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Vísceras, vacuna y voluntad

 

Con las complicaciones y estragos causados por la variante delta del COVID se vuelve más obvio por qué alcanzar la inmunidad de rebaño era tan crucial. Pero confieso que me toma cierto esfuerzo asociar la palabra ‘rebaño’ con cosas positivas cuando se trata de humanos. Me hace pensar en esas imágenes catastróficas en las que miles de ‘wildebeests’ tratan de cruzar un río todos a la vez, tantos de ellos pereciendo aplastados por el empuje ciego de sus congéneres, cada uno impulsado por su propia desesperación. Compasivamente los miro y pienso: si fueran capaces, como nosotros, de distanciarse un poco y ver la situación desde arriba podrían quizás adelantarse a los hechos, divisar una estrategia, incluso salvarse todos, o casi todos, al menos hasta llegado el momento de cruzar el próximo río.

Sólo que ni siquiera nosotros, miembros del ‘rebaño’ humano, dotados como estamos de capacidades mentales que nos permiten unir nuestras cabezas y ponernos por encima de una situación para comprenderla, estamos exentos de la caída en el desastre que las insuficiencias de nuestro propio comportamiento colectivo producen. Pues después de todo, si el COVID fuera un río y nosotros un rebaño de antílopes forzados a cruzarlo, migrando desde el hoy hasta el mañana por un despeñadero angosto, ¿cuánto mejor que a los wildebeests nos habría ido?

Yo estoy con los que ven nuestra respuesta colectiva al COVID como un ensayo del tipo de cambio de comportamiento colectivo rápido que requerirá responder a emergencias globales -realmente globales-, de esas que el calentamiento global traerá con más frecuencia a medida que el siglo avance y el clima siga retorciéndose sobre sí mismo. Las decisiones y acciones que nos tocará tomar juntos una y otra vez para responder a nuevas emergencias serán muchas. En un contexto así se volverá cada vez más necesario poder identificar correctamente, con rapidez y basándonos en información limitada, cuál es la alternativa solidaria y qué se debe poder esperar de cada cual para implementarla.

Mirando la cantidad de sufrimiento y muerte provocados por esta pandemia pareciera fácil concluir que, en lo concerniente a la vacunación, al menos en este caso y en este momento, la alternativa solidaria es vacunarse. Es fácil entender por qué a partir de enero de este año tanta gente ha proclamado entusiasmada en las redes algo que dice más o menos así: ‘Hoy me fui a vacunar! Por mí, por ti, por todos!’. Es mucho más difícil, encontrar voces que proclamen celebratoriamente lo contrario (‘hoy tampoco me fui a vacunar! por mí, por ti, por todos!’).

Nada quita que haya múltiples alternativas solidarias para un mismo asunto, pero ciertos objetivos (alcanzar la inmunidad de rebaño, por ejemplo) parecen dejar poco espacio para la variedad de respuestas y simplemente no pueden ser alcanzados a menos que una mayoría abrumadora los adopte.

La ignorancia escogida

No tengo intención de tirarle un toallazo a los voluntariamente no vacunados. Comparto la decepción y la frustración de los que miran con espanto el espectáculo cruel de esta evitable cuarta ola. Al final, es difícil no concluir que, como grupo (si bien unos quizás más cuidadosos que otros), los voluntariamente no vacunados acaban siendo los más eficientes prolongadores de la pandemia. Pero aprovecho el rechazo y la tristeza cósmica que me provoca todo esto para tratar de poner a prueba ciertas ideas que me hago sobre los demás, en particular la idea de que todos, el que más y el que menos, merecen el beneficio de la duda.

Me resisto por ejemplo a aceptar que la explicación principal sea que no saben pensar o que tienen ‘problemas mentales’ o ‘deficiencias cognitivas’, como a veces se sugiere. La psicología cognitiva ha demostrado que nuestra ‘racionalidad’ es mucho más limitada, atada a contextos y dependiente de marcos de referencia y familiaridad con modelos mentales relevantes de lo que se suele proclamar. Prefiero pensar que lo que rechazamos en los voluntariamente no vacunados en algo se parece a cómo reaccionamos nosotros mismos en otros contextos en los que operamos desde enormes resistencias. Y es claro que la terquedad y la resistencia mismas no nos resultan tan molestosas cuando se trata de las nuestras o las de los que defienden tercamente las cosas que nosotros mismos defendemos.

