Yo siento, Yo opino y el Objeto maravilloso

Por Alejandra Martorell

Mi amiga Ita me pidió que presentara sus libros. 

Yo nunca antes he presentado un libro, y menos tres. 

Y ustedes: ¿A quién se encomiendan cuando van 

a hacer algo por primera vez?

A lo largo de estos años en los que Ita se ha convertido en escritora, he tenido el privilegio de leer sus borradores y admirar sus ilustraciones. Desde el primero hasta el más reciente – al principio con sorpresa, luego con expectativa – empiezo a leer cada libro como quien entra en un laberinto acogedor y cariñoso, pero con truco. Me explico: 

Aunque los títulos de casi todos estos libros declaran el asunto a ser tratado – Yo quiero, Yo opino, Yo solita – y aunque el lenguaje es franco y directo, eso no garantiza saber de antemano por dónde se entra ni se sale del cuento. Son libros que demandan listeza de sus lectores y escuchas; una cierta agilidad para seguirle el paso a un diálogo abierto y multiplicador de voces, y también de imágenes, que se sucede con tranquilidad página tras página. También es cierto que, lejos de encerrar misterios o conjurar suspenso, estos cuentos nos colocan plenamente en el espacio común, en una secuencia de escenas tanto familiares como decisivas en el proceso de aprender a ser. 

Ese mundo de lo ordinario y cotidiano lo componen personajes y lugares por todos conocidos. Son madres, padres, tías, tíos, abuelas, abuelos, primos, mascotas, parejas, amigas, amigos de amigos; y ello en parques, escuelas, playas, hogares, patios y pasillos. En esa comunidad-escenario, el descubrimiento propio es simultáneo al descubrimiento de la diferencia con los otros. En ese sentido, no es el cuento, sino quienes lo cuentan: una red de afectos diversos que confluyen en el amor y que, en el decir de los cuentos, ofrece claves imprescindibles de una ética de la convivencia. A mi entender, Ita escribe en contra de la de-formación del ser humano, como si adivinara que a nuestra actual cuasi-virtualidad y requete-conectada red de ondas celulares y algoritmos mercantiles, le urgiera el reconocimiento de nuestra humanidad más vital: la que vive en relación con otras. 

De esta segunda camada de libros, Yo siento y Yo opino siguen el modelo establecido de los tres libros anteriores: Es mío, Yo solita y Yo quiero. La niña o el niño va mudando el diálogo de uno a otro adulto tutor, en contrapunto con dibujos de colores exquisitos (literalmente para comerse), o aquellos más lineales en los que las emociones bailan exabruptos, flechas, espirales y explosiones. 

Yo siento especial encantamiento cuando leo Yo siento porque percibo con todos mis sentidos la agilidad con la que el diálogo y las ilustraciones persiguen, como saltando una peregrina, la acumulación de sentidos. De oración en oración, de palabra a imagen, de página en página, van sumándose significados, voces y perspectivas múltiples, siempre pasándole el batón o la piedrecita al contrincante lector. 

El sentir, las sensaciones, el sentimiento, el sentido… ¡Toda esa sucesión compleja del conocimiento contenida en el fluir de la conversación de la familia extendida de… Marola! Quien no es protagonista porque no hay protagonistas; hay encuentros, suma de experiencias y voces, es decir, comunidad.

Mi mamá dice que según creces, a veces los gustos van cambiando. Porque la manera que sientes también puede cambiar. ¿Y a ti? ¿Te gustan las cosas que te hacen sentir con energía?

Los gustos hermanados a los sentidos; los sentidos, según se crece, mudan su gusto; la importancia del gusto por lo que se siente, aquí y ahora, bien. 

Estuve buscando si hay una figura literaria que describa ese deslizamiento del sentido por una sucesión de significados que lo acercan siempre a la interpelación del otro. Es como si las ideas “surfearan” de una a otra ola-oración para llegar a la siguiente playa, la playa-lector. No he encontrado si existe esa figura literaria, pero quizás algún experto aquí presente nos puede instruir al respecto. Mientras tanto, el abuelo Jero añade:

…que no es solo por experiencia que se siente de una u otra manera. También nacemos con unas habilidades. 

[Y más adelante:] ¿Y tú? ¿Qué habilidades tienes? 

