeres, al campo, a nuestras tradiciones y costumbres; a todo ese “ethos” cultural que llamamos puertorriqueñidad.

Oficialmente, el fin de la emisora era de naturaleza educativo y recreativo. Tal como hacían los escritores costumbristas decimonónicos: educar divirtiendo. Por eso en esta literatura hay tanta evocación al pasado finisecular; un amor vicario al pasado trasmitido por sus padres, abuelos y por la literatura pequeño burguesa del novecientos. Muchas veces, para tranquilizar la conciencia patriótica -que reclamaba el retorno al ideal primigenio, Abelardo Díaz Alfaro, como Francisco Arriví, Méndez Ballester y Rene Marqués, acudían a la ironía “monda y lironda”, a la crítica retórica y velada; y, a veces, a la nostalgia de un tiempo pasado que, con perdón de ellos, “siempre fue peor”. Esta afirmación no necesariamente es un vitoreo y aplauso a la modernidad ni al presentismo. Nuestras condición colonial-la única colonia que queda en el mundo- nos obliga al conocimiento de nuestro devenir histórico, para así situarnos en la correcta perspectiva y afirmar la voluntad del juicio socialmente responsable y comprometido con las más nobles valores altruistas y humanitarios.

Abelardo Díaz Alfaro es esencialmente un narrador maestro del estilo pictórico y del equilibrio en los periodos rítmicos y sintácticos de su prosa. Publicó dos libros: Terrazo , en 1947 y Mi Isla soñada en 1967. El corpus de Terrazo esta constituido por 15 trozos narrativos, divididos en dos partes. En la primera se incluyen los siguientes: El Josco, Bagazo, El Fruto, El Boliche, El cuento del baquiné, El gesto de la abuela, Pitirre (Guatibirí), El entierrito, La receta del curioso, Don Fruto Torres, Don Rafa, Caballero del machete, y Don Goyito.

La segunda parte está compuesta por las Tres historias de Peyo Mercé, a saber: 1) Trasplante y desplante; 2) Santa Clo va a la Cuchilla; y, Peyo Mercé enseña inglés.

El libro tiene un prólogo escrito por el conocido intelectual venezolano Mariano Picón Salas, el primero en percatarse del realismo y la emoción como atributos fundamentales de Terrazo. Hacia el final de su prólogo, apunta:

“Lo que usted escribe ha pasado por la experiencia del artista; es la vida que supo absolver y devolver, metamorfoseada en poesía, que es la manera de inmortalizar la vida. Yo no puedo sino desearle lo que le desearon los lectores de sus primeros cuentos: que siga perfeccionando ese don creador, interpretando el alma de su pueblo, revelando para todos, ese Puerto Rico profundo que esta allá, dentro de las lomas, en los bohíos del jibaro, en el recatado secreto de tantas gentes que supieron hablarle porque Ud. las interrogo con emoción y con humildad. Y esto entre tantas páginas pedantes como ahora se escriben; entre tanta falsa Psicología y falsa Sociología literaria, fija para mi lo mas legítimo de su tarea” .

Conquistada la fama en el “mundillo” literario puertorriqueño, Abelardo Díaz Alfaro publicó en 1956 su extraordinario cuento Los perros . Con esta narración, eminentemente simbólica -al igual que en El Josco- Abelardo deja establecido su prestigio no solo de “maestro del lenguaje”, sino, además de escritor y pensador profundo con matices filosóficos, teológicos y místicos.

Si en EI Josco se presenta al animal criollo, semental que defiende su territorio y prefiere la muerte a ser suplantado por un toro americano, en Los perros aparece el tema de la lucha entre el bien y el mal. Para Monelisa L. Pérez Marchand, el verdadero significado de Los perros se encuentra en el heroísmo espiritual, plasmado a través de la lucha del caballo Rucio perseguido, acosado, acorralado por perros de todo origen y categorías .

Para Concha Meléndez Los Perros constituye la obra maestra de Abelardo ya que en ésta el autor logra niveles de mayor universalidad. Dice la Dra. Meléndez:

“Por mi parte, me parece ver el origen de este cuento en una íntima, dolorosa experiencia personal del autor, que se ahonda y ensancha hasta rebasar lo individual y convertirse en alegoría universal que le da dimensión perdurable. Los personajes: El rucio y el perro negro que encabeza la jauría -representación de la muerte según el autor-, son animales humanizados; la jauría: perros de presas, perros caseros, perros satos son “la cuadrilla de malignos” que ladra, persigue, hiere, “horada manos y pies” .