Además, sería ingenuo asumir que haberse vacunado es prueba inequívoca de ‘racionalidad’. Es de suponer que muchos, quizá la mayoría de los vacunados tampoco siguieron un proceso de profundas y rigurosas búsquedas antes de tomar la decisión de vacunarse. Con la vacuna así como con tantas cosas, por lo general hacemos lo que nos recomendó alguien de confianza o alguien que asumimos sabe lo que está haciendo o diciendo, con frecuencia el médico de la familia, nuestro pensador favorito o un especialista en la televisión (los cuales afortunadamente recomendaron lo que recomiendan los organismos que sí estudian cuidadosamente la evidencia). No lo digo para negar que somos capaces de evaluar críticamente la calidad de la información que recibimos o por menospreciar las formas en que cada cual llegó a la decisión de vacunarse, sino para ilustrar lo fácil que se nos hace atribuirnos a nosotros mismos o a nuestro ‘bando’ una cuota mayor de ‘racionalidad’ de la que le atribuimos a los que no coinciden con nosotros.

De hecho, muchos voluntariamente no vacunados ven nuestra decisión de vacunarnos como muestra de una falta de rigor, de una disposición prematura y poco crítica a creernos obedientemente lo que dicen el CDC, los NIH, la FDA y demás agencias involucradas.

Es claro que el escepticismo es un arma importante. Pero hay que poder distinguir entre escepticismos que nos protegen y nos hacen fuertes colectivamente y escepticismos que nos debilitan y nos dejan más a merced de males que de hecho podemos mitigar. Los efectos de esa clase de escepticismos lamentablemente más cínicos y destructivos se ven en la gente que pareciera haberse vuelto inmune a los datos. En este caso, por ejemplo, el dato de que las hospitalizaciones y muertes por COVID se dan abrumadoramente (mucho más del 90%) entre no vacunados debería poner a alguien realmente ‘escéptico’ en alerta y llevarlo a reconsiderar (como de hecho hacen muchos todos los días). Sin embargo, muchos presuntos escépticos salen del aprieto simplemente cerrándole la puerta a datos como estos, descartando sus fuentes como no dignas de ser tomadas en serio o prestando una atención desproporcionada a excepciones ya anticipadas como los llamados casos ‘breakthrough’. No distinguir entre fuentes más y menos confiables les hace más fácil a muchos voluntariamente no vacunados el justificar para sí mismos su propia evasión. Este tipo de ignorancia escogida es para mí lo más problemático. La pregunta es, ante esta ‘ignoración’ voluntaria de los no vacunados, ¿qué nos queda?

 La verdad y las vísceras

Al que opta por la ignorancia escogida siempre le queda poder reclamar que sigue las evidencias de su propio corazón (o cambiando un poco la metáfora, sus propias vísceras, entrañas o tripas). Alguna gente decide que, más allá de consultar consigo mismos a ver cómo se sienten, no hace falta realmente averiguar nada más. Que reclutamos nuestras ‘vísceras’ al tomar decisiones (buenas y malas) todo el tiempo está ampliamente demostrado (es parte del llamado ‘sistema 1’ en el modelo de procesamiento dual prevaleciente en la psicología). También es cierto que a veces nuestras vísceras nos halan en direcciones opuestas. Presumiblemente hay mucha gente que quiere hacer lo correcto pero tiene un rechazo visceral a vacunarse, a dejarse penetrar por una sustancia que les resulta misteriosa y sobre la cual rondan rumores nuevos (y falsos) cada día.

