Walter Torres

Por Nelson Rivera

Conocí a Walter Torres en el taller de grabado de Susana Herrero en la UPR, cuando estudiábamos en Bellas Artes al comienzo de los años 70. Ambos teníamos alrededor de 18 o 19 años. En aquel taller Walter no era considerado como un estudiante, pues su excepcional trabajo gráfico brillaba de tal forma, que Susana, la profesora, lo trataba como su igual. Por si fuera poco, en esos días Walter se distinguía igualmente por su incipiente trabajo literario y sus colaboraciones con los jóvenes escritores que entonces iniciaban sus labores. La admiración y el respeto por su imaginación, inteligencia y generosidad de espíritu era un sentimiento compartido por todos los que nos relacionamos con él. Tanto entonces como ahora. 

 

Walter Torres

Ciertamente puedo contar muchas cosas sobre Walter, pero prefiero cederle a él la palabra. Conservo una docena de cartas y postales que Walter me envió entre los años 1974-76, tras graduarnos de la universidad. En sus cartas, tan hermosamente caligrafiadas, Walter combinaba noticias cotidianas con dibujos, collages y, sobre todo, narraciones originales, posiblemente fragmentos de cuentos que ignoro si alguna vez terminó. En esos años, Walter vivía en Sabana Grande, antes de su mudanza a Nueva York, y yo estaba en Los Angeles, California. Aquí transcribo el fragmento inicial de una carta de diciembre de 1974. En la misma, da cuenta de su relación con el mundo literario y artístico de ese momento tan significativo de nuestras luchas culturales y del cual, no hay que olvidarlo, Walter fue un importante protagonista. Como esperaríamos de un brillante artista veinteañero, su escritura está llena de humor y de gran irreverencia. (Advertidos quedan.) Aclaro que en sus cartas Walter salta de un tema a otro sin transición y en ocasiones incoherentemente; y que cuando se refiere a la ciudad de Los Angeles, la llama “California Dreaming”. Y dice:

En algún lugar de Puerto Rico: aquí escuchando el concierto para violín de Beethoven que no es el mismo que escuché la última vez, sobre la última tontería de Joan Manuel Serrat y recordando a Vivaldi (además de teniendo mucho cuidado con que la letra salga bien y la carta se vea bonita). Allá en California Dreaming las cosas de lo más bien (esto es ahorrándote lo que me tienes que decir). Bueno, partiendo de esa premisa, ¡ese concierto!, ah, Olga Nolla, con set azul cielo con bordados en hilo, falda de paño bajo la rodilla, bulto en cuero de la India, para ir al supermercado, ¡Jesus!, y Rosario me compró un dibujo que luego devolvió, pero le compró uno a Carlos y para empatar la pelea me publicará algo en el próximo Zona (#8 ya) y que fue la única en poder darse el lujo de rechazar el premio del Ateneo de este año, oh, perdona, sé que no estás enterado: Bueno, que en el Xmas Contest para este año in the Puertorrican Ateneus —Noemí Ruiz-premio pintura, Joaquín Reyes–grabado, Susana Herrero–mención honorífica, Juan Ramón Velázquez–premio dibujo, Carlos Maldonado y yo–menciones honoríficas en dibujo, Migdalia e Ivonne Ochart–premio poesía, Tomás López Ramírez–mención en novela y Rosario Ferré–premio cuento, Ana Lydia–mención cuento, Dhara–premio cerámica, Eduardo–mención cerámica—. Como habrás apreciado, todo quedó como en familia. Bueno, entre los miembros del jurado de poesía estaba Carmen Vázquez Arce quien fue una entre otras de las solicitudes rechazadas como nuevos miembros del Ateneo al mismo tiempo. Bueno, pues esa noche hubo piquete y se firmó una carta de protesta a la vez que rechazamos subir a coger los premios. Nilita se levantó (y entiéndelo: se levantó, se alzó completita) y dijo que no todo el mundo votó en contra. Hubo 11 votos en contra y 9 a favor que eran los 9 miembros que estaban presentes esa noche. (Entre ellos José Emilio González y Myrna Báez.) El presidente (Eladio Rodríguez Otero) y su comitiva de fascistas no estaban allí. ¿Fue en vano la protesta? Luego, en el cocktail a las 11 y pico de la noche, la Nila me dijo que esa tarde la Margot Arce de Vázquez había traído su renuncia y entregado su medalla (o algo así). Yo miraba (a la Nila) hacia abajo para verla y dije, Ay qué chévere qué chévere, y Dalia arregló y dijo, Bueno, chévere por un lao, pero qué sé yo, y la Nila se angustiaba y cocoreaba algunas sílabas emperifollada en cuentas y tules. El collar de camándulas es el nombre del cuento de Rosario quien llevaba un traje de mangas aladas, ajustadas al traje, y se veía tan estoica, leyendo aquel papel que yo dije: te perdono, te perdono; al final crucé algunas palabras, porque la muy cabrona siempre tiene su séquito de aquí y allá y bajé. Al otro día la Báez apareció en la Galería Santiago donde está trabajando Dhara para entregarnos los diplomas porque el Eladio hijo de culo había llamado para decir que no le entregaran premios a nadie que los habían rechazado y ahora tengo el revolú que tienen la radio puesta con algo que está (un show) en el caserío. Se oye la música en la radio y 5 ó 6 segundos más tarde el eco. Estoy escribiendo un cuento que se llama “Blanca Nieves y los siete enanitos” y trata de la chica Blanca María Nieves que tiene problemas con su madrastra y se va de la casa.

Y la carta sigue… Concluyo con un fragmento proveniente de una carta de abril de 1976, compuesta por varias narraciones muy breves, de las cuales esta es la última. Y lee:

¿dónde estás presencia? ¿por qué te ocultas lejos? la noche oculta el culto de algún viejo navegante, pirata de la muerte, cuyo tesoro recóndito sólo conocen las ondinas. la piedra de este río muere todas las tardes y tesoro secreto nace, éste nace secreto, el tesoro se oculta. en el fondo de los lagos me veré reflejado como muerte, como un silencio que se cuela ¿en cuántas partes?: en la boca del león, en lo profundo de un volcán que calló su fuego atómico, en el zumbido agobiante de los protones, en los astros estelares; pero búscame en los bosques… que ya no tengo más cuerpo que estas manos atadas y un ahogo de bióxido de carbono se empozó en mi sangre ¡tal cual no quise! pero el fuego purificador me negó su limpieza, la tierra me negó reposo, el agua me dijo: yo te llevo, el aire me hizo caminos y me dejé vagar amaterialmente sin conciencia individual ni escombros pasados y penas y ¡quedé! aquí en estas venas de esta hoja que se hizo piedra que reposa y muere en algún río distante.

El aplauso es para Walter.