Walter, las estrellas y el terror

Por Rafael Acevedo/ En Rojo

 

En la última semana -que en tiempos de redes sociales es un año- hemos visto un resurgir de la nostalgia. Mucho se lo debemos al documental Mucho mucho amor: la leyenda de Walter Mercado. No se puede dejar a un lado que, luego de esa fulguración de las estrellas pasamos a las latas habichuelas y el adobo que en esa otra rama de la nostalgia -la gastronómica- nos ¿define? Sí, es un amor problemático ese que se refiere a un astrólogo y a una familia española que funda un imperio de productos para el mercado hispano y que muchos crecimos creyendo que era una empresa puertorriqueña. No. No lo era y no lloré cuando lo supe.

Somos consumidores de nostalgia. Somos más glotones durante las crisis cíclicas del mundo. La nostalgia es un modo de vida que, en el horno de los recuerdos, prepara dulces que se idealizan. Son esos recuerdos, esa narrativa sin fisuras, el objeto que no queremos perder. Gozar la memoria de lo perdido pero que visto objetivamente, nunca tuvimos de esa forma en que lo recuperamos.

¿Gozamos con la nostalgia? En cierto modo, tendríamos que hacer una paráfrasis de algunos textos de Nestor Braunstein -siguiendo a Freud- en tanto que la nostalgia se parece a un goce del malestar que se pega al cuerpo, una adherencia que es la fuente del recuerdo. Para recordar de ese modo tiene que ocurrir una catástrofe que rompe el estado anterior. Y ese estado anterior se vuelve paradisíaco aunque no lo fuera. ¿Qué queremos restaurar con la nostalgia? Un paraíso en el que nunca estuvimos.

Entonces esa frase repetida de Walter, capa y sortijas de por medio, “mucha paz y mucho, mucho…Amor”. La síntesis perfecta. La frase mágica. Si algo es nostalgiaes el amor.  Walter Mercado lo sabía y ahí estaba su poder de convocatoria, en ese discurso sobre el mañana lleno de cosas buenas. Paradoja. El personaje que ve el futuro en las estrellas es hoy parte de la trama del pasado que sirve de refugio en el presente. Sí, me tomé mi tiempo en ver el documental Mucho Mucho Amor: The Legend of Walter Mercado. Muy ameno. Bien editado. Lo vi con algo de nostalgia. Sin embargo, aquí tengo citar a Braunstein:

 Por cierto que el amor, cuando se impregna de nostalgia por el objeto perdido o por la felicidad que daba su imaginaria posesión, es amor perdurable e insensible a las desmentidas de la realidad, aunque… necesariamente triste. Es el amor de lejos, remoto porque el pasado es un país al que está prohibido retornar y porque la marcha de las agujas del reloj es constante y va en un solo sentido: en las comarcas del recuerdo todas las idealizaciones caben y el amor está exento de los riesgos que conlleva la proximidad con el objeto. Ningún objeto es más leal y decepciona menos que el objeto perdido. Viviendo en un departamento en París el esquimal descubre que su iglú era perfecto, tanto más cuanto más se haya derretido el hielo. O, viviendo en Viena, se hacen fabulosos los inolvidables bosques de Moravia. Ninguna flor se marchita en el país de la nostalgia. Aromas, sabores, caricias, panoramas y aires musicales: los cinco sentidos se coaligan para añorar el pasado y lo perdido y para encerrar al nostálgico en la prisión de los suspiros.

(Néstor Braunstein. “Diálogo sobre la nostalgia en psicoanálisis”. Desde el Jardín de Freud[n.° 11, Enero – Diciembre 2011, Bogotá] issn:16573986, pp. 51-66. )

¿Cuántos de nosotros somos nostálgicos en la prisión de los suspiros? Sólo puedo hablar de mis nostalgias. La de la revolución rusa y los poetas e intelectuales como Mayakovski, Pasternak, Vertov, Krupskaya, Ajmátova. El amor por los anarquistas catalanes durante la guerra civil en España. Nostalgias absurdas porque nunca estuve ahí. Son recuerdosque hago míos como una manera poética de creer en que otro mundo es posible con la certeza de que ese otro mundo tiene de enemigo al capitalismo realmente existente y a los tanques que envíen los camaradas. Pero volvamos a la isla de los suspiros, Puerto Rico. Tengo que confesar que, en medio de nuestras catástrofes -huracanes, terremotos, administración negligente y criminal, coloniaje burdo porque no hay otro- vi el documental de Walter y asisto a la guerra de las habichuelas y el adobo con ojo crítico. Debe ser una deformación profesional. Pero tengo la suerte de tener amigos lúcidos que tienen experiencias más cercanas con el fenómeno Walter. Así, el poeta, periodista, profesor y crítico, Eugenio García Cuevas, nos alerta en las redes sociales:

Para los y las que todavía tienen dudas del poder de predicción del astrólogo Walter Mercado comparto que hace más de 20 años trabajé en el entonces Departamento de Corrección en el periódico El Nuevo Día y que llegué a corregir el horóscopo que diariamente publicaba Walter Mercado. Sus capacidades de vidente eran tan poderosas que sus predicciones se corregían en un solo documento para un mes completo. Hacía 12 entregas para 365 días. Eso se llama adivinar el futuro.