Personalmente considero que el Rucio es un símbolo de Cristo o de la redención mediante la crucifixión. Encuentro, además, que en el lenguaje narrativo de Los perros hay reminiscencias de un romance religioso difundido en Puerto Rico, probablemente del siglo XVIII sobre el tema de la Pasión muy común en los campos de Toa Alta . Por otro lado el lenguaje poético de las últimas escenas de Los perros nos recuerda a la poesía mística y alegórica de San Juan de la Cruz. Esta interpretación crística queda respaldada, en parte, por la cita del vs. 16 del Salmo XXII que Díaz Alfaro usa como lema de la narración . El contenido de este cuento nos lleva a pensar que Los perros constituyen una reescritura mas universal y filosófica de su cuento anterior Bagazo.

Los que han encontrado pesimismo y amargo planto en las narraciones más conspicuas de Días Alfaro -El Josco, Bagazo y Los perros- andan bien desorientados en la hermenéutica. Por el contrario, “la voluntad de ser” y de 

“afirmación del ser” fundamentada en los más caros valores de la cristiandad y el altruismo se manifiesta en el lenguaje vigoroso y viril que el escritor emplea. Las estampas y narraciones de Díaz Alfaro no son líricas congojas, sino estruendosas y valientes denuncias contra las injusticias de los poderosos, contra el sistema colonial que ha pretendido durante poco más de un siglo desnaturalizamos y hacemos dóciles sometiéndonos al yugo de la explotación y de la ignominia.

Margot Arce de Vázquez en un ensayo titulado: La lumbre de la esperanza: Terrazo expone el drama de la vida puertorriqueña , apunta las connotaciones políticas de las narraciones y estampas de Díaz Alfaro. La distinguida profesora atribuyó muchos de los males señalados por Abelardo, así como la paulatina pérdida de nuestra memoria colectiva al proceso colonial norteamericano.

Las palabras de la doctora Arce merecen ser recordadas:

“La colonia puertorriqueña y su escuela han sido para Puerto Rico una escuela de olvido. Contra la memoria de este pueblo van asestados sus certeros golpes. Borrar día a día, implacable, mañosamente, esas imágenes, esos recuerdos, esos valores que constituyen el tesoro tradicional del pueblo, la luz que ilumina el ser de la patria; sumirnos en “la oscura región del olvido” y la desesperanza, he aquí el método y los fines sutilísimos de la pedagogía con que el imperio ha pretendido enquistamos a su organismo, volviéndonos ciegos, pacientes, insensibles. ”

Y añade:

“No creemos en la absoluta validez de la tradición; no somos tradicionalistas a todo trance. Pero sabemos que hay una tradición viva, imperecedera, que es como la raíz nutricia de la cultura nacional -sangre que se renueva y vivifica. Si esa raíz se secara, haría imposible el fruto-. Las generaciones puertorriqueñas vamos viviendo de lo que cada una rescata de esa tradición; de lo que asimila de ellas; de lo que le suma, perfecciona o rectifica. Si repentinamente nos encontráramos desgajados de su corriente, sueltos en el torbellino de lo nuevo y diverso, ¡cuan difícilmente podríamos sostener nuestra esperanza!, ¡Cuan a duras penas conservar nuestra identidad de pueblo! Nuestra única tabla de salvación seria -imperativamente debe serlo- el tenaz cultivo de la memoria, una empecinada, invulnerable voluntad de asirnos a los valores permanentes del pasado” .

Para la doctora Arce nuestro proceso de enajenación y amnesia colectiva se origina políticamente con la invasión norte americana a Puerto Rico a finales del pasado siglo XIX. Explica la doctora Arce que:

“El año 1898 corto de súbito con ese pasado; el sistema escolar nuevo, poco a poco, taimadamente, ha ido ahondando el corte, cercenando raíces y raicillas. Y transplantando aquí e injertando allá, un buen día vendrá a sorprendemos con la sustitución de unos valores por otros de una cultura por otra y con la asfixia de una tradición. Y ¿quien aseguraría entonces la persistencia de nuestra personalidad con los rasgos que netamente la definen? ¿Quien seria capaz de encender nuestra esperanza? ¿Matar la tradición viva no es, acaso, arrastrar al pueblo ala desesperación o al cinismo? Terrazo, este manojo de cuadros, retratos y anécdotas campesinas, nos enseña, como bien dice Picón Salas en el prologo, “que Puerto Rico se salvaría también por esa gran sustancia de historia, por ese deposito de vida incontaminada que ofrece el jibaro “.

Como vemos, la obra de Abelardo Diaz Alfaro abrio el cantaro del silencio donde se habían enfrazcado muchos de nuestros intelectuales y guardianes de la tradicion y la cultura.