Habría que tomar en serio esos rechazos y esos miedos y tratar de ponerlos en perspectiva. Yo, por ejemplo, temo al prospecto de una pandemia peor, a una variante omega, que resulte ser más como un ébola que como una influenza. A veces hay que poder escoger por cual temor o rechazo de entre varios dejarse guiar. Pero hay que recordar que con frecuencia nuestras entrañas están equivocadas. En muchas ocasiones, por ejemplo, las vísceras son acérrimas enemigas del progreso moral en materia de justicia racial, igualdad de género y otras áreas, anclando a la gente en prejuicios y rechazos obsoletos. No significa que nuestras ‘intuiciones’ nunca sirvan para nada o que deba dejar de confiar en ellas para siempre. Pero significa que no son infalibles y que no debo cerrar la puerta a la posibilidad de que ‘no sentirme cómodo’ no sea el mejor criterio para cada decisión. No tengo por qué suponerle a mis vísceras una relación privilegiada con la verdad.

En este contexto contemporáneo nuestro, con todo lo que tocará decidir y hacer colectivamente, ciertamente será crucial que escuchemos al corazón, pero hay que procurarse un corazón bien informado, provisto de las mejores fuentes. En un contexto así no somos libres de ignorar y pasar por alto la información relevante cuando se trata de la seguridad de todos. No hay derecho a ser el avestruz con la cabeza en la tierra (o en las tripas).

Vacuna y voluntad

Dada la reducción alarmante en el ritmo de vacunación, la idea de requerir la vacuna en más planos de la vida social, haciendo más oneroso el no vacunarse, pareciera la única salida. En la psicología social se sabe por ejemplo que, en lo que tiene que ver con persuasión (cambios duraderos de actitud, comportamiento, inclinación, orientación, creencia), a pesar de que asumimos que son los cambios de actitud los que llevan a cambios de comportamiento, con frecuencia el proceso es al revés: son los cambios de comportamiento los que llevan a cambios de actitud. Esto ciertamente es un arma de doble filo porque facilita tanto el aprendizaje del bien como el del mal (los santos se hacen santos haciendo el bien y los torturadores torturando). Pero en el caso de las vacunas (y más en general en campañas que buscan promover comportamientos más sostenibles) es útil tener en cuenta que, si bien muchas veces el que supera las dudas va y se vacuna, seguramente también al que se vacuna se le van las dudas. No está de más preguntarle al voluntariamente no vacunado, entonces, y tú, ¿cuántos vacunados arrepentidos conoces?

La implicación en un contexto en que la salud pública y la acción climática se vuelven cada vez más centrales para el bienestar del rebaño entero es que hay medidas que no pueden ser ‘voluntarias’ para siempre. En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, si no divides la basura y reciclas, te multan. Al principio pudiera parecerte punitivo e injusto, pero a la larga, lo más probable es que acabes sintiéndote bien por hacerlo. Como van las cosas, este siglo requerirá que alcancemos un sentido profundamente más solidario de lo que significa hacer nuestra propia voluntad (ejercer nuestra libertad).

Rebaño

Las masivas migraciones de los wildebeests en las que tantos mueren son también, más esperanzadoramente, su período de procrear y perpetuar la especie. Lo cual me lleva a pensar en el futuro de la nuestra y más concretamente, en los niños que crecen hoy. ¿Cómo apoyaremos a nuestros niños, qué tantas falsedades tendrán que enfrentar y que tanto tendrán que hacer para cambiar el mundo radicalmente en los próximos años? ¿Cómo prepararlos para pensar mejor que nosotros, con más precisión y complejidad, para que no caigan en las trampas en que nosotros mismos hemos caído, para confrontar la falsedad, buscar la verdad, usar su escepticismo de forma productiva y, sobre todo, para no hundirse en la indiferencia?

En fin, si bien muchos estamos habituados a ver los rebaños como metáforas de conformismo y obediencia, como si fueran el ganado de un dueño que lo controla todo, quizás sea hora de asumirnos colectivamente como un verdadero rebaño cósmico, capaz de percatarse de sí mismo, vulnerable y despierto, que debe reagruparse una y otra vez para responder a las lluvias y los vientos, los deslizamientos y los patógenos que lo han de abatir. Habría que adoptar un sentido de colectividad enraizado en nuestra animalidad común, que nos ayude a entendernos como una sola carne, la carne de la multitud humana esparcida sobre el planeta, hecha de tantos flancos (los tuyos, los míos) por los cuales las circunstancias nos pueden vulnerar. Quizá así poder entender de un modo profundamente visceral que el bienestar del rebaño entero, de hecho, incluye a tu cuerpo y está en tus manos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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