Pero, a fin de cuentas, ¿qué de malo hay en unas mentirillas que nos llenan de esperanza? ¿No podríamos decir lo mismo de las habichuelas de los Unanue, que a tantos hispanos ha dado trabajo y ha liberado de los granos secos a pesar de su apoyo a un presidente que trata a esos mismos hispanos con desprecio y medidas represivas? Quizás debo citar otra vez al amigo García Cuevas:

A propósito del boicot a la marca de productos Goya, si fuéramos a ser consistentes, los dominicanos tendríamos que boicotear el documental sobre el astrólogo Walter Mercado, éxito de Netflix en Puerto Rico. Mercado fue invitado especial de Angelita Trujillo cuando ella presentó la apología sobre su padre en el libro “Trujillo, mi padre”, 2009, 453 páginas. Fui de los organizadores de la protesta, no al libro sino a Angelita para recordarle que su padre fue un asesino durante 30 años y que los Trujillo están prohibidos políticamente por ley en la República Dominicana. Fue la única vez que vi físicamente a Mercado cuando entraba escoltado a la Casa de España, en San Juan, donde fue presentado el libro de la hija del tirano en 2010.

   Fue en abril, hace diez años, cuando la prensa comercial al servicio de los intereses de la burguesía reseñó “la concurrida velada en el Salón de los Espejos en la Casa de España, en el Viejo San Juan.Allí estuvo mi amigo Eugenio, en el portón principal de la Casa de España,junto al poeta Carlos Roberto Gómez, director de una de las editoriales más importantes de Puerto Rico; Miguel Ángel Fornerín, poeta, profesor del sistema universitario del país;Rey Andújar, formidable narrador y performero que entonces vivía en la isla y decenas de dominicanos residentes en Puerto Rico junto a boricuas solidarios.En aquel espectáculo de celebración de un dictador genocida estuvo Ramfis Domínguez Trujillo,nieto de Trujillo,que hablo de asuntos como la estabilidad económica de la dictadura de su abuelo. Unas semanas antes, en febrero, se había presentado en la República Dominicana y la infame celebración fue interrumpida por opositores a la dictadura y a la idealización del pasado. No sé si el astrólogo estaba allí en plan de predecir el futuro político del nieto de Trujillo. Pero su presencia resultó incómoda. Digamos que es un amor complicado ese que se le tiene a Trujillo.

         Para mí, por encima de la idealización del pasado, Walter estaba asociado a la derecha terrorista. Así, sin más. Uno de sus auspiciadores y amigo del alma era el notorio Julito Labatud. Ese empresario del terror, vinculado al asesinato de Carlos Muñiz Varela y a varios atentados contra cubanos que abogaban por la libertad de viajar a Cuba era un querendón de la clase política insular. Y yo no sé si vieron La Red Avispa, una película sobre el espionaje cubano en Miami, en el que se menciona de pasada a “los Estefan” -Emilio y Gloria- como otros auspiciadores del terror de derecha. Repararán entonces en que Walter los apreciaba mucho según el documental de marras.

         Walter era el seguidor de Ricky que se decepcionó cuando fracasó su vaticinio, el seguidor de Pedro Rosselló a quien solo le predijo triunfos, el que se decantó en elogios por Guaidó -¿qué es de la vida de ese muchacho?- el que sustentaba sus amores con rosas blancas. Así, comentaba para People en español: Yo amo a Venezuela. En Venezuela pasémomentos maravillosos, me llenaban la suite completa de rosas blancas. Venezuela era un tesoro, era como París, era un país de fantasía”. En la nostalgia reaccionaria de Walter, Venezuela era un paraíso adornado por rosas blancas, como hacía el personaje psicópata del documental, Guillermo Bakula.¿Vaticinio sobre Maduro? Por supuesto: “Sé que Venezuela esta a punto de que la fruta madura se caiga, de que se caiga Maduro. Él se ha agarrado a la silla y tiene un séquito de cubanos espías, pero según dije que Chavez moría y a los tres meses murió, a este veo que tiene que salir de ahí porque Venezuela tiene que volver a ser la Venezuela que yo conocí”. El pasado idealizado como conocimiento.

         Por otro lado, creo que el indiscutible valor del documental es presentarnos a esta figura mediática inscrita en el campo del performance de lo camp y lo queer. Creo un personaje que era en sí mismo una paradoja de identidades. Sobre esto refiero a los lectores al excelente artículo de Eliseo Colón Zayas, Amanecer en la Era de Acuario: Walter Mercado, estrella del performance camp y queer del que comparto este fragmento:

El performance queer de Walter y la escenificación de unas narrativas, y formaciones discursivas provenientes de la astrología y el sincretismo religioso afro caribeño, fijaron en el público la preocupación de la estrella, Walter, por la suerte, el destino y la fortuna de sus espectadores. Las narrativas y las formaciones dis- cursivas del performance queer de Walter fomentaron la colonización del futuro (Giddens 1991: 111) mediante el horóscopo y la astrología, y ayudaron a forjar la seguridad ontológica en la vida de las audiencias, para atenuar el principio de soledad que trajo consigo la reconfiguración económica y social neoliberal quecomenzó a instaurarse en Estados Unidos latino e hispano y América Latina hacia 1970.

(https://ddd.uab.cat/pub/designis/designis_a2012n19/designis_a2012n19p67.pdf)

 Ni siquiera puedo plantearme en esta nota si es posible o necesario escapar de la cárcel de la nostalgia. Solo he tratado de apuntalar que el recuerdo es más rico, más complejo, que las visiones particulares que pueda tener un grupo o unos realizadores. Sobre el documental puedo decir que me pareció satisfactorio. Sobre Walter puedo decir que para mí, el amor… it’s complicated.