Cada época, cada generación ofrece soluciones peculiares a sus problemas, y seria un error craso e imperdonable juzgar las soluciones y remedios, las actitudes de los que nos precedieron con las “ópticas” actuales de un mundo que aceleradamente aceptó sin mucha reflexión la globalización y la cibernética. Por otro lado, no concuerdo con todos los planteamientos de la querida maestra la Dra. Arce. Achacarle todos los males que hemos padecido los puertorriqueños únicamente al proceso educativo colonial y a la colonia misma es un simplismo escapista, donde no se mira profundamente a los males que nosotros mismos nos hemos creado y causado como consecuencia de los vicios sociales y los egoísmos heredados de nuestros pasados ancestros. Sobre todo de aquellos inmigrantes que en el último tercio del siglo XIX vinieron de allende los mares a servirse y no a servir. (Quien quiera profundizar más sobre este aspecto negativo de nuestras actitudes, lea y re-lea detenidamente el Insularismo de Antonio S. Pedreira y El país de los cuatro pisos de Jose Luis González ). La añoranza por la mal llamada Madre patria: España, es tan deplorable como el pitiyankismo o yankofilia actuales. Betances lo expreso con absoluta claridad: “No queremos colonia ni con España ni con los norteamericanos” .

Atribuyo a la formación cristiana y eminentemente evangélica de Abelardo Diaz Alfaro su apego a animales simbólicos como el buey y el caballo. La simbología del buey en Occidente la heredamos de los egipcios y los romanos. Los judíos, quienes no podían trabajar el sábado, ofrecían como sacrificio a Yahvé el buey primogénito de sus crías. Sin embargo fue el cristianismo el que dio al buey una significación mucho mas trascendente y mística, en primer lugar porque arropó, como también lo hizo el asno, la desnudez del nacimiento de Jesús Salvador. El buey es, además, atributo de San Lucas y representa el sacrificio, el sufrimiento, la paciencia y el trabajo. El buey fue considerado por los primeros Padres cristianos como símbolo de Nuestro Redentor: máxima victima propiciatoria .

En la literatura puertorriqueña su presencia más conspicua aparece con el soneto En la Brecha de José De Diego, pero el toro de Abelardo es mas estoico y, contradictoriamente, heroicamente trágico: primero la muerte antes que el yugo de la esclavitud.

Como símbolo literario y psicológico el caballo tiene también una rica y antigua tradición en nuestra cultura y folclore. Para Carl Jung, entre otros, el caballo es símbolo de la fuerza expansiva, de la vitalidad, el fuego combativo, la luz y el resplandor, la fuerza elemental de los instintos, la luz de la esperanza. Para el psicoanalista Ernst Aeppli los caballos blancos representan la energía psíquica creadora o pueden estar fatalmente ligados a la muerte, a la Némesis … Tal como lo vemos en el cuento Los perros.

Aunque Abelardo nunca presumía de sus conocimientos, no hay duda de que sus lecturas de las Sagradas Escrituras, así como la de los autores clásicos lo puso en contacto con una serie de recursos poéticos que lo llevaron a trascender lo contingente y el lastre de lo cotidiano. No obstante la cotidianeidad, como en Palés Matos, formaba parte de su creación artística. Y todo sin perder la noción de la responsabilidad social que tenía como escritor y orientador de juventudes.

Abelardo Díaz Alfaro, quien fue, también, trabajador social durante unos 

cinco años, además de su entrenamiento científico para este desempeño existencial, poseía una fina vocación de poeta. Su ojo avizor, como microscopio penetrante y afilado, podía calar en las “reconditeces” del alma humana. Sus oídos, afinados desde niño hacia los más puros acordes de la poesía lo llevaron a componer una prosa hermosa, exquisita, solo parangonable, en parte, a la de Tomas Blanco. De su obra Mi Isla soñada espigo unos pasajes de su fantasía titulada El mar:

“Tu azul, oh mar de mi tierra, ¿quien pudiera cantarlo? Incendio de añil y de cobalto, con llamaradas níveas que quieren en inútil intento trocarse en playa inmóvil, en palmera altiva, en azul detenido de montañas.” (p.12).

“Todo en ti se engrandece, se ilumina, se purifica. El ala del bote que se cincela en tu azul mirífico, la pluma airosa del ave que flota suavemente sobre tu superficie de esmeralda y corales la nave que taja tu carne de milagro, se encienden, se toman irreales, son mas pensamiento que cosa tangible, forma trashumante mas que realidad aspera y amarga”. (p.13)

El mismo Abelardo denomino a sus escritos “aguasfuertes del terruño”. El término no puede ser más atinado y sugestivo.

Desde una óptica más técnica, el análisis lingüístico de sus textos nos descubre al escritor que no desdeña el lenguaje popular tanto en su aspecto léxico, morfosintáctico, como fonético. Abelardo Díaz Alfaro prestigió la lengua popular del campesino elevándola a la misma tesitura que la del narrador culto y universitario.

Entresaco de sus escritos algunos ejemplos:

En el aspecto fonético:

1) Aspiración de “h” en /j/glotal suave: jincho, jacemos, juye, juya, jambre, jendió, jijo (hijo). “Mi jijo, malo es sel probe y negro, nunca semos niños, se nos llama negritos”.