La subjetividad del sentir se dispara en múltiples direcciones. Hacemos según sentimos, pero según conocemos cambia nuestro sentir. ¿Debe cambiar también nuestro hacer? Además, sentimos físicamente y sentimos emocionalmente. Sentimos diferente a como sienten otros y, dice Maestro Gil: 

…que es importante aprender a comprender lo diferente; que NO es lo mismo que ser indiferente.

Comprender lo diferente es… ¡Una tarea para toda la vida! Comprender es abrazar; incluir en un nosotros más vasto. ¿No?

¿Y tú? ¿Cómo te sientes cuando no te hacen caso?  

Ita me comentó que reconoce cómo su experiencia como bailarina informa su manera de escribir. Yo ya me había percatado. Ese giro en sitio que da la narradora al decir “¿y tú?” para entonces apuntar con convicción y solidaridad el lugar de ese otro tan importante que es el lector o el escucha. Ese giro requiere coordinación y balance, requiere manipulación de fuerzas, uso de los contrastes y requiere, ante todo, autoconocimiento, que es sin duda algo a lo que bailar contribuye. Contribuye, de hecho, a través del sentir.

Además de una defensora de los derechos inalienables de niños y grandes, Ita es una maestra. Su práctica es el decir, y siempre ha sido así: decir lo importante, lo que se piensa, lo que se siente, lo que obstaculiza la harmonía para poder ser harmoniosos. Lo que sea que obstaculice el amor. Es maestra porque defiende que la expresión es, además de un derecho, una responsabilidad. Como lo es la búsqueda de la verdad y la práctica de la imaginación para crear un mundo más justo:

A la verdad que la verdad hay que sentirla y hasta imaginársela…

Hay que imaginar la posibilidad de libertad en convivencia con el respeto. Hay que imaginar y practicar la comprensión para construir relaciones más justas. 

De imaginar trata el más reciente de estos libros – El pasillo y el objeto maravilloso – que es, que yo sepa, el primero que cuenta la historia de un protagonista a todas luces “otro”: un murcielaguito que se ha quedado huérfano; solo, triste y atemorizado. Quizás este cuento se alza por encima del día a día de los otros por ser, de todos, el más personal. Es el libro, que es el cuento, que es el objeto maravilloso, por no decir mágico, que rompe el hechizo de inmovilidad producto de una pérdida. 

La pérdida demanda una búsqueda. Y la lectura crea la nave que hará posible el viaje. 

Esa misma noche, tomó con sus garritas el libro y guindando de sus patitas leyó detenidamente. Se adentró en la lectura. Leyó tan y tan adentro que de repente sintió que ya no estaba en la cueva.

La lectura le permite al joven murciélago moverse de lugar; no así sus alas que no se anima a usar por la pena en que está sumido. Eventualmente sí. Cuando Paco Pepe se enamora de la lectura, sale a buscar a la coquí poeta Angelamaría para que le preste nuevos libros. Y al final del cuento vuela con sus amigos y amigas, y se integra de lleno a su comunidad. Una comunidad que conoce primero a través de los libros, ya que su madre no está para acercarle a ella. Pero antes de poder salir de la cueva, cuando lee, el murciélago entra al pasillo. El pasillo es el espacio intermedio entre la soledad y el colectivo. El pasillo es la nave para emprender el viaje. Pero hay dos viajes, uno hacia adentro y otro hacia fuera. El pasillo tiene un espejo y dos puertas. 

Trató de tocarse y unir su ala a la del reflejo y vio que no se unían. Su cuerpo se duplicaba con una distancia en el medio… Esa distancia era lo que hacía que su imagen se repitiera. Y así fue que, por primera vez, conoció lo que era un espejo… al que se llegaba por un pasillo, abriendo las páginas de un libro. Y descubrió que amaba leer.

El espejo como obstáculo, como aquello que nos permite vernos y sabernos, pero no tocarnos. Era necesario verse, y es la lectura la que provee la manera. Pero no basta con reconocerse uno mismo. Es necesario seguir leyendo para poder salir por una de las puertas y verdaderamente encontrarse. Creo que con este libro, la tesis de los anteriores, se convierte en poesía. 

Así lo resume la portada del libro, que siendo en sí mismo (el libro) la respuesta al acertijo del título, nos muestra al joven murciélago en el pasillo, mirándose en el espejo – el otro objeto maravilloso cuyo descubrimiento abre paso a los demás.  

Texto leído en la presentación de los libros el pasado mes de febrero