#Yotampoco

Por Ana Teresa Pérez-Leroux/ Especial para En Rojo

 

La conversación del #metoo ya le dió la vuelta completa a la cuadra. 

Algunos se han despertado. Los que han sido víctima han descubierto que no están solos y solas. Los que no lo han sido, se han enterado que las víctimas del acoso y la violencia sexual son muchas y variadas. Un profe les pidió a sus alumnos hombres que explicaran que conductas adoptaban para evitar que los violaran.  Hubo risitas, y un chiste, pero no contestación.  Repitió la misma pregunta a las mujeres, y la mayoría levantó la mano.  No caminar sola de noche. No cruzar sola un callejón. Prestar atención en los parqueos. Andar con las llaves en la mano. No dejar que nadie camine detrás de mí. Verificar que la puerta tenga llave. No entrar a un elevador sola con un hombre.  No usar las escaleras.  No beber demasiado. No beber nada que no te hubieras servido tu misma. Los muchachos miraban a las muchachas sorprendidos y algo avergonzados. Nunca se les habría ocurrido que la experiencia del miedo era tan distinta.

Otros han escuchado la avalancha de narrativas, y se quedan inmutables.  Que si es culpa de las mujeres, nos dice la bella y mustia Catherine Deneuve, es que las mujeres de hoy no entienden la diferencia entre un piropo y un ataque. Que si se han pasado de la mano, dice Vinay, un periodista canadiense que aclara que ahora le tiene miedo a subirse a un ascensor solo con una mujer, por si acaso lo acusan de acoso. ¡Bienvenido al club! Son millones las mujeres que también temen subirse a ese elevador. Un amigo me explicó que la denuncia contra Junot Díaz tenía que ser falsa, que Junot no podía ser culpable de acoso porque es muy flaquito  y débil, un fleje, incapaz de intimidar a alguien. ¿De veras? ¿Quién hubiera dicho que había correlación entre machismo y corpulencia?  Lo que dice la mayoría es que es cierto todo, pero ya no hay porque seguir hablando de esto, que tal vez sea hora de cambiar de tema.  Hace unos meses se me ocurrió una idea horrible: que el lenguaje de derechos y la identidad de víctimas de las personas del movimiento #metoo, donde las víctimas de acoso se divorcian de la ley del silencio, han encontrado un clón retórico en el discurso de los del #incel, esa subcultura digital tóxica de machos supremacistas, que dicen que ser célibes involuntarios es una violencia contra sus derechos de tener hembra.  Eso no hay teoría crítica que nos explique el paralelo.

En cada oreja llevo parados las contradictorias voces de mi conciencia, un angelito y un diablito, al igual que en los muñequitos. El angelito, voz optimista, se alegra del progreso, y promete que los historiadores del futuro llamarán a nuestra década el momento del recuento. El diablito es el cínico que echa ducha fría a toda conversación, y me dice bajito, recuérdate de la tercera ley de newton, la de que a toda acción le corresponde una reacción igual en sentido opuesto.  Que la danza eterna entre el bien y el mal se sigue bailando, y si ahora se ponen las cosas mejor, se pondrán peor mas adelante.

En el 2017 llegó el #metoo a las universidades. Me preocupaban las historias. No por las salvajadas que se oían, que ahí no había nada capaz de sorprender a una mujer de mi edad, sino por las explicaciones que daban las muchachas por sus previos silencios.  “Pensé que era culpa mía, que algo mal había hecho.”  “Lo volví a llamar porque no quería ser maleducada”, este último lo dijo una en el juicio de Jian Gomeshi. Gomeshi era un locutor de radio que golpeaba y trataba de asfixiar a las muchachas con las que salía. El alegaba gustos alternativos; sus jefes le creyeron hasta que vieron fotos de costillas rotas de otras empleadas. La cosa acabo en dos juicio, el del jurado y el del internet.  No hubo condena penal, porque los textos intercambiados al día siguiente evidenciaban un intercambio normal entre perpetrador y víctimas.  También testificaron acerca de los temores comunes: a perder el trabajo, la oportunidad, la reputación, la beca, las conexiones.