2) Alternancia de las consonantes vibrantes líquidas y las laterales

[L] por [r]: mujeI, sel (ser).

3) Cambio de timbre vocálico y apertura de las vocales cerradas o lo contrario: “mesmo” > mismo “dispues” > despues

4) Dialectalismos morfológicos como: “denguno” >ninguno, “esnuco” por desnuco, mie > mire, “mangue” > aunque, de nacion >, por de nacimiento, cercao > cercado o corral, condenao >, condenado o maldito.

5) Campo lexico criollo: jaiba = astuto, alebrestao = alerta y presentado, rebuleo, de rebulear = moverse con enfado notable, pinche = ayudante, barrunta> presagio, marrayo > mal rayo (maldicion), perrillo > machete, caray > expresion reflexiva, mascaura > derivado del tabaco para mascarse, etc.

Abelardo que, como narrador cultivado emplea un vocabulario que entremezcla el léxico sencillo con otro mas selecto, logrando así un equilibrio, utiliza las peculiaridades fonéticas, morfológicas y semánticas, que caracterizan el habla de nuestros campesinos, para ambientar y crear la atmosfera necesaria de sus narraciones y estampas.

Si me he detenido en estos vericuetos lingüísticos ha sido porque Abelardo deliberadamente trata el tema del lenguaje y de nuestra lengua vernácula como vehiculo de instrucción publica. Indistintamente del valor cultural y económico que constituye el dominio del inglés -como el de otros idiomas-, el problema de la enseñanza del inglés en el Puerto Rico de los años ‘40 a los’ 50 era mas bien un hecho político que pedagógico. Las Tres historias de Peyo Mercé, fueron y son todavía tema de reflexión para nuestros pedagogos. Peyo Mercé, para quien enseñar ingles era “otra jeringa mas” de un sistema educativo enajenante, llama a la lengua de Shakespeare: “idioma del diablo” donde los gallos en vez de cantar “quiquiriquí o “cocorocó”, dicen “coocadoodledoo”.

El pasaje final de Peyo Mercé enseña inglés es delicioso. Al presentar a los niños del salón de clases una lámina ilustrativa, Peyo Mercé:

“volvió a inquirir: “¿Qué es esto en ingles?” Y los niños entonaron la monótona cantinela: “cock, cock, cock”. Y Peyo se sintió bastante complacido. Había salido ileso de aquella cruenta pelea. Repartió algunos libros e hizo que los abrieran en la pagina en que se “istoriaba” [sic] el fachendoso gallo. Vamos a leer un poco en ingles. Los muchachos miraban con sorpresa la pagina y a duras penas podían contener los bufidos de risa.

Se le demudó el rostro. Un escalofrio le atravesó el cuerpo. Hasta pensó presentar la renuncia con carácter irrevocable al supervisor. “Ahora si que se le entorchó a la puerca el rabo”. Ya a tropezones, gagueando, la lengua pesada y un sabor a maya en los labios, leyó: “This is the cock, the cock says coocadoodledoo”. Y Peyo se dijo para su capote. “o ese gallo tiene pepita, o es que los americanos no oyen bien”. Aquello era lo ultimo. Pero pensó en el pan nuestro de cada día.

“Lean conmigo: the cock says coocadoodledoo. Y las voces templaban en el viento mañanero. -Esta bien …

– Tellito , ¿cómo es que canta el gallo en ingles?

-No se, don Peyo.

-Pero, mira, muchacho, si lo acabas de leer …

-No, gimió Tellito, mirando la lámina.

-Mira, canuto, el gallo dice coocadoodledoo.

Y Tellito, como excusándose, dijo: Don Peyo, ese será el cantio del manilo americano, pero el girito de casa jace cocoroco clarito.

Peyo olvidó todo su dolor y soltó una estrepitosa carcajada que fue acompañada de las risas frescas de los niños.

Asustado por la algazara, el camaguey de don Ciprio batió las tornasoladas alas y tejió en la seda azul del cielo su cocoroco límpido y metálico.”

Hoy en estos días azarosos y desconcertantes, Abelardo Díaz Alfaro tiene actualidad indiscutible: “O es que ese gallo tiene pepita, o es que los americanos no oyen bien”.

Y es que una de las características del buen poeta, del buen artista, es el afinamiento de su don profético, de su capacidad para auscultar el futuro y el misterio. Rubén Darío al igual que don Ramón Menéndez Pidal llamaban a los escritores antenas de la colectividad, vaticinadores … que como conciencias colectivas nos advierten de los males que nos asedian y de las catástrofes del alma que pueden suceder.

Abelardo se adelantó a nuestro momento, pues prevalecen en la patria, en el amado terruño los mismos males que datan del 1898, y aún peores. Y, desafortunadamente, los velagüiras del solar son insensibles ante los funestos males que nos asedian.