No he sufrido trauma personal. Tal vez haya sido buena suerte. Tal vez los baños de romerillo, que dicen que espantan los malos espíritus. Tal vez porque el currículo de cada mujer dominicana incluye saber defenderse. Mi abuela Mamacele y Mamá creía que la inmunidad se puede aprender: nos enseñaron a evitar gente peligrosa, y a medir el potencial de violencia del otro. Y a contestar. Si te tocan, suelta una bofetada, “…pero de las que hacen dar la vuelta en redondo.” Acude a tu familia, “que te vamos a defender”.  Mamacele, campesina de un campo del Cibao, aseguraba que las peleas se pueden resolver “con que no te quedes dao”.  Papá tenía otro enfoque: me pidió que si salía tarde, anduviera siempre con Tobi. Tobi era un dobermán orejudo y guapetón que yo había criado de cachorrito, de 70 libras de músculo y colmillos de dos pulgadas, pero temperamento timorato. Le dije a Papá que Tobi ofertaba una imagen impresionante pero menos defensa personal que una guanábana madura. “No importa”, me contestó Papá “las imágenes protegen mas que la realidad.”

Sin experiencia de ser víctima, las conversaciones del #metoo nos resultan arduas. Las historias publicadas por todas partes me recordaban cosas vistas de primera mano: las microagresiones, los pequeños ultrajes. El profesor que se molestaba cuando una muchacha defendía un argumento. El que te decía un piropo cuando ibas a preguntar sobre bibliografía. El que miraba los pantalones de una compañera de arriba abajo.  El que hace chistes verdes en una conferencia. El compañero de clase que sugiere que estas mal de la cabeza porque no quieres salir con él, y te habla en voz baja y amenazante. El decano que disfrutaba de gritarles a las jóvenes mujeres profesoras.   Llegue a sentir que somos todas víctimas, aunque no estemos das, como diría mi abuela; porque todos estamos envueltos: acosadores y acosados, los que son testigo y los que miran al otro lado. Comencé a oír las historias de mis propias estudiantes, y entendí de que en el siglo veintiuno, los trogloditas son igual de trogloditas que en la prehistoria, aunque el estilo tenga hoy en día menos caché.

Las discusiones con las amigas de la universidad me dejaban confusa. Cuando contaba los métodos tercermundista de mi abuela, me decía que eso parecían una salvajada. Tampoco les gustaba que  se tocara el tema de la autodefensa—les parecía que era culpar a la víctima. Yo me enojaba: no es culpar víctimas, es que somos maestras, y nos toca educar mujeres para que no lo sean.  Yo y Elena, una estudiante de otro programa, nos pusimos en plan de acción y nos leímos el código universitario. De cabo a rabo. Encontramos que en los nuevos reglamentos sobre el acoso sexual se hablaba de todo menos del acoso profesor-estudiante. Diseñamos una petición de que se clarificara la política de conflicto de interés y su aplicación a las relaciones entre estudiantes y maestros. Nos pareció que demarcar explícitamente los límites de lo personal en el salón de clase, le pondría los frenos a alguno que a otro. “¿Para qué?”, le preguntaron a Elena los de la unión de sindicatos estudiantiles, y se negaron a circularnos la petición.  “Eso es muy difícil de clarificar”, me discutía la abogada de la asociación de profesores.  “Además, aquí no pasan esas cosas, casi nunca”.  Lo cierto es que como activistas, fuimos un fracaso: recabamos pocas firmas, no nos recibieron ni los de la administración, ni los líderes del profesorado, ni los del estudiantado. Sin embargo, algo aprendimos: que a la gente no nos gusta hablar de las verdades desagradables.  Ese problema es mas general, y mucho mas difícil.

La próxima vez que se me antoje arreglar el mundo, me pondré a recontar la historia de como Minerva Mirabal rechazó los avances del tirano Leonidas, con una bofetada que dio inicio a una compleja serie de eventos que acabarían con la  mas terrible de las dictaduras latinoamericanas. Dicen los que saben más de la cosa que eso no aconteció así, que hubo desaire pero no bofetada. No importa. ¡Que importa que la anécdota sea o no sea real! Tampoco importa que sea completamente inverosímil.  Lo que sí cuenta es que la historia del aletazo mortal de la mariposa es verdadera, con esa suerte de verdad poderosa capaz de sembrar futuro.